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El amplio alcance del No
En la mañana de jueves,
cierta algarabía se adueñó de la calle. Muchos más que
los preocupados directos por los alcances de la
resolución 125 -que establecía las retenciones móviles-
se mostraban exultantes por la votación del Senado de la
Nación, que dio por tierra con las pretensiones del Poder
Ejecutivo.
¿Por qué tanta
efusividad? ¿Por qué no sólo los productores
agropecuarios expresaban “una alegría inmensa”?
¿Qué tenía de maravillosa una decisión del Senado,
nada menos que del Senado, tantas veces sospechado y
sospechoso?
La respuesta a esas y
otras preguntas similares se encuentran en el escenario
que el propio gobierno nacional supo construir:
resolución 125 o el abismo, cuando ningún pensamiento
sensato podía sostener esa afirmación.
Entonces, cabe pensar a
la alegría callejera como una consecuencia de
multiplicidad de factores. El No del Senado, con el voto
histórico del vicepresidente Julio Cobos, tiene una
lectura más amplia que el horizonte campestre.
Fue un No a la
realización casi infantil de actos, contraactos, marchas
y manifestaciones con asistencia obligada, presionada,
sugerida, rentada y, en escasas excepciones, espontánea.
Fue un No a los gritos de
los mandatarios para la tribuna, para el aplauso fácil,
para enfervorizar cuando no parecía necesario.
Fue No, también, al
invento de presuntos “golpistas”, a la caprichosa
decisión de desempolvar el término “gorilas”, al
irresponsable blandeo de la supuesta acción de “grupos
de tareas” o “comandos civiles”.
Fue un No, en síntesis,
a la forzada expresión de falsas o innecesarias
antinomias.
Fue No a la política de
la confrontación berreta, populista y no popular. Fue un
No a la soberbia ejercida desde el poder.
Fue un No que se sintió
en ciertos sectores con un revés a la utilización de las
Madres y las Abuelas en los actos oficiales o partidarios,
por la simpatía que genera la política en materia de
Derechos Humanos. Una política que no repara, a la hora
de los bifes, en largar a sus soldados a golpear a la
plaza; o a sus alfiles a transar votos con un encubridor
como Ramón Saadi; o que tiene como asesor en el Congreso
a Aldo Rico, entre otras incoherencias.
Fue un No que se
entendió como afrenta directa, pero sin violencia, a las
expresiones entre ridículas, provocativas y orquestadas
de sujetos como Luis D’Elía, Emilio Pérsico y el
gremialista Moyano. Sujetos con sueldos estatales que
dicen defender la “concertación plural”, pero si
exponés en la calle una pluralidad que no sintoniza con
el gobierno, corrés el riesgo de ligarla.
Fue un No a la escucha
constante de los más altos funcionarios del gobierno
asegurando que la economía crece, que no hay inflación,
que los productos básicos de la canasta familiar se
mantienen estables y que es exitoso el plan “patota
Moreno” para el control de los precios, cuando el
bolsillo indica lo contrario.
Fue un No a que se hable
de recaudación para “una redistribución más
equitativa” que sería visible en la mejora de los
caminos rurales, de los hospitales, de las escuelas. Y
todos los días se sufre el estado de esos caminos, las
escuelas no tienen para calefacción, sus techos se vienen
abajo, y en los hospitales públicos se festeja cuando una
cooperadora, con recursos no gubernamentales, regala una
ambulancia “que tanto hacía falta”.
Fue un No al anuncio de
la construcción de un súper tren bala cuando la mayoría
de los ferrocarriles, esos que se utilizan a diario para
viajar al trabajo, son cascajos que explotan de gente
tratada como ganado.
El No del Senado
descomprime la presión sobre un sector productivo. Ni
siquiera para todo el campo, porque al margen del tope a
la exportación de soja –ayer retrotraído a noviembre
de 2007-, todo sigue igual. O mejor dicho, a la espera de
una verdadera política agropecuaria federal.
El No del Senado cambió
gran parte del humor social. Demostró que las autoridades
podrán delirar en la construcción de enemigos fantasmas,
pero la realidad pasa por otro lado. Y resultó ser el
Senado, con amplia mayoría oficialista, el que ayudó a
hacer caer en esa realidad al matrimonio presidencial.
Por todo eso y por
decenas de otros argumentos, es que el jueves pos
votación se respiraba un extraño alivio, aún en
ciudadanos que repararon en la resolución 125 como un
mero número para jugarle a la quiniela. |