Sábado 5 de Julio de 2008 - Edición 7393 - Edición digital: 0693

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En busca del porqué de nuestra decadencia

“Gobernar significa rectificar” (Confucio, 551-478 a.J.C.)

Escribe: Profesor Oscar Darío Guazzaroni

Desde hace tiempo el mundo se pregunta por las razones del retroceso que se viene produciendo en el país. Como todo asunto enigmático y opinable, ha sido abordado en varias direcciones. Creo que aportaría respuestas, parciales aunque elocuentes, descubrir algunas trazas negativas de nuestros gobiernos nacionales que se han reiterado en el tiempo. Acudo para ello en parte a la historia, pero sobre todo a mi memoria y experiencia como lector crítico de la realidad política.

Dividiré la búsqueda en dos grandes etapas separadas por el año 1930. Me ocuparé más por extenso de la segunda. La nota que de todos los gobiernos tomo razón es que aparecen con frecuencia discontinuados por procesos de “construcción” y “desconstrucción” en cadena, como consecuencia de la lucha por imponer ideas efímeras y fragmentarias sobre el país y su destino.

El siglo IXX es un notorio ejemplo de este dramático fenómeno. Desde la Revolución de Mayo hasta la caída de Rosas, la controversia interminable entre unitarios y federales se dirimió, sin soluciones definitivas, en los campos de batalla, en ese inicuo juego de oídos sordos y borrón y cuenta nueva. Ni la heroica guerra de la Independencia alcanzó para concertar del todo los espíritus y anudar voluntades. Los pocos hombres que incitaron a superar los desencuentros fueron demolidos por la discordia. No puede extrañarnos entonces que este trágico itinerario haya desembocado en la dictadura de Rosas.

Pero la segunda parte de la primera etapa nos deparará, a partir de 1853, una sorpresa mayúscula. Caído Rosas y amortizados Urquiza y los gobernadores federales, regresarán los exiliados a Buenos Aires y desde allí harán la unidad formal del país, como lo había profetizado San Martín con otras palabras, ”a palos”; pondrán de nuevo en funcionamiento los engranajes de la inconsideración de lo anterior y, sobre la base de los principios liberales antes denostados por muchos, producirán, para asombro del mundo, una deslumbrante y febril edificación, a todo trapo, de una “nueva Argentina”, ahora con la ilusión de su inacabable prosperidad.

Claro que bajo tan lujoso esplendor quedaron soterrados no pocos relegamientos. Se necesitó la clarividencia de un hombre del régimen, Roque Sáenz Peña, y la denodada lucha de Alem e Yrigoyen en pro del voto universal y secreto para que asomara en 1916 un gobierno de distinto signo que, con sus luces y sombras, abrió las puertas de la política a las clases medias. Se hizo menester el triunfo del socialismo en 1904 en la Capital para instalar el tema de la honestidad política y fortalecer los inicios de la sindicalización obrera. Fueron las últimas luces fugaces de un período brillante y contradictorio.

Las características que vinculan a todos los gobiernos de la segunda etapa son otras. Los de la primera pelearon por dos ideas distintas de organización institucional del país en sí mismas valiosas, y después gestaron el formidable cambio ya señalado. Los gobiernos de la segunda se han sucedido en una sombría derrota de equivocaciones multiplicadas que han hecho descender, como por un siniestro despeñadero, la calidad de los fines movilizadores de la política, hasta malgastarlos en el miope objetivo del poder por el poder. Han hecho el prodigio de liquidar casi por completo las ganancias del pasado y perfeccionar los defectos. Eso sí, como siempre sin renunciar a la locuaz retórica del cambio y las supuestas reformas estructurales.

Esta segunda etapa ha sido marcada a fuego por la incidencia de cuatro factores que han condicionado, en distintos momentos, a todos los gobiernos: la intervención política del poder militar, la idiosincrasia de los partidos políticos y en especial del peronismo, la guerra revolucionaria de Montoneros y el ERP, y las crisis económicas con inflación.

Los militares irrumpieron quebrando el orden constitucional ante situaciones de crisis del poder civil, muchas veces con el asentimiento tácito y el mezquino cálculo electoral de los partidos opositores. Alentaron la aparición de Perón en 1943, lo abandonaron en 1955 frente a sus errores y lo proscribieron erróneamente durante dieciocho años; a partir de 1976 se sintieron llamados a cambiarlo todo de raíz, pero la falta de unidad, las ambiciones personales y la guerra de las Malvinas hicieron trizas esas pretensiones. El corolario ha sido que hoy no tenemos fuerzas armadas.

El peronismo es hechura de su fundador. Ha gobernado el mayor tiempo y naturalmente conlleva las carencias y virtudes de la política argentina. Al igual que su mentor, siempre ha sabido ser receptáculo de ideas de muy diverso origen. Pero con algunas diferencias. La sagacidad política le permitió a Perón hacer suyas ideas que habían sido trabajadas antes por otros sectores y elaborar sobre ellas una “doctrina nacional” que, coincidamos o no con ella, produjo algunos logros importantes en el campo de la justicia social y de los derechos obreros. Eva Perón ha quedado hasta hoy en la memoria agradecida de muchos argentinos. El eslogan de “la nueva Argentina” tomó ribetes definitivos. A Perón lo perdieron en 1955, según él mismo en parte lo reconoció ya viejo, el exceso de poder, el culto de la personalidad, la falta de autocrítica objetiva por el monopolio de la información, el cercenamiento de la libertad política y de expresión, el uso de la escuela con fines partidarios y el artificial conflicto que provocó contra la Iglesia. El abrazo de reconciliación con Balbín en 1974 llegó tarde. Sus herederos políticos no han estado jamás a la altura de la inteligencia del maestro. No han cultivado sus virtudes sino sus defectos. En aras de un adocenado pragmatismo han vaciado el depósito ideológico originario dando cabida en él a las concepciones socio-económicas más antagónicas, desde el cerrado dirigismo estatal hasta la apertura indiscriminada de un liberalismo mal concebido y peor aplicado. La mayoría de sus figuras se van reciclando según soplan los vientos para responder sin chistar al mandante de turno.

El radicalismo posterior a la presidencia de Alvear no ha corrido mejor suerte. Se le reconocen sus aciertos en beneficio de la democracia y los derechos humanos, pero sus gobiernos se han tronchado por sus errores políticos, y en el caso de de la Rúa, además por la deserción del Frepaso, la crisis económica y una explosión social con visos de golpe civil al que parecen no haber sido ajenos el peronismo y su propio partido. A partir de allí sólo les espera una lenta y difícil recomposición. Los demás partidos menores reproducen en pequeño este desdichado batifondo.

El ERP y Montoneros fueron movimientos que trabajaron sin concesiones la idea de la “deconstrucción” de todo lo anterior. En la línea utópica del marxismo, se propusieron “construir” la “patria socialista”; en la práctica, sus ideólogos, muchos de ellos preparados en Cuba, impulsaron a muchos jóvenes a una guerrilla revolucionaria con procedimientos condenables. La represión clandestina de la Triple A fue consentida por el gobierno constitucional en 1974; la militar, primero ordenada por el poder civil y urgida por la sociedad, se convirtió en ilegal a partir de 1978 con el secuestro, la tortura y la desaparición de personas como infamante sistema. Todavía estamos pagando la deuda de tres cabezas de los años `70.

La economía argentina es un galimatías inentendible y materia de estudio para los expertos de todo el mundo. Ha navegado por el turbulento mar de todas las tendencias. Su peor vástago ha sido la inflación, un mal empobrecedor y desestabilizante que nos acostumbró a jugarlo todo al día a día y despreciar el mediano y el largo plazo.

El deplorable contexto descripto, que nos viene de lejos, comienza a explicar mucho de lo que nos preguntábamos. No podía sernos gratuito. Porque la historia tiene sus crueles e irónicos cobros. Él explica nuestra incapacidad para descabezar de una vez y para siempre los problemas estructurales que siguen en pie y evitar la siniestra sucesión de nuestras crisis. Él nos dice por qué construir sobre lo construido es para nosotros un imposible, mientras desempolvamos a cada rato la maquinaria trituradora de lo ya hecho.

La situación actual, que nos duele profundamente, es aciaga secuela de tantos desatinos. El fraude afinado, el federalismo palabrero, la República avasallada en la que todo se confunde y se fractura, el centralismo confrontador, hueco de ideas trascendentes, la definen. Un poder prepotente y concentrador de todos los recursos que ignora la educación, la salud, la seguridad y las necesidades regionales; un gobierno soberbio y autista que no dialoga ni consensúa ni se deja aconsejar; un mando bicéfalo que interfiere todos los movimientos que le son adversos con el anacrónico aparato político y sindical, la completan.

¿Qué cabe esperar? Los partidos nuevos son por ahora sólo un auspicioso proyecto. El fenómeno social del campo y su hasta ahora sensata y pacífica reivindicación del auténtico federalismo y las instituciones republicanas, la labor silenciosa y abnegada de las organizaciones no gubernamentales y las iglesias, y la entrega de inteligencia y talento de tantos jóvenes maestros, intelectuales, artistas y científicos, alientan mi callada esperanza. Pero para que todo este precioso esfuerzo fructifique y comience a desandarse el dolorosísimo camino de nuestra actual decadencia, la buena política no puede estar ausente. Con Confucio nuestros políticos deberán aprender que la política es rectificarse. ¿Será posible?

 

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