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En busca del porqué de
nuestra decadencia
“Gobernar significa
rectificar” (Confucio, 551-478 a.J.C.)
Escribe: Profesor
Oscar Darío Guazzaroni
Desde hace tiempo el
mundo se pregunta por las razones del retroceso que se
viene produciendo en el país. Como todo asunto
enigmático y opinable, ha sido abordado en varias
direcciones. Creo que aportaría respuestas, parciales
aunque elocuentes, descubrir algunas trazas negativas de
nuestros gobiernos nacionales que se han reiterado en el
tiempo. Acudo para ello en parte a la historia, pero sobre
todo a mi memoria y experiencia como lector crítico de la
realidad política.
Dividiré la búsqueda en
dos grandes etapas separadas por el año 1930. Me ocuparé
más por extenso de la segunda. La nota que de todos los
gobiernos tomo razón es que aparecen con frecuencia
discontinuados por procesos de “construcción” y “desconstrucción”
en cadena, como consecuencia de la lucha por imponer ideas
efímeras y fragmentarias sobre el país y su destino.
El siglo IXX es un
notorio ejemplo de este dramático fenómeno. Desde la
Revolución de Mayo hasta la caída de Rosas, la
controversia interminable entre unitarios y federales se
dirimió, sin soluciones definitivas, en los campos de
batalla, en ese inicuo juego de oídos sordos y borrón y
cuenta nueva. Ni la heroica guerra de la Independencia
alcanzó para concertar del todo los espíritus y anudar
voluntades. Los pocos hombres que incitaron a superar los
desencuentros fueron demolidos por la discordia. No puede
extrañarnos entonces que este trágico itinerario haya
desembocado en la dictadura de Rosas.
Pero la segunda parte de
la primera etapa nos deparará, a partir de 1853, una
sorpresa mayúscula. Caído Rosas y amortizados Urquiza y
los gobernadores federales, regresarán los exiliados a
Buenos Aires y desde allí harán la unidad formal del
país, como lo había profetizado San Martín con otras
palabras, ”a palos”; pondrán de nuevo en
funcionamiento los engranajes de la inconsideración de lo
anterior y, sobre la base de los principios liberales
antes denostados por muchos, producirán, para asombro del
mundo, una deslumbrante y febril edificación, a todo
trapo, de una “nueva Argentina”, ahora con la ilusión
de su inacabable prosperidad.
Claro que bajo tan lujoso
esplendor quedaron soterrados no pocos relegamientos. Se
necesitó la clarividencia de un hombre del régimen,
Roque Sáenz Peña, y la denodada lucha de Alem e Yrigoyen
en pro del voto universal y secreto para que asomara en
1916 un gobierno de distinto signo que, con sus luces y
sombras, abrió las puertas de la política a las clases
medias. Se hizo menester el triunfo del socialismo en 1904
en la Capital para instalar el tema de la honestidad
política y fortalecer los inicios de la sindicalización
obrera. Fueron las últimas luces fugaces de un período
brillante y contradictorio.
Las características que
vinculan a todos los gobiernos de la segunda etapa son
otras. Los de la primera pelearon por dos ideas distintas
de organización institucional del país en sí mismas
valiosas, y después gestaron el formidable cambio ya
señalado. Los gobiernos de la segunda se han sucedido en
una sombría derrota de equivocaciones multiplicadas que
han hecho descender, como por un siniestro despeñadero,
la calidad de los fines movilizadores de la política,
hasta malgastarlos en el miope objetivo del poder por el
poder. Han hecho el prodigio de liquidar casi por completo
las ganancias del pasado y perfeccionar los defectos. Eso
sí, como siempre sin renunciar a la locuaz retórica del
cambio y las supuestas reformas estructurales.
Esta segunda etapa ha
sido marcada a fuego por la incidencia de cuatro factores
que han condicionado, en distintos momentos, a todos los
gobiernos: la intervención política del poder militar,
la idiosincrasia de los partidos políticos y en especial
del peronismo, la guerra revolucionaria de Montoneros y el
ERP, y las crisis económicas con inflación.
Los militares irrumpieron
quebrando el orden constitucional ante situaciones de
crisis del poder civil, muchas veces con el asentimiento
tácito y el mezquino cálculo electoral de los partidos
opositores. Alentaron la aparición de Perón en 1943, lo
abandonaron en 1955 frente a sus errores y lo
proscribieron erróneamente durante dieciocho años; a
partir de 1976 se sintieron llamados a cambiarlo todo de
raíz, pero la falta de unidad, las ambiciones personales
y la guerra de las Malvinas hicieron trizas esas
pretensiones. El corolario ha sido que hoy no tenemos
fuerzas armadas.
El peronismo es hechura
de su fundador. Ha gobernado el mayor tiempo y
naturalmente conlleva las carencias y virtudes de la
política argentina. Al igual que su mentor, siempre ha
sabido ser receptáculo de ideas de muy diverso origen.
Pero con algunas diferencias. La sagacidad política le
permitió a Perón hacer suyas ideas que habían sido
trabajadas antes por otros sectores y elaborar sobre ellas
una “doctrina nacional” que, coincidamos o no con
ella, produjo algunos logros importantes en el campo de la
justicia social y de los derechos obreros. Eva Perón ha
quedado hasta hoy en la memoria agradecida de muchos
argentinos. El eslogan de “la nueva Argentina” tomó
ribetes definitivos. A Perón lo perdieron en 1955, según
él mismo en parte lo reconoció ya viejo, el exceso de
poder, el culto de la personalidad, la falta de
autocrítica objetiva por el monopolio de la información,
el cercenamiento de la libertad política y de expresión,
el uso de la escuela con fines partidarios y el artificial
conflicto que provocó contra la Iglesia. El abrazo de
reconciliación con Balbín en 1974 llegó tarde. Sus
herederos políticos no han estado jamás a la altura de
la inteligencia del maestro. No han cultivado sus virtudes
sino sus defectos. En aras de un adocenado pragmatismo han
vaciado el depósito ideológico originario dando cabida
en él a las concepciones socio-económicas más
antagónicas, desde el cerrado dirigismo estatal hasta la
apertura indiscriminada de un liberalismo mal concebido y
peor aplicado. La mayoría de sus figuras se van
reciclando según soplan los vientos para responder sin
chistar al mandante de turno.
El radicalismo posterior
a la presidencia de Alvear no ha corrido mejor suerte. Se
le reconocen sus aciertos en beneficio de la democracia y
los derechos humanos, pero sus gobiernos se han tronchado
por sus errores políticos, y en el caso de de la Rúa,
además por la deserción del Frepaso, la crisis
económica y una explosión social con visos de golpe
civil al que parecen no haber sido ajenos el peronismo y
su propio partido. A partir de allí sólo les espera una
lenta y difícil recomposición. Los demás partidos
menores reproducen en pequeño este desdichado batifondo.
El ERP y Montoneros
fueron movimientos que trabajaron sin concesiones la idea
de la “deconstrucción” de todo lo anterior. En la
línea utópica del marxismo, se propusieron “construir”
la “patria socialista”; en la práctica, sus
ideólogos, muchos de ellos preparados en Cuba, impulsaron
a muchos jóvenes a una guerrilla revolucionaria con
procedimientos condenables. La represión clandestina de
la Triple A fue consentida por el gobierno constitucional
en 1974; la militar, primero ordenada por el poder civil y
urgida por la sociedad, se convirtió en ilegal a partir
de 1978 con el secuestro, la tortura y la desaparición de
personas como infamante sistema. Todavía estamos pagando
la deuda de tres cabezas de los años `70.
La economía argentina es
un galimatías inentendible y materia de estudio para los
expertos de todo el mundo. Ha navegado por el turbulento
mar de todas las tendencias. Su peor vástago ha sido la
inflación, un mal empobrecedor y desestabilizante que nos
acostumbró a jugarlo todo al día a día y despreciar el
mediano y el largo plazo.
El deplorable contexto
descripto, que nos viene de lejos, comienza a explicar
mucho de lo que nos preguntábamos. No podía sernos
gratuito. Porque la historia tiene sus crueles e irónicos
cobros. Él explica nuestra incapacidad para descabezar de
una vez y para siempre los problemas estructurales que
siguen en pie y evitar la siniestra sucesión de nuestras
crisis. Él nos dice por qué construir sobre lo
construido es para nosotros un imposible, mientras
desempolvamos a cada rato la maquinaria trituradora de lo
ya hecho.
La situación actual, que
nos duele profundamente, es aciaga secuela de tantos
desatinos. El fraude afinado, el federalismo palabrero, la
República avasallada en la que todo se confunde y se
fractura, el centralismo confrontador, hueco de ideas
trascendentes, la definen. Un poder prepotente y
concentrador de todos los recursos que ignora la
educación, la salud, la seguridad y las necesidades
regionales; un gobierno soberbio y autista que no dialoga
ni consensúa ni se deja aconsejar; un mando bicéfalo que
interfiere todos los movimientos que le son adversos con
el anacrónico aparato político y sindical, la completan.
¿Qué cabe esperar? Los
partidos nuevos son por ahora sólo un auspicioso
proyecto. El fenómeno social del campo y su hasta ahora
sensata y pacífica reivindicación del auténtico
federalismo y las instituciones republicanas, la labor
silenciosa y abnegada de las organizaciones no
gubernamentales y las iglesias, y la entrega de
inteligencia y talento de tantos jóvenes maestros,
intelectuales, artistas y científicos, alientan mi
callada esperanza. Pero para que todo este precioso
esfuerzo fructifique y comience a desandarse el
dolorosísimo camino de nuestra actual decadencia, la
buena política no puede estar ausente. Con Confucio
nuestros políticos deberán aprender que la política es
rectificarse. ¿Será posible?
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