Miércoles 23 de Enero de 2008 - Edición 7349 - Edición digital: 0649

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Cultura

Dulce Margarita Pereyra de Degregorio

Recuerdos de vida


RECUERDOS: junto a EL CIVISMO, la poetisa y docente repasó muchos sucesos del pasado, anécdotas y recuerdos que la volvieron una mujer muy feliz.

Dueña de una obra lírica que nació de su apasionada y comprometida visión de figuras, sucesos o lugares, evoca en esta nota días pasados y personalidades emblemáticas que la marcaron.

Muchas de sus poesías se han convertido en caballito de batalla de recitadores locales. De ahí que su nombre esté mayormente incluido en uno u otro acto cultural, publicación o revista.

Ella lo sabe, agradece y sonríe ante el comentario del periodista.

Desde hace algunos meses vive con la familia de su hijo tras la desaparición de su esposo. Y aunque el nombre de Arturo -su compañero de años- se cuele durante la charla en uno u otro momento, se muestra repuesta y con ánimo, al punto de retomar proyectos pendientes y la escritura.

"Siempre me gustó escribir", confió a modo de presentación; desde chica, se apura a agregar, con el apoyo de sus primeras maestras, en la localidad de Rivadavia, Mendoza,

Pero la vocación de la poesía le vino de su padre, cuenta, porque le recitaba poemas gauchescos de muy chiquita y sentada en la falda. "De él aprendí mucho, porque todo se hereda. Y él estaba contento de que me gustara escribir".

Sostiene con orgullo que siempre fue buena alumna, estudiosa, no traga libros. "Tenía disciplina porque viví en una casa con mucha disciplina". Y recuerda una sentencia de su padre: 'Mire mi hijita, usted estudie, recíbase, porque todo lo que pueda aprender nadie se lo va a embargar. Usted puede tener una casa y se la pueden embargar, pero lo que tiene adentro, nadie’. Y me quedó”.

El destino quiso que aún pequeña y con la escuela primaria finalizada su familia se trasladase a Sucre, dado que su padre, jefe de estación, deseaba trabajar en la provincia de Buenos Aires. Y allí se instaló Dulce, su hermano y sus padres. Pero algo impensado pasó: una conversación de la familia con una docente le deparó a Dulce la ocasión de continuar los estudios en Luján.

Ya en la ciudad se alojó en una pensión y se preparó para ingresar a la Escuela Normal, donde en el examen de ingreso ante más de cien postulantes, salió en segundo lugar. Al jubilarse su padre, toda la familia dejó Sucre y se instaló en Luján.

En la ciudad

Cuenta que los primeros años de estudio en Luján le permitieron ratificar su gusto por la escritura y marcaron su juventud.

"Me acuerdo que un día el director de la Escuela Normal me dijo que le gustaría que hablara en un acto. Después de la sorpresa, le pregunté si podía hablar sin leer. Y me respondió que sí. Llegado el día del acto, me mandé un discurso bien elaborado -evoca con una sonrisa. Creo que desde ahí empecé a tener el reconocimiento de la gente".

Después de esa experiencia no paró de escribir, porque los mismos compañeros y otros le comenzaron a pedir otros trabajos y colaboraciones.

El tiempo de la escuela la devuelve a otros años. Desfilan por su memoria, nombres, anécdotas, y sólo atina a resumir que fue muy feliz.

Con el título de docente hizo capacitación directiva, se perfeccionó en institutos superiores, ejerció distintas cátedras y fue directora en varios colegios. Pero primero fue unos cuantos años al campo donde pagó derecho de piso.

"Yo me enamoro de las cosas, y como me enamoré de Luján también lo hice de Carlos Keen, de su gente, de los chicos que llegaban a caballo. No me quería venir. Había que ir en mateo porque después que me vine hicieron el camino. Sucedió que ejerciendo la docencia en la Escuela N° 12 me enteré de que había vacantes en esa escuela de Carlos Keen; entonces me presenté, volví como directora y estuve casi 20 años. Cuando regresé seguí vinculada a la docencia, y sin querer, sin mayores nociones, ingresé en la política. Me llevó mucho tiempo e hice la experiencia porque las circunstancias se presentaron. Me vinieron a ver y fui con la mejor intención. Pero sólo fui consejera escolar, no tuve cargos. Siempre fui peronista, no oportunista, y tengo amigos de todos los colores. En mi vida me defendí con mi trayectoria y mi pensamiento", valoró.

Su obra poética

“Soy una enamorada de Luján y de mi país, de ahí que empecé a escribir poesías relacionadas con temas que nos interesaban como argentinos. Siempre expresé lo que pensaba. Tengo muchos trabajos poéticos y cada uno surgió naturalmente" acotó, como cuando se enteró de la muerte de Eva y, camino a su casa llorando, delineó mentalmente los versos; al llegar ya tenía la poesía. "Yo nunca le canté en vida a Eva. Y esa poesía fue mi homenaje a una mujer cuya obra dignificó a las personas".

Cuenta con satisfacción la difusión que muchas de sus poesías tuvieron en instituciones y en uno u otro punto del país.

Interrogada acerca de qué le quedaba pendiente en materia de poesía, respondió que era la publicación de dos libros que reúnen el material elaborado durante años, un proyecto que debió archivar por la muerte de su esposo. "Muchos años antes tenía idea de publicar "Abanico de palabras", pero tampoco salió a la luz por esas cosas de la vida, aunque mis poesías siempre se han publicado en distintos medios y a todos les tengo que agradecer".

Para concluir la entrevista le preguntamos qué mensaje le daría a un joven poeta. Y ésta fue su respuesta.

"Si en realidad es poeta no puede dejar nunca de serlo, porque siempre va a encontrar el motivo que lo inspire. Y que no se materialice en este mundo materialista porque hay cosas que valen mucho, pero mucho más vale el espíritu y el pensamiento. Que no se deje ensuciar por las mezquindades de una sociedad que no sabe dónde está parada. Lo importante es ser uno".

 

Eva y el voto femenino

"Yo estaba aún estudiando en la Escuela Normal cuando Evita empezó a luchar por el voto femenino, en 1947. Comentándose que iban a aprobar el proyecto, me interesé por el tema y le dije al profesor Monjardín que quería más información. A los pocos días me acercó bibliografía, y como me gustaba el tema y todo lo que significaba me propuse dar una charla en el Club Artesanos, que estaba en la calle San Martín. Me preparé y di la charla, pero tengo una anécdota que siempre cuento. Porque el día anterior a la disertación, camino a la Escuela, escuché a dos muchachos que conversaban preguntándose quién sería la corajuda que iba a dar una charla sobre el voto femenino. Entonces les toqué el hombro y les dije que esa persona era yo. Y agregué: 'Ustedes piensen como quieran, perfecto, pero vayan, escuchen y después me dicen".

La charla, recuerda Dulce, fue un éxito y la repitió en la Biblioteca Ameghino. Pero el tema no terminó ahí. Un señor Fernández, que la estimaba mucho y estuvo en el encuentro, luego de felicitarla le expresó que cuando viera a Evita, a quien conocía, le contaría de su disertación.

Y un día Eva vino a Luján. "Estaba en un palco en la plaza Belgrano. No te puedo decir lo hermosa que era, el cutis, su sonrisa, era perfecta. Estaba con una capelina grande. Yo estaba un poco apabullada, junto a Fernández. Y en un momento Eva dijo: '¿Quién es la mocosa que está dando clases del voto femenino?'. Entonces él se acercó y le dijo: 'Ésta es la mocosa que habló'. En ese momento no sabía adónde meterme. Ella se acercó y me saludó. Y esa imagen es la que no puedo borrar de mi memoria"

El tema del voto, reconoce, la acercó al peronismo, llegando a leer todo lo que era la doctrina. Y sigue embanderada hasta el presente. "Fue un gran partido, original, creado con amor y pasión, y con proyectos que vi, porque yo no hablo de lo que podían hacer. Yo vi la obra de Eva Perón. El peronismo fue el mayor de los enamoramientos que tuve y sigo teniendo".

 

Evocación de sus maestros

"Fui una privilegiada. Tuve de profesora a la doctora Lobato Mulle. Cuando me descubrió, el segundo día de clase, comenzó su gran apoyo a mi labor como poeta. Estábamos en el salón y entró ella, alta, delgada, y se presentó. Dijo: ‘Buenos días, soy Lobato Mulle, la profesora de literatura. Saquen una hoja’. Todos se miraron y me puse a escribir. A los dos días trajo las hojas calificadas y comenzó a entregarlas. A mí no me nombraba y la escuchaba decir: ‘Esto es un desastre, usted no tiene noción de ortografía, no sé que voy a hacer; creo que se van a tener que poner muy firmes, la mayoría no sabe redactar'. Y a mi no me nombraba. Por fin dijo: ‘¿Quién es Dulce Pereyra?’. Y yo, con un susto, me presenté. ‘Venga -me dijo- usted va a ir día por medio a mi casa a buscar libros para leer. Y va a leer y escribir porque usted tiene fibra poética’. Te lo juro por mi madre -reveló. Y me entró. Yo iba dos veces por semana a buscar libros y los tenía que leer. Ella fue mi gran apoyo cultural porque fueron años los que estuve junto a ella. Después también tuve excelentes profesores como Federico Monjardín que me ayudó mucho y veía que yo quería más cosas, que me gustaba y ni te cuento su señora, María Adela Luchetti de Monjardín, toda ternura personificada. Fueron todos regalos de la vida".

A modo de síntesis de aquel tiempo, sentenció: “El ejemplo de los docentes es muy importante, fueron formadores y seres privilegiados que te incentivaban. Y yo tuve la riqueza de todos ellos".

 

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