Sábado 23 de Agosto de 2008 - Edición 7407 - Edición digital: 0707

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El país que no somos

Escribe: Walder Pedro Martínez

Hace apenas unos días leí un artículo sobre Estonia, uno de los tres países bálticos (los otros dos son Letonia y Lituania).

El artículo hablaba sobre un ataque cibernético sufrido por ese país hace apenas unos meses. Sin embargo, lo asombroso del informe, más allá de la nueva modalidad de guerra que surge a partir de la “Internetización” de los países, radicaba precisamente en el avanzado desarrollo tecnológico de Estonia.

Este pequeño país, que forma parte de la Unión Europea apenas desde hace cuatro años, es el más avanzado en desarrollo digital y automatización de servicios en el mundo. Al punto que en Estonia se paga el estacionamiento usando el teléfono celular y se vota a través de sitios web, por citar sólo un par de ejemplos.

Todo esto no sería tan significativo si no tuviéramos en cuenta que Estonia es un país que se independizó de la antigua Unión Soviética hace apenas 17 años, en 1991...

¿A qué me refiero?

Piénsenlo así: un país de pequeña superficie, con apenas algo más de un millón de habitantes, que durante siglos sufrió la opresión de gobiernos dictatoriales, que fue víctima de la segunda guerra mundial e invadido por los nazis, que fue “adquirido” ilegítimamente por la Unión Soviética y que sólo logró su independencia en 1991 con la “Perestroika”... En tan sólo 17 años se transformó en el país más avanzado en tecnología de servicios digitales en el mundo.

Inevitablemente esto nos lleva a pensar qué diablos estuvimos haciendo los argentinos en los casi doscientos años que llevamos de independencia.

Y entonces surge la interminable lista de “características” (por no llamarlas defectos) que nos convierten en el país que NO SOMOS.

NO SOMOS los principales exportadores de granos del mundo, aún cuando tenemos una de las superficies cultivables más grandes del globo y con la capacidad de producción para abastecer al planeta entero.

NO SOMOS los principales productores de carne, cuando tenemos los mejores campos y una calidad envidiada y reconocida internacionalmente.

NO SOMOS los principales exportadores de leche y productos lácteos, aunque sabemos que producimos la más alta calidad en este rubro.

No tenemos grandes fábricas de automóviles de marca propia, ni de celulares, ni de relojes, o bolsos, o lanchas, o tantas otras cosas que podrían crearse aquí para ofrecerse al mundo. ¿Por qué todo cuanto usamos tiene que ser made in USA (o made in China o Taiwán)? ¿Cómo se entiende que importar un artículo, aún cuando el dólar vale tres veces más que nuestra moneda, sea más barato que comprar algo nacional?

Es evidente (y vergonzoso) que los gobiernos argentinos han hecho y siguen haciendo todo mal.

Soy una persona joven, tengo 33 años. Sin embargo, a mi edad, ya he guardado en la memoria épocas de desasosiego económico y social que inevitablemente vuelven a la memoria cuando uno analiza la situación actual. ¡Eso no debería pasar! Sin embargo, cuando hablo con la gente o salgo a la calle y veo “cómo está la cosa” me acuerdo de las oscuras décadas del ’80 o del ’90... Ir al almacén a comprar un artículo y pagarlo seis pesos cuando ayer costaba cuatro con cincuenta me trae malos recuerdos. Y entonces pienso...

Ya mis padres contaban sobre épocas similares. Y yo fui testigo de cómo sus vidas se gastaron esperando “que la cosa cambie”. ¿Cuántas generaciones se perdieron esperando que algo cambie, que mejore la situación? ¿Cuántas personas dejan de estudiar, de mandar sus hijos a mejores colegios, de tener una buena atención de salud, de comprarse un auto, de viajar, de tener su casa propia, de comer como corresponde y todo porque “la cosa no cambia”?

Personalmente soy una de las tantas personas que, a la hora de pensar en tener hijos, ha notado con tristeza cómo su mente hacía cálculos acerca de los ingresos y los gastos que se vendrían. “La llegada del bebé cuesta unos $4000” (título de un informe periodístico al respecto). ¿Cómo puede ser que tengamos que formar nuestras familias o nuestro futuro según el estado de ánimo de los gobernantes de turno? ¿En qué cabeza cabe?

Durante el conflicto con el campo, el gobierno salió a denigrar a De Ángelis por “liderar” el movimiento ruralista y sugerirle a la gente qué hacer. “¿Quién los votó?”, decía la presidenta. Y la frase sonaba al mejor estilo callejero: “¿Quién so’ vo’ loco? ¿Quién te creé’ que so´?”. Y más allá del tema yo me pregunto: ¿Quién es el gobierno para decirnos cómo tenemos que vivir? ¿Quién les dio el derecho de manejar nuestras vidas al punto de obligarnos a comer determinados productos porque no podemos acceder a los otros? ¿Quién les atribuyó el poder de controlar nuestro futuro obligándonos a pensar en si formamos o no una familia porque eso requiere un determinado nivel de ingresos para poder vivir dignamente?

Es realmente triste y, vuelvo a decir, vergonzoso vivir como vivimos y ser manejados como lo somos.

El combustible escala precios todos los días. Cuesta un 300% más que hace diez años. Y así y todo, cuando uno va a la estación de servicio ¡no hay combustible!

Los alimentos cuestan un 700% más que hace 15 años... Pero de todas maneras sólo podemos comprar dos paquetes de azúcar y tres litros de aceite por familia.

La carne cuesta un 250% más que hace sólo dos años (o menos) pero los campos siguen atestados de vacas...

En general la canasta familiar subió un abrumador 1.000% en los últimos 10 o 15 años. Las cosas suben de precio todos los días, ¡pero para el INDEC la inflación es sólo del 0,6%!

A menos de un año y medio de que se cumplan doscientos años de nuestra formación como patria autónoma, aún NO SOMOS LIBRES.

Yo me consideraré una persona libre cuando pueda decidir cómo quiero vivir, cómo quiero educar a mis hijos, ¡cuántos hijos quiero tener! sin tener que pensar en anotarme en tres empleos para ello y convertirme en un extraño para mi familia; seré libre cuando pueda abrir mi heladera y encontrar lo que hace años no puedo comprar; cuando pueda comprarme un auto con los ahorros de dos o tres años, ¡no de veinte! Seré libre cuando pueda circular por las rutas sin tener que pagar un peaje de $4,50 por un tramo de 15 kilómetros (ruta 8 entre ruta 6 y Pilar), me consideraré una persona libre cuando pueda encontrar en mi país una oportunidad para crecer en lo que hago.

Libres vamos a ser los argentinos cuando podamos decidir cómo vivir y cuando podamos lograr nuestros sueños y proyectos sin pasarnos la vida entera literalmente esperando que “la cosa cambie”.

“Este año quería hacerme la casa, pero me parece que como está la cosa...”.

“Tenía ganas de cambiar el auto, pero voy a esperar que la cosa cambie...”.

“¡Y, como está la cosa ya ni falda puedo tirar a la parrilla!”.

“No, flaco. La cosa está muy jodida. No te conviene empezar ese negocio porque hoy comprás a un precio y mañana te sale más caro de lo que vos lo vendías”.

Todas éstas (¡y miles más!) son frases reales, de gente real, que se escuchan todos los días de gente que labura todo el día, todos los días y que vive esperando que algo cambie, que todo se arregle...

Yo no quiero ver cómo mi vida se va esperando, igual que mis viejos, que las cosas se solucionen.

Quiero ser artífice de mi propio destino sin llegar a sentirme decepcionado de haber nacido en este hermoso, rico, grande y poderoso país, donde lo único cierto es la fuerza de su gente.

Sé que es posible porque así lo demuestran países mucho más chicos que nosotros y que han sufrido cientos de veces más que nosotros y que han logrado convertirse en potencias destacadas en algún aspecto de la economía mundial (Alemania: automóviles; Finlandia: celulares).

Algo mal estamos haciendo (o todo...). No puede ser que nos hayamos convertido en un país tan pero tan desorganizado. Con todo lo que tenemos, dan ganas de llorar cuando nos damos cuenta de todo lo que NO SOMOS. Porque lo que NO SOMOS como país, para nosotros el pueblo, se convierte en lo que NO TENEMOS. Y si NO SOMOS un país con grandes ambiciones, organizado, con proyectos y con oportunidades para todos los habitantes, entonces nosotros, el pueblo, NO TENEMOS futuro...

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