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Los
intocables de la ribera
El anterior intendente se
acalambró la mandíbula pregonando que Luján es el lugar
donde se cruzan los caminos de la fe y la historia. Sin
embargo, sus expresiones enfáticas no tuvieron, en más
de diez años de gestión continuada, un correlato que
permita aceptar o creer en su fanatismo por la ciudad y
por la difusión y explotación de sus recursos.
Si Luján es el cruce de
la fe y la historia y eso mueve a millones de turistas
cada año, no se entiende cómo se pudo permitir un
abandono de la magnitud que se muestra en la parte más
neurálgica de la zona turística.
Un simple recorrido
periodístico demostró que pensar en el embellecimiento
de la zona es, por el momento, utópico. Se necesita
tiempo y dinero para conseguir que los edificios, las
máquinas de esparcimiento y los muebles tengan un
aspecto cuanto menos digno.
Los locales estatales
entregados por la Municipalidad de Luján a diferentes
empresarios o comerciantes, exponen una notable falta de
mantenimiento. Su aspecto evidencia que si se despinta,
se rompe o se pierde algún elemento, se gasta el peso
justo para volver a abrir el fin de semana siguiente. Y
nada más que eso.
Por eso se pueden
observar unidades cerradas, otras en las que se venden
presuntas artesanías o servicio de adivinadores, y
arreglos grotescos como los que se pueden constatar en
los baños ubicados frente al muelle del catamarán o
debajo del edificio La Cúpula.
Quizás como arrastre de
la crisis, también se desdibujaron los límites de los
productos y servicios que se pueden ofrecer. Hubo años
en los que los permisos se hicieron laxos. Hoy, como
herencia de esos tiempos, todo parece enmarcarse dentro
de artesanía.
De allí que en el propio
edificio municipal de La Cúpula, donde trabajan los
responsables del turismo local, los fines de semana abre
una feria que en su mayoría se dedica a la reventa de
productos que se consiguen a muy buen precio en La
Salada o en los locales mayoristas de Once.
Que un vendedor tire un
paño sobre la vereda y se ponga a vender en la zona
turística, y lo levante cuando un inspector se lo pide,
es una escena habitual en casi todos los destinos
turísticos. Es muy distinto a la falta total de límites,
de reglas claras y de permisos o concesiones con
cláusulas que exijan mejoras, que detallen a cambio de
qué se recibe y se explota tal o cual inmueble.
La anterior gestión
dedicó doce años a perfeccionar sus excusas y no tocar
los intereses establecidos en toda la zona turística.
Trabajó en la elaboración de un plan turístico, lo
publicó, lo presentó en distintos ámbitos y hasta
recibió felicitaciones por esa tarea. También diseñó una
maquiavélica idea de ceder por casi un siglo toda la
zona a una sociedad anónima, dibujando la estrategia
detrás de la “participación mayoritaria del Estado”.
En la práctica, no sólo
no tocó lo establecido. Si un baño se rompía, se
permitía que se coloque una manguera; si otro baño se
inundaba, se lo dejaba escurrir; si un comercio cerraba
su persiana, se lo mantenía en esas condiciones. Y
mientras tanto se otorgaban permisos precarios para que
nadie cercano o conocido de la gestión se quede sin su
kiosquito turístico.
Hoy, un simple recorrido
expone las consecuencias de esa desidia o, mejor dicho,
de esa práctica orquestada desde el Estado. Con
excepción de lo recientemente remodelado, lo que
ofrecemos a los miles de turistas que llegan a Luján
cada fin de semana es vergonzoso. Urge que se exija
inversión a los actuales explotadores, al menos hasta
que las condiciones de explotación vuelvan a ser claras,
transparentes y beneficiosas para todos: para los
privados, para el Estado y en especial para las visitas. |