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El país que no somos
Escribe: Walder Pedro
Martínez
Hace apenas unos días
leí un artículo sobre Estonia, uno de los tres países
bálticos (los otros dos son Letonia y Lituania).
El artículo hablaba
sobre un ataque cibernético sufrido por ese país hace
apenas unos meses. Sin embargo, lo asombroso del informe,
más allá de la nueva modalidad de guerra que surge a
partir de la “Internetización” de los países,
radicaba precisamente en el avanzado desarrollo
tecnológico de Estonia.
Este pequeño país, que
forma parte de la Unión Europea apenas desde hace cuatro
años, es el más avanzado en desarrollo digital y
automatización de servicios en el mundo. Al punto que en
Estonia se paga el estacionamiento usando el teléfono
celular y se vota a través de sitios web, por citar sólo
un par de ejemplos.
Todo esto no sería tan
significativo si no tuviéramos en cuenta que Estonia es
un país que se independizó de la antigua Unión
Soviética hace apenas 17 años, en 1991...
¿A qué me refiero?
Piénsenlo así: un país
de pequeña superficie, con apenas algo más de un millón
de habitantes, que durante siglos sufrió la opresión de
gobiernos dictatoriales, que fue víctima de la segunda
guerra mundial e invadido por los nazis, que fue “adquirido”
ilegítimamente por la Unión Soviética y que sólo
logró su independencia en 1991 con la “Perestroika”...
En tan sólo 17 años se transformó en el país más
avanzado en tecnología de servicios digitales en el
mundo.
Inevitablemente esto nos
lleva a pensar qué diablos estuvimos haciendo los
argentinos en los casi doscientos años que llevamos de
independencia.
Y entonces surge la
interminable lista de “características” (por no
llamarlas defectos) que nos convierten en el país que NO
SOMOS.
NO SOMOS los principales
exportadores de granos del mundo, aún cuando tenemos una
de las superficies cultivables más grandes del globo y
con la capacidad de producción para abastecer al planeta
entero.
NO SOMOS los principales
productores de carne, cuando tenemos los mejores campos y
una calidad envidiada y reconocida internacionalmente.
NO SOMOS los principales
exportadores de leche y productos lácteos, aunque sabemos
que producimos la más alta calidad en este rubro.
No tenemos grandes
fábricas de automóviles de marca propia, ni de
celulares, ni de relojes, o bolsos, o lanchas, o tantas
otras cosas que podrían crearse aquí para ofrecerse al
mundo. ¿Por qué todo cuanto usamos tiene que ser made in
USA (o made in China o Taiwán)? ¿Cómo se entiende que
importar un artículo, aún cuando el dólar vale tres
veces más que nuestra moneda, sea más barato que comprar
algo nacional?
Es evidente (y
vergonzoso) que los gobiernos argentinos han hecho y
siguen haciendo todo mal.
Soy una persona joven,
tengo 33 años. Sin embargo, a mi edad, ya he guardado en
la memoria épocas de desasosiego económico y social que
inevitablemente vuelven a la memoria cuando uno analiza la
situación actual. ¡Eso no debería pasar! Sin embargo,
cuando hablo con la gente o salgo a la calle y veo “cómo
está la cosa” me acuerdo de las oscuras décadas del
’80 o del ’90... Ir al almacén a comprar un artículo
y pagarlo seis pesos cuando ayer costaba cuatro con
cincuenta me trae malos recuerdos. Y entonces pienso...
Ya mis padres contaban
sobre épocas similares. Y yo fui testigo de cómo sus
vidas se gastaron esperando “que la cosa cambie”.
¿Cuántas generaciones se perdieron esperando que algo
cambie, que mejore la situación? ¿Cuántas personas
dejan de estudiar, de mandar sus hijos a mejores colegios,
de tener una buena atención de salud, de comprarse un
auto, de viajar, de tener su casa propia, de comer como
corresponde y todo porque “la cosa no cambia”?
Personalmente soy una de
las tantas personas que, a la hora de pensar en tener
hijos, ha notado con tristeza cómo su mente hacía
cálculos acerca de los ingresos y los gastos que se
vendrían. “La llegada del bebé cuesta unos $4000”
(título de un informe periodístico al respecto). ¿Cómo
puede ser que tengamos que formar nuestras familias o
nuestro futuro según el estado de ánimo de los
gobernantes de turno? ¿En qué cabeza cabe?
Durante el conflicto con
el campo, el gobierno salió a denigrar a De Ángelis por
“liderar” el movimiento ruralista y sugerirle a la
gente qué hacer. “¿Quién los votó?”, decía la
presidenta. Y la frase sonaba al mejor estilo callejero:
“¿Quién so’ vo’ loco? ¿Quién te creé’ que
so´?”. Y más allá del tema yo me pregunto: ¿Quién
es el gobierno para decirnos cómo tenemos que vivir?
¿Quién les dio el derecho de manejar nuestras vidas al
punto de obligarnos a comer determinados productos porque
no podemos acceder a los otros? ¿Quién les atribuyó el
poder de controlar nuestro futuro obligándonos a pensar
en si formamos o no una familia porque eso requiere un
determinado nivel de ingresos para poder vivir dignamente?
Es realmente triste y,
vuelvo a decir, vergonzoso vivir como vivimos y ser
manejados como lo somos.
El combustible escala
precios todos los días. Cuesta un 300% más que hace diez
años. Y así y todo, cuando uno va a la estación de
servicio ¡no hay combustible!
Los alimentos cuestan un
700% más que hace 15 años... Pero de todas maneras sólo
podemos comprar dos paquetes de azúcar y tres litros de
aceite por familia.
La carne cuesta un 250%
más que hace sólo dos años (o menos) pero los campos
siguen atestados de vacas...
En general la canasta
familiar subió un abrumador 1.000% en los últimos 10 o
15 años. Las cosas suben de precio todos los días,
¡pero para el INDEC la inflación es sólo del 0,6%!
A menos de un año y
medio de que se cumplan doscientos años de nuestra
formación como patria autónoma, aún NO SOMOS LIBRES.
Yo me consideraré una
persona libre cuando pueda decidir cómo quiero vivir,
cómo quiero educar a mis hijos, ¡cuántos hijos quiero
tener! sin tener que pensar en anotarme en tres empleos
para ello y convertirme en un extraño para mi familia;
seré libre cuando pueda abrir mi heladera y encontrar lo
que hace años no puedo comprar; cuando pueda comprarme un
auto con los ahorros de dos o tres años, ¡no de veinte!
Seré libre cuando pueda circular por las rutas sin tener
que pagar un peaje de $4,50 por un tramo de 15 kilómetros
(ruta 8 entre ruta 6 y Pilar), me consideraré una persona
libre cuando pueda encontrar en mi país una oportunidad
para crecer en lo que hago.
Libres vamos a ser los
argentinos cuando podamos decidir cómo vivir y cuando
podamos lograr nuestros sueños y proyectos sin pasarnos
la vida entera literalmente esperando que “la cosa
cambie”.
“Este año quería
hacerme la casa, pero me parece que como está la cosa...”.
“Tenía ganas de
cambiar el auto, pero voy a esperar que la cosa cambie...”.
“¡Y, como está la
cosa ya ni falda puedo tirar a la parrilla!”.
“No, flaco. La cosa
está muy jodida. No te conviene empezar ese negocio
porque hoy comprás a un precio y mañana te sale más
caro de lo que vos lo vendías”.
Todas éstas (¡y miles
más!) son frases reales, de gente real, que se escuchan
todos los días de gente que labura todo el día, todos
los días y que vive esperando que algo cambie, que todo
se arregle...
Yo no quiero ver cómo mi
vida se va esperando, igual que mis viejos, que las cosas
se solucionen.
Quiero ser artífice de
mi propio destino sin llegar a sentirme decepcionado de
haber nacido en este hermoso, rico, grande y poderoso
país, donde lo único cierto es la fuerza de su gente.
Sé que es posible porque
así lo demuestran países mucho más chicos que nosotros
y que han sufrido cientos de veces más que nosotros y que
han logrado convertirse en potencias destacadas en algún
aspecto de la economía mundial (Alemania: automóviles;
Finlandia: celulares).
Algo mal estamos haciendo
(o todo...). No puede ser que nos hayamos convertido en un
país tan pero tan desorganizado. Con todo lo que tenemos,
dan ganas de llorar cuando nos damos cuenta de todo lo que
NO SOMOS. Porque lo que NO SOMOS como país, para nosotros
el pueblo, se convierte en lo que NO TENEMOS. Y si NO
SOMOS un país con grandes ambiciones, organizado, con
proyectos y con oportunidades para todos los habitantes,
entonces nosotros, el pueblo, NO TENEMOS futuro... |