Sábado 9 de Agosto de 2008 - Edición 7403 - Edición digital: 0703

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La crisis del sentido común

Escribe: Juan Carlos Guerra-Rebelión (www.rebelion.org)

He hurgado en la historia de los Imperios Romano, Otomano, Persa, Japonés, en la Dinastía Ming, durante los tiempos de mando de los Habsburgo, pasando por el Tercer Reich, las dos guerras mundiales, la guerra fría; en fin, he estudiado a fondo en los últimos dos meses la historia de la humanidad, releo con lupa "Auge y Caída de las grandes potencias" (Paul Kennedy), "Colapso" (Jared Diamond), "Historia de las Civilizaciones" (Toynbee) y no encuentro precedentes.

Nunca antes habían coincidido en un mismo tiempo tantas crisis de manera simultánea. Las crisis financiera, alimentaria, energética y climática, atacan por distintos flancos, con la misma crudeza amenazando nuestra convivencia pacífica y la propia supervivencia de la especie.

Todas son agravadas por la más grande: la crisis del sentido común. Los líderes mundiales, desbordados por los acontecimientos, dan la espalda a la verdadera causa del problema: el colapso de un irracional modelo social y económico.

El petróleo, en vías de extinción, se está convirtiendo en el blanco de los especuladores financieros. Ello sumado a una alarmante demanda, cada vez más creciente, producto del desquiciado consumismo. Los zares de las finanzas mundiales, con la complicidad silenciosa de las grandes potencias, le apuestan a un barril de petróleo sobre los 200 dólares antes de finalizar el 2009.

La ausencia de sentido común se expresa en la crisis alimentaria. Especulación y falta de buen juicio han hecho de los alimentos un nicho para los gigantes financieros. El incentivo a la producción de agrocombustibles, ligado a la previsible escasez petrolera, convierte maíz, soja y trigo en fuentes de riqueza fácil para los llamados comodities.

En cerca de cuarenta países ha habido estallidos sociales a causa de la carestía de los alimentos. Según datos de la FAO se espera que el número de afectados por hambre y desnutrición se duplique durante los próximos doce meses, de seguir la escalada alcista de los precios de la comida. Agravado esto por la imposibilidad del liderazgo mundial en ponerse de acuerdo para relanzar la producción agrícola global durante la recién pasada Cumbre Alimentaria.

La crisis financiera desencadenada por la explosión de la burbuja inmobiliaria durante el pasado 2007, agrega otro elemento que oscurece el futuro de la humanidad. La caída de entidades financieras como Fannie Mae, Freddie Mac, Lehman Brothers y Bear Stearns han hecho sumamente frágil el sistema financiero global, creando desconfianza entre el empresariado y falta de liquidez en la economía provocando a una contracción económica.

La pérdida de unos 400 mil millones de dólares, y su capacidad para extenderse hacen que no sea descabellado hablar de un colapso del sistema económico mundial. Según estudios del Fondo Monetario Internacional, la salida de la crisis costaría 915 mil millones de dólares. Una cifra que equivale a cinco veces el PBI de Centroamérica y El Caribe.

El costo social de esta crisis empieza a evidenciarse. La cifra de despidos entre las distintas instituciones financieras afectadas por la tormenta asciende a los 20.000 en todo el mundo.

La crisis climática constituye la más amenazante de todas. Subida del nivel del mar, deshielo de los polos, alarmantes niveles de la temperatura, fenómenos naturales fuera de temporada, cambios bruscos de los movimientos meteorológicos, hacen temer que, en un abrir y cerrar de ojos, la humanidad pueda ser barrida por una naturaleza herida por la mano del hombre.

Ni siquiera la posibilidad de una catástrofe fatal y definitiva para la especie humana, concientiza a los líderes de las grandes potencias, responsables del calentamiento global, de la necesidad de tomar medidas que detengan el deterioro del clima y contribuyan a desmontar los modos de consumo irracional aprendidos del denominado "american way of life".

En la pasada Cumbre del G-8, celebrada en un alejado pueblito japonés, los países industrializados se comprometieron a disminuir sus emisiones de CO2 para 2050. ¡Vaya cinismo! Probablemente para esa época sea demasiado tarde. Tal vez no quede especie humana que pueda ver semejante desprendimiento.

La Unión Europea también ha dado muestras de la falta de sentido común entre sus líderes al aprobar las irracionales "directivas de retorno", que condenan a la pobreza a cientos de millones de seres humanos cuyo único delito es buscar una vida digna de manera decente. Los europeos están contribuyendo a la multiplicación de conflictos sociales en los países más pobres del planeta, en vez de colaborar, tal como lo hicieron con ellos a través del Plan Marshall, a que puedan salir del oscuro hueco de la miseria.

El saliente presidente estadounidense, el emperador de la falta de sentido común, George W. Bush, hace galas de su falta de talento y su inescrupulosidad al seguir atizando el fuego del conflicto termonuclear con Irán, sin importarle que pudiera costar la vida a media humanidad. Su acoso disimulado a Rusia, con el mentado escudo anti misiles también atenta con la paz de una humanidad atribulada por la más grande crisis que se haya visto jamás en nuestra historia: la crisis del sentido común.

El modelo neoliberal, surgido a partir del llamado Consenso de Washington, consistente en la reducción de las funciones sociales del Estado, la desregulación total del mercado, libertad de tránsito para capitales y mercancías, pero no para las personas y la sacralización de la especulación financiera, nos está llevando a la ruina, junto a él.

La teoría de que el crecimiento en sí mismo sería capaz de crear desarrollo se ha caído junto con el colapsado neoliberalismo. Los pocos países que han logrado crecer con el injusto modelo, han ensanchado la brecha entre ricos y pobres, dejando ese crecimiento en muy pocas manos.

De esta crisis sólo se sale agarrando el toro por los cuernos. Revitalizando la función social del Estado, regulando el sector financiero, estableciendo muros de contención al mercado, poniendo a la economía al servicio de los ciudadanos y, sobretodo, llevando un modo de vida con un consumo racional, en el que cada ser humano se sienta satisfecho con lo mínimo para vivir dignamente. Esto sólo puede lograrse con un liderazgo imbuido de sentido común, el gran ausente en estos días.

 

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