Sábado 16 de Agosto de 2008 - Edición 7405 - Edición digital: 0705

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San Martín y nuestro conflicto con el pasado

“Historia es exactamente lo que se escribió, pero ignoramos si es exactamente lo que sucedió” (Enrique Jardiel Poncela, humorista español, 1901-1952)

Profesor Oscar Darío Guazzaroni

Se cumple en este mes de agosto un nuevo aniversario de la muerte de don José de San Martín. Me ha parecido aprovechable el intento de vincular el análisis de los vaivenes de los testimonios y de la crítica histórica sobre el prócer, con el tema de las posibilidades que tenemos los argentinos de asumir positivamente todo el pasado con un grado tolerable de ecuanimidad.

En octubre del 2000 visitó Buenos Aires el historiador estadounidense Hayden White, quien, marxista confeso y arito en la oreja para, según dijo, “adherir a las culturas alternativas”, nos tiró, como es común en los pensadores posmodernos, la provocativa tesis cercana a la frase ingeniosa de que “el pasado no existe y se lo construye con imaginación, y por lo tanto, la literatura y la historia no son muy diferentes”.

Sin recurrir al vistoso ajuar con que White adorna sus ideas, debo conceder que la interrelación de historia y literatura me ha seducido siempre -le he dedicado cursos y conferencias-y que en términos no absolutos acepto que la aprehensión del pasado tal cual fue se nos aparezca en cierta medida inaccesible, pues en verdad se lo construye, si no con pura imaginación, por los inevitables carriles mediatizadores y condicionantes de la cultura, las ideologías y hasta los intereses extemporáneos de quienes interpretan el material documental. Dejo al margen de esto a los historiadores que, conscientes de estos peligros, trabajan con honesta profesionalidad para no dejarse atrapar por estos engañosos demonios.

El análisis del caso de San Martín es para mi propósito paradigmático, porque además de contradecir la firme certeza generalizada de que en todos los tiempos ha sido considerado sin discusión un “intocable”, pondrá a flor de tierra las dificultades de los argentinos para capitalizar nuestro pasado.

Los primeros que chocaron con el inconveniente de producir un juicio abarcativo de las ideas políticas y las acciones de San Martín fueron los exiliados de la generación de 1837. Se vieron en figurillas para no dejar por un lado de ponderar su incuestionable condición de libertador de pueblos, y al unísono, por el otro, disimular o callar las opiniones sin duda no compartidas que sobre Rosas, la política argentina y americana y muchos personajes de su tiempo tenía.

Resulta revelador el cotejo de los comentarios que Alberdi, Florencio Varela, Sarmiento y Félix Frías dejaron con motivo de sus visitas al prócer, en Francia, en el lapso de 1843 a 1850. Alberdi -el más atinado- hace un retrato no exento de cálida admiración, pero pronto deja escapar al paso -esto no es gratuito- que su frente “que no anuncia un gran pensador, promete... una inteligencia clara y despejada”. Varela desliza, contra todo lo que sabemos, que San Martín maldice la “tiranía” de Rosas. Sarmiento equivoca la edad del anfitrión -dice 71 años cuando en realidad tiene 68- y lo presenta no sin intención de desvalorizar sus opiniones como “un hombre viejo... con enfermedades del espíritu adquiridas en la vejez...”, lo que se da de palos con la claridad de pensamiento y estilo de las cartas que escribía por entonces y hoy podemos leer. Frías hace un cuadro familiar del momento de su muerte.

Los cuatro omiten entrar a fondo en el plano de las ideas y proyecto políticos de carácter monárquico que para los países liberados por él tuvo San Martín, y soslayan el tema de la labor fundamental que desde Europa hizo en favor de la consolidación de la independencia de aquéllos y la defensa de la Confederación Argentina ante las agresiones anglo-francesas.

Alberdi evolucionó mucho en sus ideas con su acercamiento a Urquiza en el período que siguió a su visita parisina y a la caída de Rosas. Mitre, quizás porque las ideas políticas de San Martín molestaban su misión de curador porteño de la herencia de los proscriptos, y la generación de 1880, porque entendió que ello servía a su valioso objetivo de argentinizar la marea inmigratoria, dieron soporte historiográfico a esta mutilada versión sanmartiniana: un hombre de asombrosa inteligencia práctica y organizadora, una pura y genial capacidad estratégico-militar a secas, pero con endeble andamiaje político sustentador. Después llegaron el ejemplo moral de su renunciamiento y el modelo casi perfecto de esposo, padre y abuelo que inundó las escuelas y las academias durante tanto tiempo.

A la vera de otros antecedentes, los historiadores del revisionismo histórico de fondo nacionalista iluminaron, a partir de 1930, el lado de la personalidad del prócer oscurecida por los liberales, sobre todo en beneficio de la exaltación de la figura de Rosas. Para no ser menos sólo dieron vuelta las mismas barajas. Si esto ha sucedido con pensadores e historiadores de la talla de Alberdi, Sarmiento, Mitre, Saldías, Rojas, Levene, José M. Rosa, Jauretche, Ernesto Palacio y tantos otros ¿qué podría habernos pasado después?

Los militares se han sentido propietarios de la figura de San Martín casi con exclusividad. La actual farándula de divulgadores que hacen historia de ocasión por algunos medios, y algunos escritores no distanciados del “marketing” editorial, con el pretexto de “humanizarlo”, exploran no sin regusto las intimidades de alcoba, analizan minuciosamente los supuestos desplantes de despreciativa superioridad de la familia de su mujer y las desventuras conyugales; echan a rodar versiones sobre un hipotético origen mestizo y el consecuente y melodramático parentesco con su devenido hermanastro y real enemigo Carlos de Alvear; resaltan sus fracasos políticos en Lima y reemplazan su digno renunciamiento por una obligada salida sin alternativas; ponen dudas sobre el manejo de los fondos con que se financiaron sus campañas y con ello explican su acomodado pasar en Europa; y finalmente, como especialísimo hallazgo, descubren que el formidable plan estratégico militar y político para libertar a Chile y Perú no es de él sino del ignoto militar escocés Thomas Maitland. Más no se puede pedir.

Hasta con sus retratos no faltan inconvenientes. El anónimo, más difundido, con delicados rasgos faciales regularísimos, es probablemente el menos fidedigno; el pintado por el peruano Gil Castro, en Chile, en 1818, con rostro más afinado y fuerte nariz aguileña, en coincidencia llamativa con el que dejó escrito por la misma época el joven comerciante inglés Samuel Haigh, es quizás el más verosímil pero el menos conocido y utilizado. Paradojas de nuestra historia. Si esto hemos hecho con la memoria de uno de nuestros próceres máximos...

Sin adherir a ciegas a la humorada de Jardiel Poncela que sirve de epígrafe, el querido lector comenzará quizás, recorriendo la carrera que como muestra hemos hecho juntos, a entender un poco más -yo también lo intento- por qué los argentinos estamos en permanente conflicto con nuestro pasado; por qué la historia remota o reciente nos divide; por qué casi todos los políticos en el poder la acomodan a su antojo según sus intereses inmediatos; por qué muchos de los que la enseñan o difunden la atan con alarmantes cadenas a sus prejuicios de toda clase e impiden, especialmente a los niños y jóvenes, asumirla plenamente con libre acceso a las múltiples fuentes y corrientes de interpretación; por qué nos privamos muchas veces a sabiendas de que el pasado sin cortapisas nos ayude a construir la unidad nacional del presente y nos asegure el augurio de un porvenir feliz. Quizás esta reflexión nos ayude a barruntar con humildad nuevos caminos. ¿O estaremos condenados a que el pasado sea para nosotros la eterna manzana de la discordia?

 

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