Sábado 19 de Abril de 2008 - Edición 7370 - Edición digital: 0670

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La violencia y su repercusión en la escuela

Profesor Oscar Darío Guazzaroni

Aclaremos desde el vamos, que hablar sin más de violencia escolar, entendiendo que la escuela la genera y la alienta, es caer por lo menos en un equívoco, pues a pesar de la impresión que recibimos de los medios televisivos desde el trágico suceso de Carmen de Patagones, considero que los graves hechos acaecidos -tampoco Luján se ha salvado de ellos- aparecen todavía como repercusiones del clima general de transgresión de las normas que advertimos a diario en todos los niveles de nuestra sociedad.

Intentaremos demostrar nuestro punto de vista, aunque el problema es arduo por las múltiples y complejas facetas que presenta.

Comenzaremos por precisar el concepto de violencia. Un acto violento es el que rompe el sistema natural de las relaciones entre las personas o de éstas con las cosas y encierra siempre un grado variado de irracionalidad, injusticia e ilegalidad; por eso es a todas luces injustificable, aunque algunos la exculpen aduciendo que se ha dado en el hombre desde siempre.

Las variantes de la violencia son numerosísimas y a veces difíciles de detectar. Distinguiremos algunas que nos servirán para nuestro propósito. La más fácil de percibir consiste en el atropello físico que se ejerce sobre las cosas materiales por mero divertimiento o gratuita descarga de la agresividad; o sobre las personas a falta de mejores argumentos (rencillas maritales; D´Elía entrando con su piquete en la Plaza de Mayo; las barras bravas del fútbol). En otro plano, la violencia psicológica busca quebrar la voluntad de los otros para obligarlos a hacer lo que no quieren, y cuando se combina con el subrepticio forzamiento físico tenemos en las sombras la siniestra tortura. La violencia más engañosa y fina, y por ello peligrosísima, es la intelectual, que se practica en los medios y especialmente en los niveles superiores de la educación, cuando el que informa o enseña manipula la mente del receptor al no decir a sabiendas toda la verdad, ni abrir por mezquindad ideológica el abanico de las posibles interpretaciones de lo que transmite, escamoteando así la posibilidad de que el receptor elija con plena libertad y adopte posturas contrarias a la sostenida por el emisor.

Pero hay un rasgo fundamental y común a todas las formas de violencia: ineludiblemente quiebran el sentimiento de legalidad que con distinto tenor está impreso en nosotros, es decir, la capacidad de discernir entre lo que nos está permitido por la ley y lo que no lo está. Como afirman los psicoanalistas, esta impresión simbólica de la ley se hace primordialmente durante la niñez y la adolescencia, y no por el discurso sino a través del ejemplo transmitido por los adultos; esto permite a los que se están formando orientar con buen norte sus vidas, relacionarse correctamente con los demás y ser constructivos en sus actividades públicas (¡ah, el fracaso de las asignaturas que desde la Instrucción Cívica a la actual Construcción de la Ciudadanía han pretendido hacerlo!)

Estamos tocando el núcleo fundamental de la cuestión que pretendemos esclarecer, es decir, las causas que originan la violencia de los chicos y los jóvenes en la escuela, en las diversas instituciones sociales y fuera de ellas, con lo que se abre sin duda alguna el capítulo de las responsabilidades por esta ominosa situación. Digámoslo sin ambages y de una vez por todas: el factor primordial de este estado de cosas pasa por la indiferencia con que la mayoría de los adultos hemos dejado licuar en nosotros el sentido simbólico de la legalidad de nuestros actos en todos los órdenes de la vida, y por lo tanto hemos renunciado, sabiéndolo o no, a la responsabilidad de transmitirlo a nuestros descendientes.

El primer escalón en esta escalinata de omisiones está en la familia. La crisis de la institución matrimonial afecta sensiblemente su imprescindible misión educadora y el traspaso generacional de los valores de que hablamos. Las parejas buscan, en su inestabilidad, con cierto egoísmo, más el goce personal y momentáneo que la felicidad duradera de los hijos. La marginación social, las exigencias económicas y el trabajo de la mujer fuera del hogar han dificultado la tarea orientadora que deben cumplir los padres, lo mismo que paradójicamente la vida fácil y con excesiva holgura.

La familia no sabe cómo, no puede y hasta muchas veces no quiere poner límites a las injustificadas exigencias y caprichos de sus hijos, lo que hace que éstos no aprecien el esfuerzo y traten de satisfacer sus apetencias por cualquier camino. Por otra parte, dejamos el entretenimiento diario de nuestros hijos a la Internet anónima y a los jueguitos con sus automatismos y muertes electrónicas, y entregamos cada fin de semana su diversión a manos ajenas. Baste un ejemplo sencillo pero gráfico: ¿qué transmisión simbólica de la legalidad puede recibir un pibe en la bicicleta, la moto o el auto con un papá o una mamá al lado que viola todos los semáforos, circula de contramano, se adelanta por donde se le ocurre y transita sin luces y sin casco cuando esto corresponde? Es evidente que hemos renunciado al ejercicio pleno y rico de la patria potestad.

Analicemos ahora los ejemplos que dan a los chicos y jóvenes las diversas manifestaciones de la vida pública y social. Los noticieros televisivos son la mejor escuela de la violencia: asesinatos, robos con exhibición de la mayor crueldad, secuestros extorsivos, violaciones, se reiteran machacadamente todos los días en una sucesión interminable, aderezada con las banalidades de la farándula, para tapar lo verdaderamente importante. La dirigencia de toda clase, con algunas excepciones, aporta lo suyo para violentar la lógica y el sentido común. Los dirigentes gremiales duran treinta años en sus funciones supuestamente electivas. Los políticos prometen una cosa y hacen sistemáticamente lo contrario; manifiestan en sus discursos que luchan por sus principios e ideales pero en realidad peregrinan de partido en partido en procura de su pequeña o grande cuota de poder; lo que sí practican acabadamente es la descalificación desde el atril de los que no piensan como ellos. Los empresarios predican la libertad de mercado pero se arreglan con el gobierno de turno para favorecer sus exclusivos intereses en un capitalismo de amigos. Estimado lector, si esto no es violencia, ¿cómo lo podemos llamar?

Veamos por último el rol de la escuela en este malhadado contexto. Está claro que las instituciones educativas en general se hallan limitadas para enquiciar por sí solas tamaña situación. También es cierto que los hechos más graves de violencia vinculados con ellas han sucedido en gran medida fuera de sus límites, salvo el episodio administrativo de la elección del rector del Colegio Nacional Buenos Aires. En los últimos treinta años estas instituciones han sufrido una crítica acerba y un desgaste colosal. Sin edificios, con instalaciones que se derrumban, los docentes tienen que escuchar a cada gobierno decir que está haciendo la reforma educativa y construyendo la “nueva educación”. El nivel de calidad profesional de la docencia, es cierto, ha descendido; si no fuera así no se explicaría el desaguisado reciente de la maestra catamarqueña que, según noticia periodística, llamaba al gordito de la clase de primer grado “hongo” y lo caricaturizaba con forma de pelota. Pero los excesos como éste son excepcionales.

Quizás pudiera achacársele a la educación actual con mayor justicia la sutil violencia intelectual que describimos al comienzo, en especial en la consideración unilateral e interesada ideológicamente que algunos docentes hacen del pasado argentino en los últimos cincuenta años. La verdad es que los directivos y docentes de la provincia de Buenos Aires se quejan de que tienen las manos atadas para poner límites a los alumnos, de que no pueden tomar decisiones sin que se los tilde por las autoridades superiores de autoritarios y se los desautorice, o sin que reciban el airado reproche de los padres con el aditamento circunstancial de la agresión física. Manifiestan que se confunde a cada rato autoritarismo con el auténtico ejercicio de la autoridad, la justa sanción con represión. Se sienten desamparados y han bajado los brazos.

¿Puede el lector, después de este planteo, pensar que la escuela es generadora de violencia? Espero fervientemente que no. La pregunta final es qué hacer. A través de esta reflexión indirectamente lo he sugerido. Sólo cabe hacer lo contrario de lo que estamos haciendo, cambiar nuestras conductas y rescatar los valores perdidos. Necesitaremos un nuevo pero auténtico milagro argentino.

 

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