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Dulce
Margarita Pereyra de Degregorio
Recuerdos de
vida

RECUERDOS:
junto a EL CIVISMO, la poetisa y docente repasó muchos
sucesos del pasado, anécdotas y recuerdos que la volvieron
una mujer muy feliz.
Dueña
de una obra lírica que nació de su apasionada y
comprometida visión de figuras, sucesos o lugares, evoca
en esta nota días pasados y personalidades emblemáticas
que la marcaron.
Muchas de
sus poesías se han convertido en caballito de batalla de
recitadores locales. De ahí que su nombre esté mayormente
incluido en uno u otro acto cultural, publicación o
revista.
Ella lo
sabe, agradece y sonríe ante el comentario del periodista.
Desde
hace algunos meses vive con la familia de su hijo tras la
desaparición de su esposo. Y aunque el nombre de Arturo
-su compañero de años- se cuele durante la charla en uno u
otro momento, se muestra repuesta y con ánimo, al punto de
retomar proyectos pendientes y la escritura.
"Siempre
me gustó escribir", confió a modo de presentación; desde
chica, se apura a agregar, con el apoyo de sus primeras
maestras, en la localidad de Rivadavia, Mendoza,
Pero la
vocación de la poesía le vino de su padre, cuenta, porque
le recitaba poemas gauchescos de muy chiquita y sentada en
la falda. "De él aprendí mucho, porque todo se hereda. Y
él estaba contento de que me gustara escribir".
Sostiene
con orgullo que siempre fue buena alumna, estudiosa, no
traga libros. "Tenía disciplina porque viví en una casa
con mucha disciplina". Y recuerda una sentencia de su
padre: 'Mire mi hijita, usted estudie, recíbase, porque
todo lo que pueda aprender nadie se lo va a embargar.
Usted puede tener una casa y se la pueden embargar, pero
lo que tiene adentro, nadie’. Y me quedó”.
El
destino quiso que aún pequeña y con la escuela primaria
finalizada su familia se trasladase a Sucre, dado que su
padre, jefe de estación, deseaba trabajar en la provincia
de Buenos Aires. Y allí se instaló Dulce, su hermano y sus
padres. Pero algo impensado pasó: una conversación de la
familia con una docente le deparó a Dulce la ocasión de
continuar los estudios en Luján.
Ya en la
ciudad se alojó en una pensión y se preparó para ingresar
a la Escuela Normal, donde en el examen de ingreso ante
más de cien postulantes, salió en segundo lugar. Al
jubilarse su padre, toda la familia dejó Sucre y se
instaló en Luján.
En la
ciudad
Cuenta
que los primeros años de estudio en Luján le permitieron
ratificar su gusto por la escritura y marcaron su
juventud.
"Me
acuerdo que un día el director de la Escuela Normal me
dijo que le gustaría que hablara en un acto. Después de la
sorpresa, le pregunté si podía hablar sin leer. Y me
respondió que sí. Llegado el día del acto, me mandé un
discurso bien elaborado -evoca con una sonrisa. Creo que
desde ahí empecé a tener el reconocimiento de la gente".
Después
de esa experiencia no paró de escribir, porque los mismos
compañeros y otros le comenzaron a pedir otros trabajos y
colaboraciones.
El tiempo
de la escuela la devuelve a otros años. Desfilan por su
memoria, nombres, anécdotas, y sólo atina a resumir que
fue muy feliz.
Con el
título de docente hizo capacitación directiva, se
perfeccionó en institutos superiores, ejerció distintas
cátedras y fue directora en varios colegios. Pero primero
fue unos cuantos años al campo donde pagó derecho de piso.
"Yo me
enamoro de las cosas, y como me enamoré de Luján también
lo hice de Carlos Keen, de su gente, de los chicos que
llegaban a caballo. No me quería venir. Había que ir en
mateo porque después que me vine hicieron el camino.
Sucedió que ejerciendo la docencia en la Escuela N° 12 me
enteré de que había vacantes en esa escuela de Carlos Keen;
entonces me presenté, volví como directora y estuve casi
20 años. Cuando regresé seguí vinculada a la docencia, y
sin querer, sin mayores nociones, ingresé en la política.
Me llevó mucho tiempo e hice la experiencia porque las
circunstancias se presentaron. Me vinieron a ver y fui con
la mejor intención. Pero sólo fui consejera escolar, no
tuve cargos. Siempre fui peronista, no oportunista, y
tengo amigos de todos los colores. En mi vida me defendí
con mi trayectoria y mi pensamiento", valoró.
Su
obra poética
“Soy una
enamorada de Luján y de mi país, de ahí que empecé a
escribir poesías relacionadas con temas que nos
interesaban como argentinos. Siempre expresé lo que
pensaba. Tengo muchos trabajos poéticos y cada uno surgió
naturalmente" acotó, como cuando se enteró de la muerte de
Eva y, camino a su casa llorando, delineó mentalmente los
versos; al llegar ya tenía la poesía. "Yo nunca le canté
en vida a Eva. Y esa poesía fue mi homenaje a una mujer
cuya obra dignificó a las personas".
Cuenta
con satisfacción la difusión que muchas de sus poesías
tuvieron en instituciones y en uno u otro punto del país.
Interrogada acerca de qué le quedaba pendiente en materia
de poesía, respondió que era la publicación de dos libros
que reúnen el material elaborado durante años, un proyecto
que debió archivar por la muerte de su esposo. "Muchos
años antes tenía idea de publicar "Abanico de palabras",
pero tampoco salió a la luz por esas cosas de la vida,
aunque mis poesías siempre se han publicado en distintos
medios y a todos les tengo que agradecer".
Para
concluir la entrevista le preguntamos qué mensaje le daría
a un joven poeta. Y ésta fue su respuesta.
"Si en
realidad es poeta no puede dejar nunca de serlo, porque
siempre va a encontrar el motivo que lo inspire. Y que no
se materialice en este mundo materialista porque hay cosas
que valen mucho, pero mucho más vale el espíritu y el
pensamiento. Que no se deje ensuciar por las mezquindades
de una sociedad que no sabe dónde está parada. Lo
importante es ser uno".
Eva y
el voto femenino
"Yo
estaba aún estudiando en la Escuela Normal cuando Evita
empezó a luchar por el voto femenino, en 1947.
Comentándose que iban a aprobar el proyecto, me interesé
por el tema y le dije al profesor Monjardín que quería más
información. A los pocos días me acercó bibliografía, y
como me gustaba el tema y todo lo que significaba me
propuse dar una charla en el Club Artesanos, que estaba en
la calle San Martín. Me preparé y di la charla, pero tengo
una anécdota que siempre cuento. Porque el día anterior a
la disertación, camino a la Escuela, escuché a dos
muchachos que conversaban preguntándose quién sería la
corajuda que iba a dar una charla sobre el voto femenino.
Entonces les toqué el hombro y les dije que esa persona
era yo. Y agregué: 'Ustedes piensen como quieran,
perfecto, pero vayan, escuchen y después me dicen".
La
charla, recuerda Dulce, fue un éxito y la repitió en la
Biblioteca Ameghino. Pero el tema no terminó ahí. Un señor
Fernández, que la estimaba mucho y estuvo en el encuentro,
luego de felicitarla le expresó que cuando viera a Evita,
a quien conocía, le contaría de su disertación.
Y un día
Eva vino a Luján. "Estaba en un palco en la plaza
Belgrano. No te puedo decir lo hermosa que era, el cutis,
su sonrisa, era perfecta. Estaba con una capelina grande.
Yo estaba un poco apabullada, junto a Fernández. Y en un
momento Eva dijo: '¿Quién es la mocosa que está dando
clases del voto femenino?'. Entonces él se acercó y le
dijo: 'Ésta es la mocosa que habló'. En ese momento no
sabía adónde meterme. Ella se acercó y me saludó. Y esa
imagen es la que no puedo borrar de mi memoria"
El tema
del voto, reconoce, la acercó al peronismo, llegando a
leer todo lo que era la doctrina. Y sigue embanderada
hasta el presente. "Fue un gran partido, original, creado
con amor y pasión, y con proyectos que vi, porque yo no
hablo de lo que podían hacer. Yo vi la obra de Eva Perón.
El peronismo fue el mayor de los enamoramientos que tuve y
sigo teniendo".
Evocación de sus maestros
"Fui una
privilegiada. Tuve de profesora a la doctora Lobato Mulle.
Cuando me descubrió, el segundo día de clase, comenzó su
gran apoyo a mi labor como poeta. Estábamos en el salón y
entró ella, alta, delgada, y se presentó. Dijo: ‘Buenos
días, soy Lobato Mulle, la profesora de literatura. Saquen
una hoja’. Todos se miraron y me puse a escribir. A los
dos días trajo las hojas calificadas y comenzó a
entregarlas. A mí no me nombraba y la escuchaba decir:
‘Esto es un desastre, usted no tiene noción de ortografía,
no sé que voy a hacer; creo que se van a tener que poner
muy firmes, la mayoría no sabe redactar'. Y a mi no me
nombraba. Por fin dijo: ‘¿Quién es Dulce Pereyra?’. Y yo,
con un susto, me presenté. ‘Venga -me dijo- usted va a ir
día por medio a mi casa a buscar libros para leer. Y va a
leer y escribir porque usted tiene fibra poética’. Te lo
juro por mi madre -reveló. Y me entró. Yo iba dos veces
por semana a buscar libros y los tenía que leer. Ella fue
mi gran apoyo cultural porque fueron años los que estuve
junto a ella. Después también tuve excelentes profesores
como Federico Monjardín que me ayudó mucho y veía que yo
quería más cosas, que me gustaba y ni te cuento su señora,
María Adela Luchetti de Monjardín, toda ternura
personificada. Fueron todos regalos de la vida".
A modo de
síntesis de aquel tiempo, sentenció: “El ejemplo de los
docentes es muy importante, fueron formadores y seres
privilegiados que te incentivaban. Y yo tuve la riqueza de
todos ellos".
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