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En sólo 3 minutos
En la madrugada del
domingo, en Dolores, un tren embistió a un colectivo de
larga distancia que, por razones que se intentarán
determinar, no respetó las barreras bajas de un paso a
nivel. 17 personas muertas, gran cantidad de heridos. Un
saldo previsible para semejante imprudencia.
Después del choque, lo
habitual: el análisis de lo que sucedió, la rápida
búsqueda de culpables, las imágenes que, incansables,
muestran los hierros retorcidos. Y, a la distancia,
comienzan a aparecer los datos estadísticos, las
cuestiones relacionadas con la seguridad al viajar. Ante
ello, ¿qué se puede aportar como nuevo?
Entre diferentes análisis
posibles de una catástrofe semejante, uno lo tenemos al
alcance de la mano. El colectivo intentó cruzar con las
barreras bajas y la maniobra le salió pésimo. Ante ello,
es inconcebible horrorizarse.
Con la modesta idea de
exponer que los argentinos, todos, tenemos incorporada a
la imprudencia como la manera de manejarnos en la calle
o en las rutas, mientras tomaba forma este editorial
realizamos un pequeño ejercicio. Nos asomamos al balcón
de la redacción y decidimos observar y registrar cuántas
infracciones (leáse imprudencias) se pueden observar en
una esquina cualquiera, en apenas 5 minutos.
Lo primero que debemos
contar es que, para acotar las observaciones al espacio
del que disponemos, los 5 minutos lo redujimos a 3.
En ese tiempo, un auto
blanco, una traffic del mismo color, un Duna roja y otro
gris esperaban en doble fila a los chicos que salían de
un jardín de infantes. Un ciclista pasó con el semáforo
en rojo. Dos chicos transitaban a la avenida Doctor
Muñiz haciendo equilibrio sobre una bicicleta, mientras
cargaban un par de muletas. Corta el semáforo para dar
paso a los conductores que vienen por Alsina y 6
motociclistas, 2 de ellos con pasajeros detrás (es
decir, ocho personas), viajaban en moto sin casco a la
vista.
Mientras tanto –y
seguimos dentro de los 3 minutos- al menos 6 madres
esperaban la salida de sus chicos del colegio con la
bicicleta estacionada en el medio de la cinta asfáltica.
Ajena a esa situación, una señora cruza la mencionada
avenida por el medio, sin reparar en la señalización
para el cruce peatonal. El registro de las imprudencias
se torna complejo; casi no hay tiempo para anotar todo.
Las motos, en todas las direcciones, siguen
transportando a conductores sin casco, muchos de ellos
exponiendo lo que debe ser una moda: el niño en
sándwich; un adulto maneja, el nene con su mochila en el
medio, y detrás un mayor o un hermanito. Todos sin el
caso, por supuesto.
El semáforo vuelve a
modificar el paso y doblan seis rodados sin recordar que
los vehículos traen algo que se llama luz de giro. Entre
los olvidadizos, el conductor de una ambulancia. Apurada
por responder al antojo del nene, una mamá recorre más
de media cuadra en bicicleta y en contramano, con su
hijo en el canasto. Todo por el afán de llegar rápido al
kiosco.
Se cumplían los 3 minutos
y nos aprestábamos a regresar a la redacción cuando
aparece en escena un señor que merece su mención:
vestido con jeans y camisa gris, el hombre circulaba con
su moto y en la cabeza llevaba un casco. Casi una
especie en extinción.
Cuando los accidentes
ocurren, todavía solemos horrorizarnos. |