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Manuel
Belgrano y la política agropecuaria
Escribe:
Antonino E. Martínez-Docente
En
ocasión de trasladarse los restos del General Manuel
Belgrano al mausoleo que guarda sus restos en la Iglesia
de Santo Domingo de la ciudad de Buenos Aires, trascendió
que se le sustrajeron algunas piezas dentarias. Al día
siguiente el diario La Prensa, implacable, comentó: “Se
robaron los dientes del prócer que menos comió del
presupuesto nacional”.
Belgrano,
como secretario del Consulado del Virreinato del Río de
la Plata, tuvo oportunidad de expresar, en las memorias
del mismo que debía escribir anualmente, sus ideas sobre
economía. En Europa conoció y estudió el pensamiento de
los fisiócratas.
Podría
decirse que la Corona metió al zorro en el gallinero
porque, teniendo ideas progresistas, debía defender los
intereses retrógrados y monopolistas de España. No
obstante, se las ingenió para exponer sus principios en
un medio que le era francamente hostil.
Y lo que
decía Belgrano en sus informes anuales cobra inusitada
actualidad en estos momentos en que el conflicto entre el
gobierno y el campo nos está llevando a una particular
anarquía en la que se desdibuja todo proyecto de país y
nada es más incierto que el día de mañana. Es que junto
con el debilitamiento institucional –léase Parlamento
Nacional- parece perimido el artículo 22 de nuestra Carta
Magna que expresa: “El pueblo no delibera ni gobierna,
sino por medio de sus representantes y autoridades creadas
por esta Constitución. Por otra parte se tergiversa el
significado del 21 y alguien piensa que es posible armarse
para pelear contra otros conciudadanos.
Abogaba,
el creador del símbolo que nos identifica y que debiera
cobijarnos sin divisiones estériles, para que se
repartieran cartillas entre los campesinos para hacerles
comprender la necesidad de aumentar la producción, tanto
de granos como de ganado, introduciendo nuevas formas para
eliminar distintas plagas, modernizando los útiles de
labranza, drenando los suelos inundables y perfeccionando
las técnicas de siembra.
Como el
fisiócrata François Quesnay, Belgrano pensaba que el
desarrollo agrícola era la base de la felicidad humana.
También
señala la importancia de incorporar valor agregado a la
materia prima para obtener mayor beneficio al exportarla.
Al mismo tiempo, tiene conciencia plena de la necesidad de
la educación; pues estaba convencido de que la mayor
riqueza de una nación se sustenta en la cultura de sus
habitantes.
En la
primera memoria que escribe se explaya sobre la imperiosa
necesidad de instruir a los hombres, a las mujeres y a los
niños. Crea, entonces, la Escuela de Comercio, la Escuela
de Dibujo y la Escuela de Náutica. Tres años más tarde,
la Corte de Madrid da la orden terminante de cerrarlas por
considerarlas un “mero lujo”.
Años
más tarde, al donar el premio otorgado por el gobierno
por su triunfo en la batalla de Salta para la creación de
cuatro escuelas, redacta el reglamento para las mismas,
cuya vigencia no puede menos que causar admiración. En el
artículo primero prevé el sueldo del maestro y recursos
para suministrar útiles escolares a los niños cuyos
padres no puedan costearlos; establece la forma en que se
designarán los maestros para asegurar que los más
idóneos alcancen el cargo y evitar los “acomodos”;
describe las características que debe tener el maestro
para constituirse en un verdadero ejemplo hasta en el
vestir y comer, debe preferir el bien común al bien
privado y en las celebraciones públicas el maestro
ocupará un sitial de honor “reputándosele como padre
de la Patria”.
Además
enumera los contenidos a enseñar y entre ellos incluye
“los derechos del hombre”, hoy denominados derechos
humanos. Por ese motivo Belgrano es considerado el
precursor de su enseñanza en las escuelas.
José
María Aubín, en su libro Anecdotario Argentino, editado
en 1910 con motivo del centenario de la Revolución de
Mayo, cuenta la siguiente anécdota.
Después
de la revolución del 24 de setiembre de 1874 con motivo
de la sucesión presidencial (terminaba su mandato
Sarmiento) el gobierno nacional solicita a las provincias
que informen los gastos en que han incurrido con motivo de
la revuelta, para recompensarlas.
El
gobernador de Santa Fe, Servando Bayo, solicita una suma
ínfima comparada con la de otras provincias. Avellaneda,
que asumió como presidente el 12 de octubre de ese año,
le manda a preguntar a qué se debe sea cantidad tan
pequeña, a lo que responde el mandatario provincial: -No
robando ni dejando robar.
¿Qué
mejor anécdota para homenajear al más acendrado ejemplo
de humildad, desprecio por el lujo y por todo beneficio
indebido?
Los
conflictos son inherentes a las relaciones humanas. Una
auténtica democracia es diálogo permanente. He allí, en
el diálogo genuino, la herramienta para superar los males
que nos aquejan y que tanto daño causan, en particular a
los más necesitados, cuyo voto se busca con prácticas
repudiables.
Ése
sería el mejor reconocimiento a quien con su último
aliento dijo: -¡Ay! Patria mía.
Y hoy
somos muchos los que lo repetimos con profunda tristeza:
¡Ay! Patria mía.
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