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Ceguera y
puntapiés
Parecería
que no quedan, ya, muchas luchas que nos involucren a
todos. La bandera posmoderna de la tolerancia es otra
manera de decir que a cada uno no le queda otra que
convivir con las extrañas y un poco molestas aspiraciones
de los demás, que cada uno va por su carril y lo máximo
a que puede aspirar es a no chocar a los otros y a que los
otros no lo choquen. Salvo lo trivial -el espectáculo, el
deporte, cosas que no le cambian realmente la vida a
nadie- pocas causas hay que nos unan en un frente común.
Y las pocas que lo logran son blanco fácil de aquella
afirmación de que no nos une el amor sino el espanto.
En
efecto, las únicas causas que nos implican a todos, o al
menos a una mayoría significativa, son las del miedo. No
hay mérito alguno en que todos nos unamos para combatir
el agujero en la capa de ozono, el calentamiento global o
el sida; se trata de una simple cuestión de
supervivencia. De hecho, no es halagador para nuestra
especie el que nos tomemos tanto tiempo para decidirnos a
enfrentar estos problemas tan urgentes.
Precisamente
en diciembre se celebró el día mundial de la lucha
contra el sida. Como cada año, se realizaron actos que
intentaban concienciar acerca de la necesidad de combatir
esta afección de maneras impactantes y originales. Como
cada año, se difundieron cifras actualizadas que dan una
dimensión del problema, pero que a fuerza de ser
repetidas tal vez nos han anestesiado.
Decir que
diariamente mueren unas 5.700 personas por este síndrome
o que unas 6.800 se infectan cada día es abstracto y
suena casi a poco; tal vez lo veamos mejor si recordamos
que no hay un solo africano, de la edad que sea, que no
tenga un pariente o amigo enfermo de sida. La muerte de un
décimo de continente a mediano plazo no es algo que dé
lugar a demasiados remilgos.
Y aun
así... es África, está lejos.
Nuestra
ceguera acerca de la terrible situación en África no es
diferente de la que hemos manifestado o manifestamos
respecto de otros problemas, como los ambientales
apuntados más arriba. Necesitamos que nos pateen fuerte,
demasiado fuerte, para empezar a pensar y, luego, para
empezar a hacer.
No es que
no haya habido avances, ciertamente; las autoridades, en
la Argentina y el resto del mundo, se han puesto más o
menos en movimiento, con diversos grados de compromiso y
de éxito, y los especialistas advierten signos levemente
alentadores: en nuestro país, por ejemplo, el contagio de
sida viene disminuyendo desde hace varios años. No es
poco, pero hace falta mantener y aun acelerar el impulso:
estamos patéticamente lejos de contener el mal, ni hablar
de erradicarlo.
La
batalla contra el sida no es una que estemos ganando, pero
ya podemos sacar de ella algunas conclusiones alentadoras.
La principal: podemos hacer casi cualquier cosa si
realmente nos dedicamos a trabajar juntos para lograrlo.
Esto parece una frase sacada de un manual barato de
autoayuda, pero realmente se trata de eso y de nada más.
Los
científicos están haciendo su parte, buscando drogas que
permitan mejorar la vida de los infectados a la vez que
intentan dar también con la vacuna que pueda revertir la
enfermedad. Nosotros, la gente de a pie, tenemos que hacer
todo el resto: deshacernos simultáneamente del prejuicio
y del desprejuicio, no discriminar a los afectados pero
tampoco dejar que se multipliquen.
Como
tantas cosas, es difícil pero necesario.
Sebastián
Lalaurette
Agencia
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