|
El escenario derivado de las listas
sábanas
Es habitual escuchar a los votantes
tratar con sorna la elección de los concejales,
diputados o senadores y muchas veces también al sufragio
para definir cargos ejecutivos.
Las listas se ingresan en los sobres el
día de los comicios y suelen ser contadas las
excepciones en las que se repara en el detalle de esas
nóminas interminables de nombres. Se escuchan las
propuestas, se elige por ideología o por especulación,
pero difícilmente se preste atención en el nombre y
apellido de cada uno de los legisladores. En todo caso,
se mira el nombre de los primeros candidatos.
El problema o en todo caso las sorpresas
surgen cuando esas listas sábanas entran en acción. Como
ejemplo local se podría citar la recordada votación en
contra del proyecto para privatizar toda la zona
turística en manos de una sociedad anónima que, después
de la intentona, desapareció del mapa. Ahí, cuando el
voto de un concejal definía la suerte de uno de los
espacios públicos más rentables del partido de Luján,
los vecinos repararon en las dependencias políticas y
partidarias de cada uno de los ediles.
Algo similar sucedió cuando se votó el
alejamiento del cargo de presidente del cuerpo del
entonces concejal Rubén Leopardi, salpicado por una
denuncia de vuelcos clandestinos. La mayoría
justicialista salvó a Leopardi de la expulsión del
Concejo y la oposición se quedó argumentando pero sin
los votos suficientes como para torcer la historia.
Si la desconexión entre los ciudadanos y
sus legisladores es notoria en una lista con apenas
nueve candidatos titulares y tres suplentes (como ocurre
con las boletas locales), qué se puede esperar luego de
colocar en una urna una lista de cerca de cincuenta
personas. ¿Quién se preocupa por saber por qué cada
candidato a diputado o senador llegó a esa postulación?
El sistema está armado de modo tal que la
elección verdadera se realice cuando se cierran las
listas. De allí la resistencia de los partidos
mayoritarios a cambiar las listas sábanas por un sistema
más directo y transparente.
La semana pasada, cuando en el Congreso
de la Nación decenas y decenas de diputados votaban por
el sí o no a las retenciones, volvió a aparecer esa
sorpresa: ¿cuántos legisladores tiene el oficialismo? ¿Y
la oposición? Un dato que había quedado perdido en el
diario posterior a los comicios.
Pero el voto, con sus trampas o
vericuetos legales, ya había determinado el escenario.
El oficialismo contaba con mayoría y ni siquiera la
fragmentación de ciertos sectores alcanzó para torcer la
voluntad del gobierno nacional.
Ocho diputados “en la noche húmeda y
brumosa que borró los límites” (escribió Damián Glanz en
Crítica de la Argentina) cambiaron su voto a último
momento. Estuvieron días y días cuestionando las
retenciones pero entre las críticas y el voto hubo
elementos que ayudaron al cambio.
Dicen que uno se dio vuelta porque es
rionegrino y le prometieron tratamiento preferencial
para la venta de manzanas y peras. Otra habría sido
tentada por ATN (Aportes del Tesoro Nacional) para su
ciudad, San Jorge de Jujuy. A un fueguino le prometieron
paz gremial para el futuro en la tierra a la que
representa. Dos legisladores se dejaron seducir por
ampliaciones en las partidas presupuestarias destinadas
a sus provincias en el año próximo. Afirman que hasta
hubo promesas de reelección.
Antes de la votación del sábado pasado,
¿cuántos argentinos sabían que Julio Arriaga, Lorena
Rossi, Hugo Cuevas, Carolina Moisés, Griselda Herrera,
Osvaldo Salum, Leonardo Gorbacz y Marta Osorio eran
diputados nacionales? Muy pocos. Seguramente muchos
menos que los que el domingo se enteraron que fueron sus
votos los que ayudaron a sostener el conflictivo
porcentaje de las retenciones al agro.
|