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Perros
piadosos
Que el
perro es el mejor amigo del hombre y que el caballo es el
mejor amigo del gaucho, para mí, no existe la más
mínima duda.
Siempre,
desde chico, siento un gran afecto y admiración por
ambos, aunque los de algunas razas de perros bravos no me
sean particularmente gratos por su peligrosidad,
especialmente cuando andan sueltos.
Pero los
que nos rodean habitualmente son nobles, buenos,
agradecidos, nada rencorosos, conscientes de sus derechos
(no los molestemos cuando están comiendo o cuando
duermen, porque pueden reaccionar) y, en definitiva,
queribles.
Lo que he
podido observar y no recuerdo que lo hayan comentado los
zoólogos, es la piedad religiosa de algunos perros, como
compruebo con cierta frecuencia.
Suelo
concurrir a nuestra Basílica–Santuario Nacional y ahí
observo, con admiración y hasta emocionado, cuántos
perros pasan largo tiempo en actitudes meditativas debajo
de los bancos, a tal punto que parece que duermen,
mientras otros recorren el templo para, seguramente,
encomendarse o elevar sus preces según sus preferencias
devotas.
Y puedo
asegurar que no son pocos, no, son muchos.
Los hay
que rondan, como perros turistas, sin que nadie los
moleste y otros que, como hacen algunos jóvenes, usan la
excusa de pasar a rezar o a participar de alguna
ceremonia, para acercarse al chico o a la chica que les
interesa; aún así, se los observa bastante prudentes.
Claro que
se da algún caso en que el animalito que se echa a
meditar cerca de uno, con estos calores y con la caminata
que le habrá demandado la peregrinación, exhala un
fuerte “olor a perro” que exige, de quien quedó cerca
de él, un verdadero acto penitencial, aunque termine por
cambiar de lugar.
Algunos
días es más numerosa la cantidad, quizás porque se
trate de alguna peregrinación canina especial: 8, 10 o
más, nos acompañan.
¡Qué
lindo que estos animalitos expresen su religiosidad! ¡Son
nuestros mejores amigos! Pero me pregunto cómo sería si
entraran en igual cantidad los caballos, quienes, en
definitiva, son los mejores amigos de nuestros gauchos.
¡La
felicidad que ha de sentir San Francisco de Asís, de ver
tantos animalitos en la Iglesia debe ser inenarrable!
Y... como
reflexión final: ¡qué bueno sería que hubiera personas
que se interesen por dar alojamiento, comida y afecto –adoptar-
a algunos de estos animalitos y tenerlos como mascotas!
Con toda seguridad que retribuirán con creces en
agradecimiento y cariño; así lo vengo experimentando con
dos que me acompañan.
Guillermo
A. Busso
El cambio
trae problemas
Los
argentinos, día a día, convivimos con una gran cantidad
de problemas de muy difícil solución. Hasta hace muy
poco, todavía nos podíamos dar un pequeño gustito:
darle una moneda a un artista callejero o a algún simple
mortal que la precise para dar de comer a su familia.
Cada
mañana, cuando nos disponemos a emprender la marcha hacia
nuestros lugares de trabajo, nos encontramos con un nuevo
inconveniente que debemos sortear: la falta de monedas
para viajar... como si no tuviésemos de qué
preocuparnos. De esta manera, la jornada empieza de una
manera poco feliz.
No hace
falta ser un adulto "hecho y derecho" para
recordar aquellos días donde uno iba al supermercado o a
comer una hamburguesa y un empleado entrenado y con una
sonrisa de oreja a oreja nos daba el cambio, hasta con
monedas de 1 centavo. Hoy, eso es imposible. La
devaluación ya nos desacostumbró a estos pequeños
placeres mundanos, al hacer desaparecer aquellas pequeñas
beldades de cobre y, los grandes acaparadores de este
valioso metal (líneas de transporte), también.
Como lo
demostró una cámara oculta realizada por un canal de
televisión porteño, algunas líneas de colectivo
-subsidiadas por el Estado nacional, con plata de todos
los argentinos– venden las monedas que recaudan por la
deficiente prestación de sus servicios, a cambio de una
pequeña comisión.
Ahora,
¿por qué si debo pagar hoy para utilizar ese servicio,
mañana tengo que comprarles las monedas que yo mismo les
di? Convengamos que, por lo menos, un poco de indignación
me puede dar, por no llamarlo "calentura", como
lo llaman en cualquier esquina de mi barrio. En fin, la
falta de control estatal en beneficio de los ciudadanos
comunes es, paradójicamente, moneda corriente en este
país.
Si
cualquier persona sabe que para conseguir monedas, basta
hacer la cola correspondiente en alguna terminal de
colectivos, ¿por qué las autoridades no hacen nada?
¿Por qué la única solución que nos dan es la emisión
de nuevas monedas? Y no se preocupan para que las que
están acuñadas circulen, como debería ser. Acaso, ¿no
sería políticamente beneficioso acabar con estos grandes
negocios para pocos?
En
Argentina, desgraciadamente, no estamos acostumbrados a
que nuestros representantes nos den todas las respuestas
como debería ser. Así que, no esperemos mucho de ellos
que, evidentemente están impedidos por alguna
discapacidad moral o intelectual, despertemos de una vez
por todas de este largo adormecimiento cívico,
pongámonos los pantalones largos y reclamemos entre
todos, uno a uno, los derechos que nos asisten como
ciudadanos.
Omar
Moreti
cronicasdelponiente@gmail.com |