Miércoles 30 de Enero de 2008 - Edición 7351 - Edición digital: 0651

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Paredes de cristal

Escribe Ana Muñoz-Periodista - ccs@solidarios.org.es

Cámaras en las calles, restaurantes, tiendas, bancos o aeropuertos, teléfonos móviles con GPS (Global Position System), etc., cuidan de “nuestra seguridad”. Es el mundo del siglo XXI con un ojo que todo lo ve. Al más puro estilo georwelliano. La era del “Gran Hermano” ha llegado.

Ya nunca más podremos andar por las calles sin que nadie nos mire, cientos de cámaras de videovigilancia nos observan. Saben dónde compramos, cuántas cervezas pedimos en un bar, qué tiendas son nuestras preferidas o si salimos de nuestro país. Cientos de cámaras se encuentran alertas en nuestras ciudades. Las últimas en llegar a esta moda, son las empresas privadas. En Madrid, por ejemplo, Assistant Card graba todo lo que ocurre dentro de sus instalaciones. Si fuma cuando nadie le ve, si se entretiene con llamadas a familiares o las veces que se levanta para ir al aseo. Cada vez son más los lugares donde nuestra imagen se queda grabada. Y lo peor es que estas imágenes acaban, a veces, expuestas en Internet.

La red de redes que ayuda a salvar las distancias y gracias a la cual millones de personas comparten datos e información, también tiene sus efectos perniciosos. Existen miles de páginas que cuelgan videos o imágenes en vivo de webcams. Es la pérdida de nuestra intimidad como individuos. En muchos casos, lo que fue grabado por seguridad acaba siendo un modo de satisfacer la curiosidad y el “voyeurismo”.

Lo que para unos es cuestión de seguridad, para otros es una pérdida de nuestras libertades. Y lo peor, como asegura el director de la Agencia para la Protección de Datos española, es que “somos los propios ciudadanos los que estamos dispuestos a convertirnos en nuestro Gran Hermano”.

Las leyes que controlan la protección de datos, de la imagen o que regulan a estas empresas de videovigilancia están aún en pañales. Pocos países cuentan con ellas y, en la mayoría, son inexistentes. De ahí que, por ejemplo, en China, se esté poniendo en marcha un proyecto piloto de “vigilancia total” sobre los ciudadanos. Los doce millones de habitantes de la ciudad de Zhenzhen serán controlados con más de 220.000 cámaras repartidas por toda la ciudad, que podrán revelar la identidad y hasta las enfermedades de la persona observada. Las autoridades chinas explican que es un método para zanjar los problemas de delincuencia y para adaptarse a una población joven habituada a las nuevas tecnologías.

Organizaciones de Derechos Humanos como Human Rights advierte del peligro que esto supone ya que “China carece de un sistema judicial independiente que pueda mantener el equilibrio entre el mantenimiento del orden público y la protección de individuos”.

En Estados Unidos, la “psicosis” por la seguridad tras los atentados del World Trade Center en 2001 ha llevado a endurecer las medidas de seguridad de sus fronteras, sobre todo, para los extranjeros. Una de las últimas es que, para este año, todos los extranjeros que quieran entrar en suelo estadounidense deberán dejar sus 10 huellas dactilares registradas. También están probando el funcionamiento de las primeras bases de datos con registros sobre el iris de las personas.

La pérdida de libertades por seguridad está también llegando al ámbito más privado y familiar. Tampoco podemos perdernos un fin de semana para “desconectar” de nuestra vida diaria o simplemente alejarnos del “bip bip” de nuestro celular. El móvil, que en los años 90 nos parecía un aparato para yuppies, es hoy fundamental para nuestra vida diaria. Para saber dónde están nuestros hijos, para quedar con los amigos, para nuestro trabajo... Cada minuto de vida, controlados por aparatos electrónicos que localizan nuestros movimientos.

Una vida transparente en un mundo con paredes de cristal.

 

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