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El
menosprecio hacia la política
Un pacto
de Olivos volvió a las tapas de los grandes medios de
prensa. En este caso, el apretón de manos a espaldas del
pueblo no fue con argumentos vinculados con el
sostenimiento de la democracia, sino que se trató de una
repartija partidaria, si se lo mira desde una vereda, o de
una conquista más en el afán por conseguir la hegemonía en
el poder, si se busca otra visión posible.
A escasos
meses de enfrentar en elecciones al gobierno nacional, con
críticas de su “política de la avestruz” ante los
problemas, sus dibujados números del INDEC, su manera de
enfrentar la crisis energética, su política de control de
precios y su relación con el presidente venezolano Hugo
Chávez, entre otras diferencias, el ex candidato a
presidente por UNA (Una Nación Avanzada), Roberto Lavagna,
pactó con el ex presidente de la Nación, Néstor Kirchner,
sumarse a su proyecto de reorganización del Partido
Justicialista, ni más ni menos que la maquinaria electoral
que llevó a Kirchner y más tarde a su esposa a la
Presidencia de la Argentina.
Lavagna,
suelto de cuerpo, intenta explicar lo evidente. Según él,
su propuesta jamás fue opositora, sino que “era una
alternativa”. Hoy, con la foto del pacto, más de 3
millones de argentinos que le aportaron su voto a la
“alternativa” Lavagna se sienten defraudados. Muchos se
pellizcan para confirmar si es verdad que, una vez más, un
político en campaña los engañó con su discurso.
Uno de
los caminos posibles para entender las acciones de los
políticos que tienen, en mayor o menor medida, alguna
cuota de poder, es analizando las razones concretas para
las cuales quieren acceder a posiciones públicas.
Para
ello, el primer ejercicio necesario es el de evadir sus
explicaciones sobre las razones que ellos dicen sostener
al meterse de lleno en la política. En la gran mayoría de
los casos -no diremos en todos porque es feo generalizar-
dirán que quieren llegar al poder para mejorar la calidad
de vida de todos los ciudadanos. En razón de verdad, no
mienten; en todo caso, dicen la verdad con matices. Porque
personajes como Lavagna o Borocotó (para citar los
ejemplos más a mano) quieren meterse en política y, una
vez dentro, en realidad lo que quieren es mejorar su
calidad de vida. Y como ellos forman parte de todos los
ciudadanos, no están mintiendo.
Los
políticos que “se meten” en las grandes ligas de la
política y durante décadas sostienen una ideología, más
allá de las conveniencias personales y circunstanciales,
se transformaron en una especie en extinción. Si se
responde a esas características, sus colegas de la
política lo miran con cara extraña.
De hecho,
el menosprecio hacia la política como la manera de
modificar las realidades adversas de los ciudadanos se
transformó en moneda cotidiana. Tanto que en las últimas
elecciones, ciertos candidatos -incluso los locales-
planteaban a sus potenciales votantes que su propuesta no
tenía ideología. De esa manera, sin nada a qué atarse, es
mucho más fácil pegar saltos partidarios en el futuro. ¿Y
los votantes? Si te he prometido, no me acuerdo. |