Miércoles 18 de Junio de 2008 - Edición 7388 - Edición digital: 0688

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Manuel Belgrano y la política agropecuaria

Escribe: Antonino E. Martínez-Docente

En ocasión de trasladarse los restos del General Manuel Belgrano al mausoleo que guarda sus restos en la Iglesia de Santo Domingo de la ciudad de Buenos Aires, trascendió que se le sustrajeron algunas piezas dentarias. Al día siguiente el diario La Prensa, implacable, comentó: “Se robaron los dientes del prócer que menos comió del presupuesto nacional”.

Belgrano, como secretario del Consulado del Virreinato del Río de la Plata, tuvo oportunidad de expresar, en las memorias del mismo que debía escribir anualmente, sus ideas sobre economía. En Europa conoció y estudió el pensamiento de los fisiócratas.

Podría decirse que la Corona metió al zorro en el gallinero porque, teniendo ideas progresistas, debía defender los intereses retrógrados y monopolistas de España. No obstante, se las ingenió para exponer sus principios en un medio que le era francamente hostil.

Y lo que decía Belgrano en sus informes anuales cobra inusitada actualidad en estos momentos en que el conflicto entre el gobierno y el campo nos está llevando a una particular anarquía en la que se desdibuja todo proyecto de país y nada es más incierto que el día de mañana. Es que junto con el debilitamiento institucional –léase Parlamento Nacional- parece perimido el artículo 22 de nuestra Carta Magna que expresa: “El pueblo no delibera ni gobierna, sino por medio de sus representantes y autoridades creadas por esta Constitución. Por otra parte se tergiversa el significado del 21 y alguien piensa que es posible armarse para pelear contra otros conciudadanos.

Abogaba, el creador del símbolo que nos identifica y que debiera cobijarnos sin divisiones estériles, para que se repartieran cartillas entre los campesinos para hacerles comprender la necesidad de aumentar la producción, tanto de granos como de ganado, introduciendo nuevas formas para eliminar distintas plagas, modernizando los útiles de labranza, drenando los suelos inundables y perfeccionando las técnicas de siembra.

Como el fisiócrata François Quesnay, Belgrano pensaba que el desarrollo agrícola era la base de la felicidad humana.

También señala la importancia de incorporar valor agregado a la materia prima para obtener mayor beneficio al exportarla. Al mismo tiempo, tiene conciencia plena de la necesidad de la educación; pues estaba convencido de que la mayor riqueza de una nación se sustenta en la cultura de sus habitantes.

En la primera memoria que escribe se explaya sobre la imperiosa necesidad de instruir a los hombres, a las mujeres y a los niños. Crea, entonces, la Escuela de Comercio, la Escuela de Dibujo y la Escuela de Náutica. Tres años más tarde, la Corte de Madrid da la orden terminante de cerrarlas por considerarlas un “mero lujo”.

Años más tarde, al donar el premio otorgado por el gobierno por su triunfo en la batalla de Salta para la creación de cuatro escuelas, redacta el reglamento para las mismas, cuya vigencia no puede menos que causar admiración. En el artículo primero prevé el sueldo del maestro y recursos para suministrar útiles escolares a los niños cuyos padres no puedan costearlos; establece la forma en que se designarán los maestros para asegurar que los más idóneos alcancen el cargo y evitar los “acomodos”; describe las características que debe tener el maestro para constituirse en un verdadero ejemplo hasta en el vestir y comer, debe preferir el bien común al bien privado y en las celebraciones públicas el maestro ocupará un sitial de honor “reputándosele como padre de la Patria”.

Además enumera los contenidos a enseñar y entre ellos incluye “los derechos del hombre”, hoy denominados derechos humanos. Por ese motivo Belgrano es considerado el precursor de su enseñanza en las escuelas.

José María Aubín, en su libro Anecdotario Argentino, editado en 1910 con motivo del centenario de la Revolución de Mayo, cuenta la siguiente anécdota.

Después de la revolución del 24 de setiembre de 1874 con motivo de la sucesión presidencial (terminaba su mandato Sarmiento) el gobierno nacional solicita a las provincias que informen los gastos en que han incurrido con motivo de la revuelta, para recompensarlas.

El gobernador de Santa Fe, Servando Bayo, solicita una suma ínfima comparada con la de otras provincias. Avellaneda, que asumió como presidente el 12 de octubre de ese año, le manda a preguntar a qué se debe sea cantidad tan pequeña, a lo que responde el mandatario provincial: -No robando ni dejando robar.

¿Qué mejor anécdota para homenajear al más acendrado ejemplo de humildad, desprecio por el lujo y por todo beneficio indebido?

Los conflictos son inherentes a las relaciones humanas. Una auténtica democracia es diálogo permanente. He allí, en el diálogo genuino, la herramienta para superar los males que nos aquejan y que tanto daño causan, en particular a los más necesitados, cuyo voto se busca con prácticas repudiables.

Ése sería el mejor reconocimiento a quien con su último aliento dijo: -¡Ay! Patria mía.

Y hoy somos muchos los que lo repetimos con profunda tristeza: ¡Ay! Patria mía.

 

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