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El problema no son las retenciones
El conflicto del campo con el gobierno
sigue, tan latente como la semana pasada. Y con el
agravante del desabastecimiento, una consecuencia
directa del bloqueo de rutas y de la intransigencia de
las autoridades nacionales para plantear un diálogo
franco; un diálogo que no tenga sesgo tribunero.
Ayer, sin una explicación lógica, el
gobierno nacional trabajó arduamente para llenar la
Plaza de Mayo. Nuevo discurso de la presidenta de la
Nación y una pregunta que queda flotando: y ahora, ¿qué
cambia?
Tan innecesaria como costosa fue la
convocatoria de ayer. ¿Qué pretendía demostrar el
gobierno? ¿Que puede llenar la plaza? ¿Que tiene poder
de movilización? De ser así, permitan otra pregunta:
¿quién lo cuestionaba?
De hecho, cualquier análisis tiene que
admitir que la oradora de ayer fue votada por la mayoría
de los argentinos. No hay dudas respecto de ello. Tal
vez se sienta cómoda observando fantasmas de
desestabilidad.
¿Acaso la presidenta anda floja de
autoestima y necesita que miles de personas le aplaudan
sus dichos? En todo caso, que alguien le indique que
para los “argentinos y argentinas” no representa un
problema cotidiano la estima personal de la presidenta.
El problema de los “argentinos y
argentinas” pasa por otro lado. Pasa por las góndolas
vacías y la necedad oficial de un lado y la necedad
dirigencial del otro. Pasa por los precios que se
disparan, que se tornan imposibles para la enorme
mayoría de los bolsillos y nadie parece tener las
herramientas para ponerle un freno. Las autoridades
nacionales, ¿tendrán las herramientas para después de
esta tormenta retrotraer los precios a mediados de
marzo?
Con 20 días de conflicto y posiciones
cerradas de ambos lados, habrá que comenzar a buscar
preguntas y respuestas más de fondo; que no se limiten a
porcentajes de retenciones.
Habría que comenzar a preguntarse si esta
crisis no estará atada a una falta de credibilidad que
se mantiene en el marco de la extraña
continuidad-alternancia del matrimonio Kirchner en el
poder.
Es probable que muchos “argentinos y
argentinas” sencillamente no le crean a la presidenta y,
por efecto dominó, tampoco a sus ministros. Porque
aislado de todo el cúmulo de situaciones que rodean al
paro del campo, las medidas que el lunes anunció el
ministro de Economía de la Nación no parecían
desacertadas. Incluso nos animaríamos a decir que en
muchos casos sonaban justas, equitativas, con sana
diferenciación entre los grandes productores y los que
se tienen que romper el lomo en un puñado de hectáreas
para redondear un ingreso digno.
El problema de fondo parecería, entonces,
radicar en la credibilidad. Un problema que trae atado
otro problema: la credibilidad de un gobierno no se
pierde ni se construye de la noche a la mañana. No se
pierde ni se construye con uno, dos o tres discursos. Se
pierde cuando es evidente la distancia entre los dichos
y los hechos.
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