La
crisis del sentido común
Escribe: Juan Carlos
Guerra-Rebelión (www.rebelion.org)
He hurgado en la historia
de los Imperios Romano, Otomano, Persa, Japonés, en la
Dinastía Ming, durante los tiempos de mando de los
Habsburgo, pasando por el Tercer Reich, las dos guerras
mundiales, la guerra fría; en fin, he estudiado a fondo
en los últimos dos meses la historia de la humanidad,
releo con lupa "Auge y Caída de las grandes
potencias" (Paul Kennedy), "Colapso" (Jared
Diamond), "Historia de las Civilizaciones"
(Toynbee) y no encuentro precedentes.
Nunca antes habían
coincidido en un mismo tiempo tantas crisis de manera
simultánea. Las crisis financiera, alimentaria,
energética y climática, atacan por distintos flancos,
con la misma crudeza amenazando nuestra convivencia
pacífica y la propia supervivencia de la especie.
Todas son agravadas por
la más grande: la crisis del sentido común. Los líderes
mundiales, desbordados por los acontecimientos, dan la
espalda a la verdadera causa del problema: el colapso de
un irracional modelo social y económico.
El petróleo, en vías de
extinción, se está convirtiendo en el blanco de los
especuladores financieros. Ello sumado a una alarmante
demanda, cada vez más creciente, producto del desquiciado
consumismo. Los zares de las finanzas mundiales, con la
complicidad silenciosa de las grandes potencias, le
apuestan a un barril de petróleo sobre los 200 dólares
antes de finalizar el 2009.
La ausencia de sentido
común se expresa en la crisis alimentaria. Especulación
y falta de buen juicio han hecho de los alimentos un nicho
para los gigantes financieros. El incentivo a la
producción de agrocombustibles, ligado a la previsible
escasez petrolera, convierte maíz, soja y trigo en
fuentes de riqueza fácil para los llamados comodities.
En cerca de cuarenta
países ha habido estallidos sociales a causa de la
carestía de los alimentos. Según datos de la FAO se
espera que el número de afectados por hambre y
desnutrición se duplique durante los próximos doce
meses, de seguir la escalada alcista de los precios de la
comida. Agravado esto por la imposibilidad del liderazgo
mundial en ponerse de acuerdo para relanzar la producción
agrícola global durante la recién pasada Cumbre
Alimentaria.
La crisis financiera
desencadenada por la explosión de la burbuja inmobiliaria
durante el pasado 2007, agrega otro elemento que oscurece
el futuro de la humanidad. La caída de entidades
financieras como Fannie Mae, Freddie Mac, Lehman Brothers
y Bear Stearns han hecho sumamente frágil el sistema
financiero global, creando desconfianza entre el
empresariado y falta de liquidez en la economía
provocando a una contracción económica.
La pérdida de unos 400
mil millones de dólares, y su capacidad para extenderse
hacen que no sea descabellado hablar de un colapso del
sistema económico mundial. Según estudios del Fondo
Monetario Internacional, la salida de la crisis costaría
915 mil millones de dólares. Una cifra que equivale a
cinco veces el PBI de Centroamérica y El Caribe.
El costo social de esta
crisis empieza a evidenciarse. La cifra de despidos entre
las distintas instituciones financieras afectadas por la
tormenta asciende a los 20.000 en todo el mundo.
La crisis climática
constituye la más amenazante de todas. Subida del nivel
del mar, deshielo de los polos, alarmantes niveles de la
temperatura, fenómenos naturales fuera de temporada,
cambios bruscos de los movimientos meteorológicos, hacen
temer que, en un abrir y cerrar de ojos, la humanidad
pueda ser barrida por una naturaleza herida por la mano
del hombre.
Ni siquiera la
posibilidad de una catástrofe fatal y definitiva para la
especie humana, concientiza a los líderes de las grandes
potencias, responsables del calentamiento global, de la
necesidad de tomar medidas que detengan el deterioro del
clima y contribuyan a desmontar los modos de consumo
irracional aprendidos del denominado "american way of
life".
En la pasada Cumbre del
G-8, celebrada en un alejado pueblito japonés, los
países industrializados se comprometieron a disminuir sus
emisiones de CO2 para 2050. ¡Vaya cinismo! Probablemente
para esa época sea demasiado tarde. Tal vez no quede
especie humana que pueda ver semejante desprendimiento.
La Unión Europea
también ha dado muestras de la falta de sentido común
entre sus líderes al aprobar las irracionales
"directivas de retorno", que condenan a la
pobreza a cientos de millones de seres humanos cuyo único
delito es buscar una vida digna de manera decente. Los
europeos están contribuyendo a la multiplicación de
conflictos sociales en los países más pobres del
planeta, en vez de colaborar, tal como lo hicieron con
ellos a través del Plan Marshall, a que puedan salir del
oscuro hueco de la miseria.
El saliente presidente
estadounidense, el emperador de la falta de sentido
común, George W. Bush, hace galas de su falta de talento
y su inescrupulosidad al seguir atizando el fuego del
conflicto termonuclear con Irán, sin importarle que
pudiera costar la vida a media humanidad. Su acoso
disimulado a Rusia, con el mentado escudo anti misiles
también atenta con la paz de una humanidad atribulada por
la más grande crisis que se haya visto jamás en nuestra
historia: la crisis del sentido común.
El modelo neoliberal,
surgido a partir del llamado Consenso de Washington,
consistente en la reducción de las funciones sociales del
Estado, la desregulación total del mercado, libertad de
tránsito para capitales y mercancías, pero no para las
personas y la sacralización de la especulación
financiera, nos está llevando a la ruina, junto a él.
La teoría de que el
crecimiento en sí mismo sería capaz de crear desarrollo
se ha caído junto con el colapsado neoliberalismo. Los
pocos países que han logrado crecer con el injusto
modelo, han ensanchado la brecha entre ricos y pobres,
dejando ese crecimiento en muy pocas manos.
De esta crisis sólo se
sale agarrando el toro por los cuernos. Revitalizando la
función social del Estado, regulando el sector
financiero, estableciendo muros de contención al mercado,
poniendo a la economía al servicio de los ciudadanos y,
sobretodo, llevando un modo de vida con un consumo
racional, en el que cada ser humano se sienta satisfecho
con lo mínimo para vivir dignamente. Esto sólo puede
lograrse con un liderazgo imbuido de sentido común, el
gran ausente en estos días.