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Ejemplo de
madurez democrática
Si es
cierto que la envidia puede ser sana, eso era lo que
provocaba, el lunes por la noche, observar en diferentes
canales de televisión a dos candidatos a la presidencia
de un país debatir sobre sus propuestas de campaña.
Después de 15 años de negar esa posibilidad a los
ciudadanos, los postulantes a la Presidencia de España, José
Luis Zapatero y Mariano Rajoy, se sentaron frente a frente
-con la sola compañía de un moderador- a intercambiar
opiniones sobre lo que hizo o hará uno u otro en caso de
llegar al cargo máximo de esa nación europea.
El
socialista Zapatero y el candidato del Partido Popular
debatieron con vehemencia, con entusiasmo, con datos y
gráficos especialmente preparados para la ocasión, con
inteligencia y con apenas un par de interrupciones entre
ellos. También respetaron, a rajatablas, el orden y el
tiempo establecido para cada una de las exposiciones y los
tres minutos finales destinados a hilvanar una conclusión
dirigida a los potenciales votantes.
Sin
interferencias ni ruidos en la comunicación, millones de
españoles y espectadores fortuitos –como quien le da
forma a estos párrafos- tuvieron la oportunidad de mirar
a los candidatos y escuchar sus propuestas o posturas.
El minuto
siguiente a la finalización del debate es harina de otro
costal. Los medios de prensa de España y del mundo se
abocaron a resumir lo que consideraron los pasajes más
relevantes, buscaron el título más adecuado para la
crónica y, de acuerdo al modo de entender y trasmitir su
información, hablaron de una victoria de Zapatero o de
Rajoy. Nada de ello perturbó la atención de millones de
ciudadanos que deberán elegir a su presidente.
A los
candidatos seguramente les interesará, pero a los fines
democráticos poco importa saber quién ganó o perdió el
cruce verbal. Lo importante, lo destacable, lo que es
digno de copiar y genera sana envidia es el respeto por la
herramienta del debate como una manera de transitar la
campaña electoral; como un modo de manejarse en
democracia.
En
Argentina, los últimos candidatos a ocupar la Presidencia
vienen negando esa posibilidad de modo sistemático. A lo
más alto que se ha llegado a la hora de debatir
públicamente ha sido a legislador nacional o jefe de
Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.
Luján
tuvo algún ejemplo destacable allá por 1999, cuando
quienes se perfilaban como los candidatos más firmes para
quedarse con la Intendencia, Miguel Prince y Juan Carlos
Juárez, aceptaron debatir y responder preguntas ante
alumnos de un colegio secundario.
Hoy no
abundan los ejemplos locales –quien ganó las últimas
elecciones en Luján no participó ni siquiera de un foro
de ideas- y menos los nacionales. La presidenta de la
Nación no sólo se negó a un debate con sus
contrincantes, sino que transitó su campaña y transita
su gestión sin realizar conferencias de prensa, una maña
copiada de su esposo. El diálogo de las autoridades con
los ciudadanos, a través de los medios, no existe. En
todo caso, sólo excepciones muy bien orquestadas.
Por ello,
para los argentinos, pensar en un debate franco entre
candidatos a la presidencia es sólo una ilusión. Es algo
que sólo podemos verlo por televisión, con protagonistas
extranjeros. |