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Otra
mirada sobre la violencia en la escuela
Escribe
Jorge Álvarez-Presidente del IADEPP
En
estos días mucho se ha dicho y se ha escrito sobre los
casos de violencia en la escuela. Estos sucesos, de
características similares, han generado mucha inquietud
en diversos ámbitos gubernamentales, en particular en lo
referente a los profesionales de la Educación.
Frente a esta situación, la desorientación es grande y
los discursos previsibles.
El
más trillado es aquel que busca un componente violento
en la sociedad, que se traslada a los jóvenes por
propiedad transitiva. Otros rápidamente, tal vez la
posición más conservadora, creen entender que es un
producto de la pérdida de valores y en un paralelo, una
pérdida de respeto al sentido de autoridad por parte de
los jóvenes.
Quisiera acercar otra mirada sobre el tema que nos
permita buscar soluciones que no signifiquen disminuir
las libertades, sino por el contrario profundizarlas,
dejando de lado discursos tan anticuados y
conservadores.
Para
ello, una pregunta. ¿Y si la violencia es producto de la
necesidad de encontrar un espacio en un mundo donde ser
adolescente ahora es más complejo por la escasa
distancia que tienen con los adultos?
¿De
que se trata? De pensar de otra manera la noción de
nuestros adolescentes y su relación con la adolescencia
misma y la necesidad de construir códigos, que sean
difíciles de entender para el mundo adulto. Vayamos por
partes.
La
adolescencia es la edad donde se intenta diferenciar del
mundo adulto, cuáles son las fronteras y, en particular,
confrontar con lo que ellos entienden es lo establecido
Hoy
los adolescentes son hijos de padres que no hace mucho
tiempo dejaron de ser adolescentes. Las diferencias ya
no son tan abismales como nos tocó a los que tenemos más
de treinta, cuando los padres tenían diferencias
culturales enormes con sus hijos.
Hoy
los hijos escuchan la misma música que sus padres, tal
vez comparten un concierto, etc. Viven un mundo donde lo
diverso es la característica común.
Los
caminos tradicionales de la diferenciación con los
adultos están cerrados, son anulados por la cercanía de
estos padres que ya no son el mundo viejo, que hablan un
idioma parecido y no están tan lejos de sus hijos en
términos culturales.
¿De
qué manera entonces puede un adolescente manifestar su
rebeldía?
Hoy
los adolescentes han visto reducida la capacidad de
rupturas. Por ello manifiestan su búsqueda de
reconocimiento desde culturas incomprensibles para los
adultos y en la radicalización de éstas, según señala el
sociólogo Marcelo Urresti en una investigación a su
cargo.
Es
una búsqueda por diferenciarse de un mundo adulto que
los deja sin aire. Los grupos como los Emos, los Darks,
son un claro ejemplo de esto. Culturas codificadas que
los adultos no comprenden. Un lugar donde los
adolescentes conforman una especie de dialecto
inentendible para el adulto.
Pero
qué pasa hacia adentro del mundo adolescente, cómo se
puede hacer para convivir en un mundo fragmentado. La
diversidad es un fenómeno de nuestra época que irá
profundizándose con el tiempo. No hay un modelo de
jóvenes. Hay miles.
Estas
diferencias se expresan en la elección de la identidad
musical, en el estilo de la ropa, por el criterio de
elección de otros gustos, etc. La afirmación y la
pertenencia a cada uno de estos colectivos es defendido
de manera de construir su lugar, inclusive con la
radicalización de su pertenencia.
Entonces la lucha por imponer estos grupos, su grupo, es
la lucha del adolescente. No se trata de enfrentar al
mundo adulto, se trata de ganar un lugar en el espacio
propio de pares.
No
hay aire en el conflicto con los mayores, el oxígeno se
da en la compulsa con los pares.
¿Qué
debemos hacer frente a esto? En primer lugar, políticas
públicas que trabajen sobre la importancia de la
diversidad y no sobre la necesidad de buscar la
homogeneidad. Profundizar la tolerancia frente a los
distintos.
Luego, es preciso instar y fomentar muchos más espacios
dedicados al esparcimiento, a la cultura, donde puedan
mostrarse las diversidades.
Y por
último, dejar de exigirles a los adolescentes que sean
como sus padres, que sigan siendo jóvenes, que escriban
su propia historia sin la necesidad de profundizar las
diferencias que luego devienen en hechos violentos |