Miércoles 20 de Febrero de 2008 - Edición 7357 - Edición digital: 0657

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Cartas de Lectores

Perros piadosos

Que el perro es el mejor amigo del hombre y que el caballo es el mejor amigo del gaucho, para mí, no existe la más mínima duda.

Siempre, desde chico, siento un gran afecto y admiración por ambos, aunque los de algunas razas de perros bravos no me sean particularmente gratos por su peligrosidad, especialmente cuando andan sueltos.

Pero los que nos rodean habitualmente son nobles, buenos, agradecidos, nada rencorosos, conscientes de sus derechos (no los molestemos cuando están comiendo o cuando duermen, porque pueden reaccionar) y, en definitiva, queribles.

Lo que he podido observar y no recuerdo que lo hayan comentado los zoólogos, es la piedad religiosa de algunos perros, como compruebo con cierta frecuencia.

Suelo concurrir a nuestra Basílica–Santuario Nacional y ahí observo, con admiración y hasta emocionado, cuántos perros pasan largo tiempo en actitudes meditativas debajo de los bancos, a tal punto que parece que duermen, mientras otros recorren el templo para, seguramente, encomendarse o elevar sus preces según sus preferencias devotas.

Y puedo asegurar que no son pocos, no, son muchos.

Los hay que rondan, como perros turistas, sin que nadie los moleste y otros que, como hacen algunos jóvenes, usan la excusa de pasar a rezar o a participar de alguna ceremonia, para acercarse al chico o a la chica que les interesa; aún así, se los observa bastante prudentes.

Claro que se da algún caso en que el animalito que se echa a meditar cerca de uno, con estos calores y con la caminata que le habrá demandado la peregrinación, exhala un fuerte “olor a perro” que exige, de quien quedó cerca de él, un verdadero acto penitencial, aunque termine por cambiar de lugar.

Algunos días es más numerosa la cantidad, quizás porque se trate de alguna peregrinación canina especial: 8, 10 o más, nos acompañan.

¡Qué lindo que estos animalitos expresen su religiosidad! ¡Son nuestros mejores amigos! Pero me pregunto cómo sería si entraran en igual cantidad los caballos, quienes, en definitiva, son los mejores amigos de nuestros gauchos.

¡La felicidad que ha de sentir San Francisco de Asís, de ver tantos animalitos en la Iglesia debe ser inenarrable!

Y... como reflexión final: ¡qué bueno sería que hubiera personas que se interesen por dar alojamiento, comida y afecto –adoptar- a algunos de estos animalitos y tenerlos como mascotas! Con toda seguridad que retribuirán con creces en agradecimiento y cariño; así lo vengo experimentando con dos que me acompañan.

Guillermo A. Busso


El cambio trae problemas

Los argentinos, día a día, convivimos con una gran cantidad de problemas de muy difícil solución. Hasta hace muy poco, todavía nos podíamos dar un pequeño gustito: darle una moneda a un artista callejero o a algún simple mortal que la precise para dar de comer a su familia.

Cada mañana, cuando nos disponemos a emprender la marcha hacia nuestros lugares de trabajo, nos encontramos con un nuevo inconveniente que debemos sortear: la falta de monedas para viajar... como si no tuviésemos de qué preocuparnos. De esta manera, la jornada empieza de una manera poco feliz.

No hace falta ser un adulto "hecho y derecho" para recordar aquellos días donde uno iba al supermercado o a comer una hamburguesa y un empleado entrenado y con una sonrisa de oreja a oreja nos daba el cambio, hasta con monedas de 1 centavo. Hoy, eso es imposible. La devaluación ya nos desacostumbró a estos pequeños placeres mundanos, al hacer desaparecer aquellas pequeñas beldades de cobre y, los grandes acaparadores de este valioso metal (líneas de transporte), también.

Como lo demostró una cámara oculta realizada por un canal de televisión porteño, algunas líneas de colectivo -subsidiadas por el Estado nacional, con plata de todos los argentinos– venden las monedas que recaudan por la deficiente prestación de sus servicios, a cambio de una pequeña comisión.

Ahora, ¿por qué si debo pagar hoy para utilizar ese servicio, mañana tengo que comprarles las monedas que yo mismo les di? Convengamos que, por lo menos, un poco de indignación me puede dar, por no llamarlo "calentura", como lo llaman en cualquier esquina de mi barrio. En fin, la falta de control estatal en beneficio de los ciudadanos comunes es, paradójicamente, moneda corriente en este país.

Si cualquier persona sabe que para conseguir monedas, basta hacer la cola correspondiente en alguna terminal de colectivos, ¿por qué las autoridades no hacen nada? ¿Por qué la única solución que nos dan es la emisión de nuevas monedas? Y no se preocupan para que las que están acuñadas circulen, como debería ser. Acaso, ¿no sería políticamente beneficioso acabar con estos grandes negocios para pocos?

En Argentina, desgraciadamente, no estamos acostumbrados a que nuestros representantes nos den todas las respuestas como debería ser. Así que, no esperemos mucho de ellos que, evidentemente están impedidos por alguna discapacidad moral o intelectual, despertemos de una vez por todas de este largo adormecimiento cívico, pongámonos los pantalones largos y reclamemos entre todos, uno a uno, los derechos que nos asisten como ciudadanos.

Omar Moreti

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