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Imágenes
que duelen
Escribe
Javier E. Giangreco-Argenpress.info
”...en
su boca no hay razones,/ aunque la razón le sobre;/ que
son campanas de palo/ las razones de los pobres”
(Martín Fierro)
Mientras
pasaba de noticiero para actualizarme sobre el conflicto
agrario, leí un titular que atrapó mi atención:
Imágenes que duelen. Mostraban camiones que llegaban al
Mercado Central con la verdura podrida luego de estar
varios días sin poder superar los cortes de ruta.
Idéntica idea se expresaba días atrás al ver cómo se
tiraba y desperdiciaba mercadería, alimentos, como
condición para que los camiones pasen el piquete.
Imágenes que duelen, decían.
Pero me
pregunto: ¿duele ver leche desperdiciada o verdura
podrida? ¿Eso es lo que duele? Pareciera que no es la
imagen en sí lo que produce dolor sino que, según dicen,
“es un crimen desperdiciar comida habiendo tanta gente
que no tiene qué comer o se muere de hambre”.
Quizás
en un primer análisis se deba explicitar que si hay gente
que pasa hambre no es porque se pudra la verdura o se tire
la leche de esos camiones. No seamos ingenuos. Esa comida
no era para esa gente. Los que no tienen para comer no son
afectados directamente por el desabastecimiento, ya que
ésa es su realidad de todos los días. Posiblemente ahora
sí puedan comer verdura, ya que acaban de abastecerles el
basural.
En
segundo lugar, sería bueno identificar que la imagen que
nos tiene que doler es la de la niña o el niño
desnutrido, y no la del alimento desperdiciado. Pero
lamentablemente esas verdaderas imágenes que duelen no
aparecen en las proporciones que debieran para que se tome
conciencia de la real dimensión del flagelo. No aparecen
o, lo que es peor, no quieren que aparezcan.
Los
hambrientos no ameritan un cacerolazo ni un banderazo. Sí
lo exige un corralito o el desabastecimiento de
supermercados. Cómo puede ser que uno no tenga efectivo o
no pueda comerse un asadito el fin de semana, ¿acaso uno
no es libre? En cambio el pobre es libre... de morirse de
hambre, sin efectivo, sin asadito y sin tantas otras
cosas.
Vivimos
en un mundo escandalosamente inequitativo, injusto y
desigual. El neoliberalismo, está harto demostrado, es un
sistema de acumulación y concentración de la riqueza, a
la vez que genera desigualdad y expulsión. Son cada vez
menos los que tienen más, y cada vez más, mientras que
son cada vez más los que tienen menos, y cada vez menos.
Estamos
viviendo, en los últimos años, una transición entre una
sociedad vertical basada en relaciones de explotación, y
una sociedad horizontal donde lo importante no es tanto la
jerarquía como la distancia con respecto al centro de la
sociedad. Explotador y explotado se encontraban dentro del
mismo sistema; el excluido está fuera. El explotado es
tan necesario como el explotador para mantener el sistema;
el excluido, no. Y ya no son solamente excluidos, sino que
podemos decir que son sobrantes, que están de más, que
son desechables.
Para
ejemplificar, ingresemos en el ámbito educativo. Sabemos
que el nivel socio-económico y la educación de los
padres son los indicadores más significativos a la hora
de hablar de abandono escolar. No es falta de esfuerzo o
capacidad, son víctimas de este orden social injusto que
no les permitió desarrollarse normalmente, de ese
contexto donde crecieron sin posibilidades de progresar. Y
si hay falta de capacidad, puede ser por falta de
alimentación o estimulación por vivir en un hogar pobre.
Sabemos
que lo que no se adquiere en el momento adecuado luego
cuesta mucho más o directamente no se consigue. Hay
condiciones previas insoslayables. Estamos hablando de
equidad social como garantía de la igualdad de
oportunidades. Los estragos que provoca la desnutrición
que se padece en la primera infancia son irreparables, ya
que en esta etapa el mayor impacto lo sufre el cerebro. La
equidad es un fenómeno sistémico y, por ende, sin
transformaciones profundas, estructurales, en la
distribución del ingreso, será casi imposible avanzar en
los logros educativos que permitan a la población tener
acceso a niveles de educación adecuados para su
inserción productiva en la sociedad. Los pobres empiezan
la carrera más tarde y menos preparados... si es que
encuentran el camino. María Elena Walsh lo dice muy claro
en Juguemos en el mundo: “El mundo nunca ha sido para
todo el mundo”.
Frente a
esta situación quiero poner sobre la mesa, reflotar, un
viejo concepto: el destino universal de los bienes. Todos
los bienes son, por principio, para todos los hombres,
para que a nadie le falte lo necesario para vivir. La
propiedad privada no es absoluta; sobre ella hoy grava una
hipoteca social. Esta idea apunta al corazón del
neoliberalismo. Y no sólo apunta sino que tiene
intenciones de dar en el blanco.
Es
misión del Estado, en cuanto igualador de oportunidades,
tomar decisiones y llevar a cabo acciones, claras,
valientes, profundas, para la redistribución de la
riqueza. Desde luego que hay que reflexionar sobre la
conveniencia de políticas sociales universales, y
políticas tributarias diferenciadas, progresivas.
También es imprescindible el debate sobre una política
agropecuaria, incluyendo una reforma agraria. Todo esto
enmarcado en un proyecto de país, con políticas de
Estado que exigen diálogo y consenso, y sabiendo que toda
transformación estructural genera resistencias porque,
entre otras cosas, se tocan intereses de los grupos de
poder.
Nada de
esto aparece en los medios. Ninguno de estos temas se
trata seriamente en el debate. Pocas personas saben que es
realmente esto lo que debiera estar en juego, y por eso es
tan difícil tomar partido. Ni la presidenta, ni la
Sociedad Rural, ni los caceroleros están dispuestos a ir
a fondo. ¿Hay alguien que se anime? Éste es el desafío
para que las campanas de los pobres dejen de ser de palo y
empiecen, de una buena vez por todas, a sonar. |