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La convivencia no es
sencilla
El secretario de Gobierno
–en términos políticos, la mano derecha de la máxima
autoridad ejecutiva- tiene con su jefa el diálogo mínimo
e indispensable. Aseguran diferentes fuentes oficiales que
si no recibe las respuestas que espera o contradicen
algunas de sus decisiones, la intendenta Graciela Rosso no
duda en reaccionar a los gritos. Ese modo, ese trato,
horada cualquier intento de relación sensata. Humberto
Guibaud es el secretario en cuestión y tiene un pie y
medio fuera del municipio. Ayer, al cierre de esta
edición, trascendía que habría presentado su renuncia.
Se sabe que la
desconfianza entre la intendenta y los funcionarios que
responden a la ex legisladora, actual directora de Enlace
Parlamentario María Inés Fernández, llegó a tal punto
que Rosso optó por crear especies de dobles comandos en
prácticamente todas las áreas de gobierno.
Con esa manera de
gestionar lo público, se creó un panorama complejo: los
despachos están ocupados por personas traídas a Luján
por la intendenta desde el insondable mundo de la
administración nacional. Vienen a trabajar, cumplen su
horario y se van. No tienen ni tiempo para conocer a fondo
la ciudad en la que desembarcaron como funcionarios.
En los despachos
comunales también habitan empleados o funcionarios que
trabajan en pos de la gestión pero las órdenes
partidarias las reciben de Fernández y su esposo Guibaud.
Hace ocho meses que resisten las críticas, las peleas,
los retos, el ninguneo o el espionaje sutil por parte de
personas que responden a la jefe comunal. Creen que se
presentó una alianza electoral (Rosso-Fernández) y que
aquel que salga a romper lazos tan rápido asumiría un
costo político demasiado alto. Sólo por eso resisten.
Y en esos mismos
despachos, además del personal de planta que llegó por
méritos, concursos y/o capacidad, cumplen sus horas
laborales agentes que siguen fieles a los mandatos que
supo dar Miguel Prince y cuentan con fuerte respaldo
gremial. Para ellos, el día a día es un suplicio y
abundan las denuncias sindicales que hablan de malos
tratos o directamente de discriminación.
La situación compleja en
las relaciones humanos no es exclusividad del Departamento
Ejecutivo. En el Concejo Deliberante también hay letra
para guiones de telenovela.
El bloque oficialista
asumió en diciembre como fiel reflejo del acuerdo entre
Rosso y Fernández. A pocos meses de las mieles de la
victoria, el concejal Pablo Tonini pegó el portazo y
dejó la Presidencia de la bancada. En el marco de esa
constante demostración de poder, el sillón vacante lo
ocupó Jorge Artero, histórico alfil de Fernández.
El resto de los
concejales oficialistas ahora busca una brújula que les
permita aferrarse a un camino de acción. Si la renuncia
de Guibaud se confirma, el efecto dominó sería
impredecible, porque en ese caso desde el Concejo se
adelanta que la ruptura del bloque “es inmediata”.
Seguramente las razones
para trazar semejante escenario no deben ser escasas, y
mucho menos sencillas. Pero sin dudas una de ellas radica
en la pésima práctica que se instaló en los dirigentes
actuales: sellar acuerdos sólo para ganar elecciones. No
hay plan, no hay cuadros políticos, no hay medidas
proyectadas, no hay pensamientos a largo plazo.
Cuando esos acuerdos
derivan en triunfos y entonces hay que trabajar con la
mira puesta en no menos de cuatro años, la convivencia se
torna intolerable. Y eso es lo que hoy ocurre en el
edificio de San Martín al 500.
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