|
Paredes de
cristal
Escribe Ana
Muñoz-Periodista - ccs@solidarios.org.es
Cámaras
en las calles, restaurantes, tiendas, bancos o
aeropuertos, teléfonos móviles con GPS (Global Position
System), etc., cuidan de “nuestra seguridad”. Es el mundo
del siglo XXI con un ojo que todo lo ve. Al más puro
estilo georwelliano. La era del “Gran Hermano” ha llegado.
Ya nunca
más podremos andar por las calles sin que nadie nos mire,
cientos de cámaras de videovigilancia nos observan. Saben
dónde compramos, cuántas cervezas pedimos en un bar, qué
tiendas son nuestras preferidas o si salimos de nuestro
país. Cientos de cámaras se encuentran alertas en nuestras
ciudades. Las últimas en llegar a esta moda, son las
empresas privadas. En Madrid, por ejemplo, Assistant Card
graba todo lo que ocurre dentro de sus instalaciones. Si
fuma cuando nadie le ve, si se entretiene con llamadas a
familiares o las veces que se levanta para ir al aseo.
Cada vez son más los lugares donde nuestra imagen se queda
grabada. Y lo peor es que estas imágenes acaban, a veces,
expuestas en Internet.
La red de
redes que ayuda a salvar las distancias y gracias a la
cual millones de personas comparten datos e información,
también tiene sus efectos perniciosos. Existen miles de
páginas que cuelgan videos o imágenes en vivo de webcams.
Es la pérdida de nuestra intimidad como individuos. En
muchos casos, lo que fue grabado por seguridad acaba
siendo un modo de satisfacer la curiosidad y el “voyeurismo”.
Lo que
para unos es cuestión de seguridad, para otros es una
pérdida de nuestras libertades. Y lo peor, como asegura el
director de la Agencia para la Protección de Datos
española, es que “somos los propios ciudadanos los que
estamos dispuestos a convertirnos en nuestro Gran
Hermano”.
Las leyes
que controlan la protección de datos, de la imagen o que
regulan a estas empresas de videovigilancia están aún en
pañales. Pocos países cuentan con ellas y, en la mayoría,
son inexistentes. De ahí que, por ejemplo, en China, se
esté poniendo en marcha un proyecto piloto de “vigilancia
total” sobre los ciudadanos. Los doce millones de
habitantes de la ciudad de Zhenzhen serán controlados con
más de 220.000 cámaras repartidas por toda la ciudad, que
podrán revelar la identidad y hasta las enfermedades de la
persona observada. Las autoridades chinas explican que es
un método para zanjar los problemas de delincuencia y para
adaptarse a una población joven habituada a las nuevas
tecnologías.
Organizaciones de Derechos Humanos como Human Rights
advierte del peligro que esto supone ya que “China carece
de un sistema judicial independiente que pueda mantener el
equilibrio entre el mantenimiento del orden público y la
protección de individuos”.
En
Estados Unidos, la “psicosis” por la seguridad tras los
atentados del World Trade Center en 2001 ha llevado a
endurecer las medidas de seguridad de sus fronteras, sobre
todo, para los extranjeros. Una de las últimas es que,
para este año, todos los extranjeros que quieran entrar en
suelo estadounidense deberán dejar sus 10 huellas
dactilares registradas. También están probando el
funcionamiento de las primeras bases de datos con
registros sobre el iris de las personas.
La
pérdida de libertades por seguridad está también llegando
al ámbito más privado y familiar. Tampoco podemos
perdernos un fin de semana para “desconectar” de nuestra
vida diaria o simplemente alejarnos del “bip bip” de
nuestro celular. El móvil, que en los años 90 nos parecía
un aparato para yuppies, es hoy fundamental para nuestra
vida diaria. Para saber dónde están nuestros hijos, para
quedar con los amigos, para nuestro trabajo... Cada minuto
de vida, controlados por aparatos electrónicos que
localizan nuestros movimientos.
Una vida
transparente en un mundo con paredes de cristal.
|