Sábado 19 de Julio de 2008 - Edición 7397 - Edición digital: 0697

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Editorial

El amplio alcance del No

En la mañana de jueves, cierta algarabía se adueñó de la calle. Muchos más que los preocupados directos por los alcances de la resolución 125 -que establecía las retenciones móviles- se mostraban exultantes por la votación del Senado de la Nación, que dio por tierra con las pretensiones del Poder Ejecutivo.

¿Por qué tanta efusividad? ¿Por qué no sólo los productores agropecuarios expresaban “una alegría inmensa”? ¿Qué tenía de maravillosa una decisión del Senado, nada menos que del Senado, tantas veces sospechado y sospechoso?

La respuesta a esas y otras preguntas similares se encuentran en el escenario que el propio gobierno nacional supo construir: resolución 125 o el abismo, cuando ningún pensamiento sensato podía sostener esa afirmación.

Entonces, cabe pensar a la alegría callejera como una consecuencia de multiplicidad de factores. El No del Senado, con el voto histórico del vicepresidente Julio Cobos, tiene una lectura más amplia que el horizonte campestre.

Fue un No a la realización casi infantil de actos, contraactos, marchas y manifestaciones con asistencia obligada, presionada, sugerida, rentada y, en escasas excepciones, espontánea.

Fue un No a los gritos de los mandatarios para la tribuna, para el aplauso fácil, para enfervorizar cuando no parecía necesario.

Fue No, también, al invento de presuntos “golpistas”, a la caprichosa decisión de desempolvar el término “gorilas”, al irresponsable blandeo de la supuesta acción de “grupos de tareas” o “comandos civiles”.

Fue un No, en síntesis, a la forzada expresión de falsas o innecesarias antinomias.

Fue No a la política de la confrontación berreta, populista y no popular. Fue un No a la soberbia ejercida desde el poder.

Fue un No que se sintió en ciertos sectores con un revés a la utilización de las Madres y las Abuelas en los actos oficiales o partidarios, por la simpatía que genera la política en materia de Derechos Humanos. Una política que no repara, a la hora de los bifes, en largar a sus soldados a golpear a la plaza; o a sus alfiles a transar votos con un encubridor como Ramón Saadi; o que tiene como asesor en el Congreso a Aldo Rico, entre otras incoherencias.

Fue un No que se entendió como afrenta directa, pero sin violencia, a las expresiones entre ridículas, provocativas y orquestadas de sujetos como Luis D’Elía, Emilio Pérsico y el gremialista Moyano. Sujetos con sueldos estatales que dicen defender la “concertación plural”, pero si exponés en la calle una pluralidad que no sintoniza con el gobierno, corrés el riesgo de ligarla.

Fue un No a la escucha constante de los más altos funcionarios del gobierno asegurando que la economía crece, que no hay inflación, que los productos básicos de la canasta familiar se mantienen estables y que es exitoso el plan “patota Moreno” para el control de los precios, cuando el bolsillo indica lo contrario.

Fue un No a que se hable de recaudación para “una redistribución más equitativa” que sería visible en la mejora de los caminos rurales, de los hospitales, de las escuelas. Y todos los días se sufre el estado de esos caminos, las escuelas no tienen para calefacción, sus techos se vienen abajo, y en los hospitales públicos se festeja cuando una cooperadora, con recursos no gubernamentales, regala una ambulancia “que tanto hacía falta”.

Fue un No al anuncio de la construcción de un súper tren bala cuando la mayoría de los ferrocarriles, esos que se utilizan a diario para viajar al trabajo, son cascajos que explotan de gente tratada como ganado.

El No del Senado descomprime la presión sobre un sector productivo. Ni siquiera para todo el campo, porque al margen del tope a la exportación de soja –ayer retrotraído a noviembre de 2007-, todo sigue igual. O mejor dicho, a la espera de una verdadera política agropecuaria federal.

El No del Senado cambió gran parte del humor social. Demostró que las autoridades podrán delirar en la construcción de enemigos fantasmas, pero la realidad pasa por otro lado. Y resultó ser el Senado, con amplia mayoría oficialista, el que ayudó a hacer caer en esa realidad al matrimonio presidencial.

Por todo eso y por decenas de otros argumentos, es que el jueves pos votación se respiraba un extraño alivio, aún en ciudadanos que repararon en la resolución 125 como un mero número para jugarle a la quiniela.

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