Miércoles 16 de Julio de 2008 - Edición 7396 - Edición digital: 0696

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Editorial

Hubo gente que no fue a ningún acto

Preguntamos en los alrededores y la respuesta, con matices ínfimos, es prácticamente la misma: “Imposible. Tengo que laburar”; “Si voy, ¿quién me paga el día?”; “Si voy pierdo el presentismo”; “No puedo cortar el día a media mañana”.

Ayer, no todos los que querían podían ir a manifestarse a la plaza de los Dos Congresos o al Monumento de los Españoles, en los bosques de Palermo. Hay gente que tenía que seguir trabajando. Ni siquiera por razones periodísticas resultó posible asistir a quienes le damos forma a este medio: las convocatorias fueron para un martes; si íbamos, hoy iba a ser difícil tener la edición completa en la calle.

Para otros argentinos no sólo resultó sencillo concurrir a los actos, sino que en algunos casos era casi una obligación. Funcionarios de todas las órbitas, intendentes “billetera dependientes”, dirigentes sociales sin trabajo a la vista, tenían la “obligación militante” de llevar gente a la plaza. Algún ser superior podía pasar lista.

El gremialista preferido de la gestión del matrimonio Kirchner, Hugo Moyano, desde la CGT oficialista, decretó cese de actividades desde el mediodía para facilitar la movilización de los afiliados.

Juan José Zanola, desde el gremio de los bancarios, resolvió una medida similar. El objetivo era hacer número “en defensa de la democracia; en respaldo al gobierno y por la mesa de alimentos de todos los argentinos”, como indicaban las publicidades que pagamos todos, los que están a favor del gobierno, los que están en contra, los que ayer tuvieron que seguir laburando.

“Lo importante es que la convocatoria hoy sea masiva para respaldar al gobierno”, dijo Pablo Moyano, a la cabeza de cerca de tres mil camiones recolectores de basura que llegaron a la Capital Federal cerca de las 11 de la mañana.

Por favor, que alguien le avise a los que convocaban a favor del gobierno “y en defensa de la mesa de los argentinos”, que el verdulero, el albañil, el pintor, el cerrajero, el contador, el mecánico y todos los cuentapropistas que a usted se le ocurra, tuvieron que seguir trabajando porque de lo contrario, hoy, mañana, pasado, a ellos se les complicaba en serio la mesa de alimentos de su familia.

La otra manifestación, la del campo, también expone cierta holgura a la hora de frenar el trabajo para protestar. Sus dirigentes admitían que los ruralistas comenzaron a llegar a la Capital Federal días antes del acto. Fueron varias horas, entonces, sin sembrar, sin cosechar, sin comercializar carnes o granos.

¿Qué se buscaba demostrar con las manifestaciones de ayer? ¿Cuál era el objetivo superior? ¿Cuál la amenaza inminente que llevaba a expresarse en las calles? ¿Cómo sigue el país hoy, mañana? ¿Cambiaron algo los miles y miles de argentinos que ayer gritaron de un lado y de otro?

Mientras toma forma este editorial, desde una radio AM se escucha a una vecina de Carlos Casares que pidió aportar su testimonio. Regresaba del supermercado en esa ciudad, netamente agropecuaria, y había comprado leche fluida en sachet exportada desde la República Bolivariana de Venezuela. Hecho más que premonitorio.

Poco importa quién “ganó” ayer a la hora de contar el alcance de las convocatorias. Ayer perdimos todos.

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