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San Martín y nuestro
conflicto con el pasado
“Historia es
exactamente lo que se escribió, pero ignoramos si es
exactamente lo que sucedió” (Enrique Jardiel Poncela,
humorista español, 1901-1952)
Profesor Oscar
Darío Guazzaroni
Se cumple en este mes de
agosto un nuevo aniversario de la muerte de don José de
San Martín. Me ha parecido aprovechable el intento de
vincular el análisis de los vaivenes de los testimonios y
de la crítica histórica sobre el prócer, con el tema de
las posibilidades que tenemos los argentinos de asumir
positivamente todo el pasado con un grado tolerable de
ecuanimidad.
En octubre del 2000
visitó Buenos Aires el historiador estadounidense Hayden
White, quien, marxista confeso y arito en la oreja para,
según dijo, “adherir a las culturas alternativas”,
nos tiró, como es común en los pensadores posmodernos,
la provocativa tesis cercana a la frase ingeniosa de que
“el pasado no existe y se lo construye con imaginación,
y por lo tanto, la literatura y la historia no son muy
diferentes”.
Sin recurrir al vistoso
ajuar con que White adorna sus ideas, debo conceder que la
interrelación de historia y literatura me ha seducido
siempre -le he dedicado cursos y conferencias-y que en
términos no absolutos acepto que la aprehensión del
pasado tal cual fue se nos aparezca en cierta medida
inaccesible, pues en verdad se lo construye, si no con
pura imaginación, por los inevitables carriles
mediatizadores y condicionantes de la cultura, las
ideologías y hasta los intereses extemporáneos de
quienes interpretan el material documental. Dejo al margen
de esto a los historiadores que, conscientes de estos
peligros, trabajan con honesta profesionalidad para no
dejarse atrapar por estos engañosos demonios.
El análisis del caso de
San Martín es para mi propósito paradigmático, porque
además de contradecir la firme certeza generalizada de
que en todos los tiempos ha sido considerado sin
discusión un “intocable”, pondrá a flor de tierra
las dificultades de los argentinos para capitalizar
nuestro pasado.
Los primeros que chocaron
con el inconveniente de producir un juicio abarcativo de
las ideas políticas y las acciones de San Martín fueron
los exiliados de la generación de 1837. Se vieron en
figurillas para no dejar por un lado de ponderar su
incuestionable condición de libertador de pueblos, y al
unísono, por el otro, disimular o callar las opiniones
sin duda no compartidas que sobre Rosas, la política
argentina y americana y muchos personajes de su tiempo
tenía.
Resulta revelador el
cotejo de los comentarios que Alberdi, Florencio Varela,
Sarmiento y Félix Frías dejaron con motivo de sus
visitas al prócer, en Francia, en el lapso de 1843 a
1850. Alberdi -el más atinado- hace un retrato no exento
de cálida admiración, pero pronto deja escapar al paso
-esto no es gratuito- que su frente “que no anuncia un
gran pensador, promete... una inteligencia clara y
despejada”. Varela desliza, contra todo lo que sabemos,
que San Martín maldice la “tiranía” de Rosas.
Sarmiento equivoca la edad del anfitrión -dice 71 años
cuando en realidad tiene 68- y lo presenta no sin
intención de desvalorizar sus opiniones como “un hombre
viejo... con enfermedades del espíritu adquiridas en la
vejez...”, lo que se da de palos con la claridad de
pensamiento y estilo de las cartas que escribía por
entonces y hoy podemos leer. Frías hace un cuadro
familiar del momento de su muerte.
Los cuatro omiten entrar
a fondo en el plano de las ideas y proyecto políticos de
carácter monárquico que para los países liberados por
él tuvo San Martín, y soslayan el tema de la labor
fundamental que desde Europa hizo en favor de la
consolidación de la independencia de aquéllos y la
defensa de la Confederación Argentina ante las agresiones
anglo-francesas.
Alberdi evolucionó mucho
en sus ideas con su acercamiento a Urquiza en el período
que siguió a su visita parisina y a la caída de Rosas.
Mitre, quizás porque las ideas políticas de San Martín
molestaban su misión de curador porteño de la herencia
de los proscriptos, y la generación de 1880, porque
entendió que ello servía a su valioso objetivo de
argentinizar la marea inmigratoria, dieron soporte
historiográfico a esta mutilada versión sanmartiniana:
un hombre de asombrosa inteligencia práctica y
organizadora, una pura y genial capacidad
estratégico-militar a secas, pero con endeble andamiaje
político sustentador. Después llegaron el ejemplo moral
de su renunciamiento y el modelo casi perfecto de esposo,
padre y abuelo que inundó las escuelas y las academias
durante tanto tiempo.
A la vera de otros
antecedentes, los historiadores del revisionismo
histórico de fondo nacionalista iluminaron, a partir de
1930, el lado de la personalidad del prócer oscurecida
por los liberales, sobre todo en beneficio de la
exaltación de la figura de Rosas. Para no ser menos sólo
dieron vuelta las mismas barajas. Si esto ha sucedido con
pensadores e historiadores de la talla de Alberdi,
Sarmiento, Mitre, Saldías, Rojas, Levene, José M. Rosa,
Jauretche, Ernesto Palacio y tantos otros ¿qué podría
habernos pasado después?
Los militares se han
sentido propietarios de la figura de San Martín casi con
exclusividad. La actual farándula de divulgadores que
hacen historia de ocasión por algunos medios, y algunos
escritores no distanciados del “marketing” editorial,
con el pretexto de “humanizarlo”, exploran no sin
regusto las intimidades de alcoba, analizan minuciosamente
los supuestos desplantes de despreciativa superioridad de
la familia de su mujer y las desventuras conyugales; echan
a rodar versiones sobre un hipotético origen mestizo y el
consecuente y melodramático parentesco con su devenido
hermanastro y real enemigo Carlos de Alvear; resaltan sus
fracasos políticos en Lima y reemplazan su digno
renunciamiento por una obligada salida sin alternativas;
ponen dudas sobre el manejo de los fondos con que se
financiaron sus campañas y con ello explican su acomodado
pasar en Europa; y finalmente, como especialísimo
hallazgo, descubren que el formidable plan estratégico
militar y político para libertar a Chile y Perú no es de
él sino del ignoto militar escocés Thomas Maitland. Más
no se puede pedir.
Hasta con sus retratos no
faltan inconvenientes. El anónimo, más difundido, con
delicados rasgos faciales regularísimos, es probablemente
el menos fidedigno; el pintado por el peruano Gil Castro,
en Chile, en 1818, con rostro más afinado y fuerte nariz
aguileña, en coincidencia llamativa con el que dejó
escrito por la misma época el joven comerciante inglés
Samuel Haigh, es quizás el más verosímil pero el menos
conocido y utilizado. Paradojas de nuestra historia. Si
esto hemos hecho con la memoria de uno de nuestros
próceres máximos...
Sin adherir a ciegas a la
humorada de Jardiel Poncela que sirve de epígrafe, el
querido lector comenzará quizás, recorriendo la carrera
que como muestra hemos hecho juntos, a entender un poco
más -yo también lo intento- por qué los argentinos
estamos en permanente conflicto con nuestro pasado; por
qué la historia remota o reciente nos divide; por qué
casi todos los políticos en el poder la acomodan a su
antojo según sus intereses inmediatos; por qué muchos de
los que la enseñan o difunden la atan con alarmantes
cadenas a sus prejuicios de toda clase e impiden,
especialmente a los niños y jóvenes, asumirla plenamente
con libre acceso a las múltiples fuentes y corrientes de
interpretación; por qué nos privamos muchas veces a
sabiendas de que el pasado sin cortapisas nos ayude a
construir la unidad nacional del presente y nos asegure el
augurio de un porvenir feliz. Quizás esta reflexión nos
ayude a barruntar con humildad nuevos caminos. ¿O
estaremos condenados a que el pasado sea para nosotros la
eterna manzana de la discordia?
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