Miércoles 26 de marzo de 2008 - Edición 7363 - Edición digital: 0663

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Opinión

El presente no puede dejar de reflexionar el pasado cercano

1976-24 de marzo-2008

Escribe Maria Teresa Tartaglia de Silvano

El lunes 13 de octubre (...) un argentino, Adolfo Pérez Esquivel, 49 años, profesor de Bellas Artes, creador y director del Servicio Paz y Justicia en América Latina recibe el Premio Nóbel de la Paz 1980. ¿Cómo es posible que un argentino tan brillante se nos haya escapado a muchos hasta ahora? Rápidamente se recurrió a los archivos en busca de antecedentes, datos del premiado. Pero el desesperado intento, finalmente, resultó inútil. Porque como lo dijo el propio Pérez Esquivel a los periodistas (...) el premio no pertenece a una persona, sino a un movimiento.

“Un movimiento, que según el comité noruego del premio Nobel tiene como objetivo trabajar para la promoción de los Derechos Humanos fundamentales, basándose exclusivamente en métodos no violentos”.

Párrafos de una entrevista de René Salas y Alonso Leboso a Adolfo Pérez Esquivel, “Un desconocido en su propio país” (Gente, 6 de noviembre de 1980).

<texto>El 24 de marzo pasado nos enfrentamos a una nueva remembranza del último golpe de Estado y el inicio de una dictadura militar que fue la más represiva, sangrienta y destructora que conoció la Historia Argentina. Una vez más, las Fuerzas Armadas, con el apoyo del establishment económico, interrumpieron el orden institucional y derrocaron la débil administración de María Estela Martínez de Perón, quien es trasladada a la residencia El Messidor, en Neuquén. Ese mismo día asesinaron al gremialista Atilio Santillán en la sede de la Federación Obrera Tucumana de la Industria Azucarera (FOTIA).

Veinticuatro horas más tarde, las Fuerzas Armada anunciaron al país que asumían el gobierno a través de tres comandantes: Jorge Rafael Videla por el Ejército, Emilio Massera por la Marina y Orlando Ramón Agosti por la Fuerza Aérea. Adoptó este golpe el presumido nombre de “Proceso de Reorganización Nacional” y ya no hay dudas de que sus propósitos declamados no fueron alcanzados, pero sí dejaron secuelas políticas, económicas, sociales, culturales, heridas, preguntas sin respuestas, dolor y una sociedad dividida, sentimientos que llegan al hoy.

El control de la gestión del Estado fue directa y totalmente asumida por el conjunto de las Fuerzas Armadas y los militares ocuparon responsabilidades en todos los altos niveles nacionales, provinciales, municipios, entes autárquicos, empresas públicas y crearon una especie de parlamento castrense para legislar. Los plenarios de altos mando evaluaban y decidían en las materias más controvertidas. Los civiles que participaron tuvieron una autonomía de decisión inferior a la de otros golpes. Las actividades represivas y de control de la población las realizaban las reparticiones militares. Martínez de Hoz, único civil en el gabinete de Videla, había tenido funciones significativas en el sistema financiero vinculado a instituciones bancarias relevantes con sede en el Primer Mundo. También lo era el secretario de Hacienda, Sr. Juan Alemann, que representaba en la Argentina a la Unión de Bancos Suizos.

El Estado argentino fue sometido a una suerte de vaciamiento: disolvieron el Congreso Nacional, removieron la Corte Suprema de Justicia, prohibieron toda acción política y gremial y se anunció la pena de muerte por delitos de “orden público”, se desmantelaron los organismos de control, inspección y recaudación.

El 27 de marzo, el Fondo Monetario Internacional (FMI) le otorgó a la Argentina un crédito, que desde hacía unos meses estaba bloqueado, por 127,6 millones de dólares; y el 29 de marzo, Yugoslavia e Indonesia se convirtieron en los primeros países que reconocían la legitimidad del régimen militar.

Videla asumió formalmente la presidencia de la Argentina.

¿Cuál fue el fundamento ideológico sobre el cual se establecieron?

Como en golpes anteriores, fue el anticomunismo y la defensa del mundo occidental y cristiano, pero en esta oportunidad se agregó la lucha contra las organizaciones guerrilleras. Y para una gran mayoría de la población, esto era un objetivo positivo y así los militares eran los “restablecedores del orden público”. De esta forma, la justificación era “restaurar la autoridad del Estado frente a la sociedad”.

Las metodologías utilizadas y la forma en que definieron la palabra “subversión” fueron empleadas en forma indiscriminada contra la sociedad. Fue más allá de los grupos armados a los que se suponía debían enfrentar, ya que se reprimió las protestas sociales, las ideologías contrarias, la cultura y la educación que se expresaba opuesta a su doctrina, y todo aquello que representara estorbo, obstrucción, obstáculo, impedimento hacia lo que ellos consideraban orden y autoridad. Desarticularon todo aquello que podía ser un problema en el orden existente, que ellos habían imaginado y creado.

El símbolo superior, que sintetizó la degradación del poder del Estado fueron las desapariciones y la negación oficial de la violencia gubernamental.

¿Cómo analizarlo?

Fue un proceso complejo que excedió los intereses militares o de grupos políticos, por eso debe ser analizado en el contexto económico e internacional, ya que a principios de la década de 1970 comenzó a modificarse el esquema de funcionamiento de la dinámica de acumulación de capital a escala internacional. Por ejemplo, la elevación del precio del petróleo en un 300% determinada por los países productores fijó una exigencia de cambio del modelo económico y el Estado de Bienestar dio paso al Estado Subsidiario que debía dejar la función intervencionista y reguladora. Había que liberar las relaciones económicas en un mercado abierto a las corrientes internacionales de bienes y dinero.

Países periféricos como el nuestro, estuvieron controlados por el capital financiero multinacional con socios internos y el golpe se planificó cuidadosamente, con apoyos y pensamientos externos e internos: la banca extranjera, empresas adheridas a propuestas liberales y sectores altos de la sociedad, planificaron tomar el Estado para dar un cambio de modelo económico. Un proceso que atentó contra la industria nacional, con costos financieros, tasas de intereses muy altas, apertura externa, que alentó la importación sustitutiva, y el deterioro del poder adquisitivo del salario. El endeudamiento externo perturbó la economía y desató una crisis financiera con los sectores internacionales. Hubo protagonistas que se beneficiaron, como empresas transnacionales y sectores privilegiados. Los perjudicados fueron los asalariados, los unidos al mercado interno y los empresarios medianos y pequeños. Hubo una regresividad social e inflación, inestabilidad de crecimiento y un impacto desfavorable sobre la mayoría de la población.

A esto hay que sumarle aquello que no podemos recuperar: los miles de asesinatos y desaparecidos.

Videla había explicado en los comienzos del gobierno: “El cauce de la democracia en el país se hallaba obturado, obstaculizado. Había crecido la maleza y de ahí que el Estado nacional se hallaba desbordado”. Todo medio para superar esta situación fue utilizado y transformado en un Terrorismo de Estado que no podemos justificar.

¿Cómo vivían los argentinos?

La vida de los argentinos continuó desarrollándose en medio de la indiferencia, o aceptando la lucha como una alternativa para el país, otros demostraban su apego al militarismo y exaltaban el valor reparador de la violencia. Estaban los que sufrían, los que observaban y callaban, los que tenían miedo, los que apoyaron a los militares, los oportunistas, los que debieron abandonar el país, las Madres que reclamaban por la vida de sus hijos desaparecidos, las Abuelas que buscaban a sus nietos.

En esta vida diaria se desenvolvía una cultura dañada y acallada, una educación verticalista y autoritaria, jóvenes y niños formados en una política de limitación, sin pensamientos propios, sin discusión, reflexión o participación, todo estaba tan programado, pautado, que implicaba aceptación y cotidianeidad. Unimos a esto los escenarios frecuentes que distraían a la población: el deporte, el mundial de fútbol, las propagandas, etc. Fue una cultura de muerte.

El 24 de marzo debe ser una fecha de reflexión, debemos vivirlo con recogimiento, es un tema que no puede dejar de ser abordado en las escuelas, explicado en toda su complejidad con las consecuencias políticas, económicas, sociales, culturales que dejó en el país y los Derechos Humanos mutilados, cercenados, quitados a una sociedad. El Estado convertido en una máquina de apropiarse y matar. Su análisis requiere una actitud honesta y racional, pero necesita ser planteada, interpelada; hay una necesidad de conocer, comprender y explicar para luego juzgar de una manera amplia y madura.

 

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