Miércoles 27 de Febrero de 2008 - Edición 7359 - Edición digital: 0659

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Cartas de Lectores

Ceguera y puntapiés

Parecería que no quedan, ya, muchas luchas que nos involucren a todos. La bandera posmoderna de la tolerancia es otra manera de decir que a cada uno no le queda otra que convivir con las extrañas y un poco molestas aspiraciones de los demás, que cada uno va por su carril y lo máximo a que puede aspirar es a no chocar a los otros y a que los otros no lo choquen. Salvo lo trivial -el espectáculo, el deporte, cosas que no le cambian realmente la vida a nadie- pocas causas hay que nos unan en un frente común. Y las pocas que lo logran son blanco fácil de aquella afirmación de que no nos une el amor sino el espanto.

En efecto, las únicas causas que nos implican a todos, o al menos a una mayoría significativa, son las del miedo. No hay mérito alguno en que todos nos unamos para combatir el agujero en la capa de ozono, el calentamiento global o el sida; se trata de una simple cuestión de supervivencia. De hecho, no es halagador para nuestra especie el que nos tomemos tanto tiempo para decidirnos a enfrentar estos problemas tan urgentes.  

Precisamente en diciembre se celebró el día mundial de la lucha contra el sida. Como cada año, se realizaron actos que intentaban concienciar acerca de la necesidad de combatir esta afección de maneras impactantes y originales. Como cada año, se difundieron cifras actualizadas que dan una dimensión del problema, pero que a fuerza de ser repetidas tal vez nos han anestesiado.

Decir que diariamente mueren unas 5.700 personas por este síndrome o que unas 6.800 se infectan cada día es abstracto y suena casi a poco; tal vez lo veamos mejor si recordamos que no hay un solo africano, de la edad que sea, que no tenga un pariente o amigo enfermo de sida. La muerte de un décimo de continente a mediano plazo no es algo que dé lugar a demasiados remilgos.

Y aun así... es África, está lejos.

Nuestra ceguera acerca de la terrible situación en África no es diferente de la que hemos manifestado o manifestamos respecto de otros problemas, como los ambientales apuntados más arriba. Necesitamos que nos pateen fuerte, demasiado fuerte, para empezar a pensar y, luego, para empezar a hacer.

No es que no haya habido avances, ciertamente; las autoridades, en la Argentina y el resto del mundo, se han puesto más o menos en movimiento, con diversos grados de compromiso y de éxito, y los especialistas advierten signos levemente alentadores: en nuestro país, por ejemplo, el contagio de sida viene disminuyendo desde hace varios años. No es poco, pero hace falta mantener y aun acelerar el impulso: estamos patéticamente lejos de contener el mal, ni hablar de erradicarlo.

La batalla contra el sida no es una que estemos ganando, pero ya podemos sacar de ella algunas conclusiones alentadoras. La principal: podemos hacer casi cualquier cosa si realmente nos dedicamos a trabajar juntos para lograrlo. Esto parece una frase sacada de un manual barato de autoayuda, pero realmente se trata de eso y de nada más.

Los científicos están haciendo su parte, buscando drogas que permitan mejorar la vida de los infectados a la vez que intentan dar también con la vacuna que pueda revertir la enfermedad. Nosotros, la gente de a pie, tenemos que hacer todo el resto: deshacernos simultáneamente del prejuicio y del desprejuicio, no discriminar a los afectados pero tampoco dejar que se multipliquen.

Como tantas cosas, es difícil pero necesario.

 

Sebastián Lalaurette

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