Miércoles 4 de Junio de 2008 - Edición 7385 - Edición digital: 0685

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Editorial

Los cambios de la última marcha

En este mismo espacio, en la edición pasada, planteamos lo complejo de vislumbrar una resolución para el conflicto que mantiene enfrentado a los productores rurales y el gobierno, en todas sus escalas.

El lunes, Luján tuvo una ruidosa demostración de lo latente que perdura el reclamo en un sector de la sociedad, pero sin duda que éste no fue el dato saliente de la jornada.

Luján, como gran cantidad de ciudades del país, puede tomarse como termómetro del clima social, del sentimiento que inunda calles y hectáreas, sin que las autoridades reparen en la necesidad de tener gestos adultos.

A diferencia de las dos marchas callejeras anteriores, en la protesta del lunes se sumaron los comerciantes del centro de la ciudad, y la Municipalidad apareció atrincherada. Algo cambió respecto de las marchas anteriores.

La presencia de fuerzas policiales fue desmesurada en comparación con la intención, el ánimo y también la cantidad de manifestantes que recorrieron un puñado de cuadras en tractores, camionetas, autos y caballos.

Además, en esta última protesta las expresiones dejaron de tener destinatarios “generales”. Ahora las acusaciones por la falta de respuestas empiezan a ser puntuales: los cánticos reclamaban definiciones de la intendenta Graciela Rosso y de la mayoría de los concejales que eligieron seguir los acontecimientos desde los despachos del primer piso de la Casa Municipal.

Protesta de un lado; policías, gendarmes y agentes municipales en el medio; las autoridades encerradas en el otro extremo.

Si hay algo que este conflicto ya consiguió es marcar una nueva división en el tejido social. Como si se tratara de un conflicto sin lugar para matices o para grises que ayuden al diálogo, parecería que se tiene que estar con uno o se debe estar con el otro. Una división que, para no dejar lugar a dudas, la demarcaron las fuerzas de seguridad.

Por conveniencia, son las propias autoridades las que fomentan esa caprichosa toma de postura. “El que no suma, resta”, dijo hace días el ministro de Planificación Federal Julio De Vido. Es decir que no sólo hace falta estar con el gobierno para seguir perteneciendo al club de los privilegios, sino que además hay que hacerlo público.

Para muchos –como lo reflejamos en una nota de esta edición (ver página 6)-, el riesgo de caer en contradicciones es muy grande. ¿Estoy con el vecino que me votó o con el que me acomodó en la lista para que el vecino me vote?

Un solo dato dentro del marco de conflicto juega a favor de los dirigentes políticos: la palpable bronca con las autoridades que no quieren, no pueden o no saben resolver este meollo, se registra a prudente distancia de una elección.

Todavía está lejos el compromiso de elegir legisladores. Y cualquier cambio de timón en el manejo de este conflicto puede apaciguar los ánimos y volver la corriente al cauce habitual. Muy distintas serían las posturas, las expresiones y los compromisos de los dirigentes si las urnas estuvieran un poco más cerca.

 

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