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La violencia y su
repercusión en la escuela
Profesor Oscar Darío
Guazzaroni
Aclaremos desde el vamos,
que hablar sin más de violencia escolar, entendiendo que
la escuela la genera y la alienta, es caer por lo menos en
un equívoco, pues a pesar de la impresión que recibimos
de los medios televisivos desde el trágico suceso de
Carmen de Patagones, considero que los graves hechos
acaecidos -tampoco Luján se ha salvado de ellos- aparecen
todavía como repercusiones del clima general de
transgresión de las normas que advertimos a diario en
todos los niveles de nuestra sociedad.
Intentaremos demostrar
nuestro punto de vista, aunque el problema es arduo por
las múltiples y complejas facetas que presenta.
Comenzaremos por precisar
el concepto de violencia. Un acto violento es el que rompe
el sistema natural de las relaciones entre las personas o
de éstas con las cosas y encierra siempre un grado
variado de irracionalidad, injusticia e ilegalidad; por
eso es a todas luces injustificable, aunque algunos la
exculpen aduciendo que se ha dado en el hombre desde
siempre.
Las variantes de la
violencia son numerosísimas y a veces difíciles de
detectar. Distinguiremos algunas que nos servirán para
nuestro propósito. La más fácil de percibir consiste en
el atropello físico que se ejerce sobre las cosas
materiales por mero divertimiento o gratuita descarga de
la agresividad; o sobre las personas a falta de mejores
argumentos (rencillas maritales; D´Elía entrando con su
piquete en la Plaza de Mayo; las barras bravas del
fútbol). En otro plano, la violencia psicológica busca
quebrar la voluntad de los otros para obligarlos a hacer
lo que no quieren, y cuando se combina con el subrepticio
forzamiento físico tenemos en las sombras la siniestra
tortura. La violencia más engañosa y fina, y por ello
peligrosísima, es la intelectual, que se practica en los
medios y especialmente en los niveles superiores de la
educación, cuando el que informa o enseña manipula la
mente del receptor al no decir a sabiendas toda la verdad,
ni abrir por mezquindad ideológica el abanico de las
posibles interpretaciones de lo que transmite,
escamoteando así la posibilidad de que el receptor elija
con plena libertad y adopte posturas contrarias a la
sostenida por el emisor.
Pero hay un rasgo
fundamental y común a todas las formas de violencia:
ineludiblemente quiebran el sentimiento de legalidad que
con distinto tenor está impreso en nosotros, es decir, la
capacidad de discernir entre lo que nos está permitido
por la ley y lo que no lo está. Como afirman los
psicoanalistas, esta impresión simbólica de la ley se
hace primordialmente durante la niñez y la adolescencia,
y no por el discurso sino a través del ejemplo
transmitido por los adultos; esto permite a los que se
están formando orientar con buen norte sus vidas,
relacionarse correctamente con los demás y ser
constructivos en sus actividades públicas (¡ah, el
fracaso de las asignaturas que desde la Instrucción
Cívica a la actual Construcción de la Ciudadanía han
pretendido hacerlo!)
Estamos tocando el
núcleo fundamental de la cuestión que pretendemos
esclarecer, es decir, las causas que originan la violencia
de los chicos y los jóvenes en la escuela, en las
diversas instituciones sociales y fuera de ellas, con lo
que se abre sin duda alguna el capítulo de las
responsabilidades por esta ominosa situación. Digámoslo
sin ambages y de una vez por todas: el factor primordial
de este estado de cosas pasa por la indiferencia con que
la mayoría de los adultos hemos dejado licuar en nosotros
el sentido simbólico de la legalidad de nuestros actos en
todos los órdenes de la vida, y por lo tanto hemos
renunciado, sabiéndolo o no, a la responsabilidad de
transmitirlo a nuestros descendientes.
El primer escalón en
esta escalinata de omisiones está en la familia. La
crisis de la institución matrimonial afecta sensiblemente
su imprescindible misión educadora y el traspaso
generacional de los valores de que hablamos. Las parejas
buscan, en su inestabilidad, con cierto egoísmo, más el
goce personal y momentáneo que la felicidad duradera de
los hijos. La marginación social, las exigencias
económicas y el trabajo de la mujer fuera del hogar han
dificultado la tarea orientadora que deben cumplir los
padres, lo mismo que paradójicamente la vida fácil y con
excesiva holgura.
La familia no sabe cómo,
no puede y hasta muchas veces no quiere poner límites a
las injustificadas exigencias y caprichos de sus hijos, lo
que hace que éstos no aprecien el esfuerzo y traten de
satisfacer sus apetencias por cualquier camino. Por otra
parte, dejamos el entretenimiento diario de nuestros hijos
a la Internet anónima y a los jueguitos con sus
automatismos y muertes electrónicas, y entregamos cada
fin de semana su diversión a manos ajenas. Baste un
ejemplo sencillo pero gráfico: ¿qué transmisión
simbólica de la legalidad puede recibir un pibe en la
bicicleta, la moto o el auto con un papá o una mamá al
lado que viola todos los semáforos, circula de
contramano, se adelanta por donde se le ocurre y transita
sin luces y sin casco cuando esto corresponde? Es evidente
que hemos renunciado al ejercicio pleno y rico de la
patria potestad.
Analicemos ahora los
ejemplos que dan a los chicos y jóvenes las diversas
manifestaciones de la vida pública y social. Los
noticieros televisivos son la mejor escuela de la
violencia: asesinatos, robos con exhibición de la mayor
crueldad, secuestros extorsivos, violaciones, se reiteran
machacadamente todos los días en una sucesión
interminable, aderezada con las banalidades de la
farándula, para tapar lo verdaderamente importante. La
dirigencia de toda clase, con algunas excepciones, aporta
lo suyo para violentar la lógica y el sentido común. Los
dirigentes gremiales duran treinta años en sus funciones
supuestamente electivas. Los políticos prometen una cosa
y hacen sistemáticamente lo contrario; manifiestan en sus
discursos que luchan por sus principios e ideales pero en
realidad peregrinan de partido en partido en procura de su
pequeña o grande cuota de poder; lo que sí practican
acabadamente es la descalificación desde el atril de los
que no piensan como ellos. Los empresarios predican la
libertad de mercado pero se arreglan con el gobierno de
turno para favorecer sus exclusivos intereses en un
capitalismo de amigos. Estimado lector, si esto no es
violencia, ¿cómo lo podemos llamar?
Veamos por último el rol
de la escuela en este malhadado contexto. Está claro que
las instituciones educativas en general se hallan
limitadas para enquiciar por sí solas tamaña situación.
También es cierto que los hechos más graves de violencia
vinculados con ellas han sucedido en gran medida fuera de
sus límites, salvo el episodio administrativo de la
elección del rector del Colegio Nacional Buenos Aires. En
los últimos treinta años estas instituciones han sufrido
una crítica acerba y un desgaste colosal. Sin edificios,
con instalaciones que se derrumban, los docentes tienen
que escuchar a cada gobierno decir que está haciendo la
reforma educativa y construyendo la “nueva educación”.
El nivel de calidad profesional de la docencia, es cierto,
ha descendido; si no fuera así no se explicaría el
desaguisado reciente de la maestra catamarqueña que,
según noticia periodística, llamaba al gordito de la
clase de primer grado “hongo” y lo caricaturizaba con
forma de pelota. Pero los excesos como éste son
excepcionales.
Quizás pudiera
achacársele a la educación actual con mayor justicia la
sutil violencia intelectual que describimos al comienzo,
en especial en la consideración unilateral e interesada
ideológicamente que algunos docentes hacen del pasado
argentino en los últimos cincuenta años. La verdad es
que los directivos y docentes de la provincia de Buenos
Aires se quejan de que tienen las manos atadas para poner
límites a los alumnos, de que no pueden tomar decisiones
sin que se los tilde por las autoridades superiores de
autoritarios y se los desautorice, o sin que reciban el
airado reproche de los padres con el aditamento
circunstancial de la agresión física. Manifiestan que se
confunde a cada rato autoritarismo con el auténtico
ejercicio de la autoridad, la justa sanción con
represión. Se sienten desamparados y han bajado los
brazos.
¿Puede el lector,
después de este planteo, pensar que la escuela es
generadora de violencia? Espero fervientemente que no. La
pregunta final es qué hacer. A través de esta reflexión
indirectamente lo he sugerido. Sólo cabe hacer lo
contrario de lo que estamos haciendo, cambiar nuestras
conductas y rescatar los valores perdidos. Necesitaremos
un nuevo pero auténtico milagro argentino.
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