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Ellos se sumaron a la
protesta
“La extensión de campo que tenemos no nos
permitió seguir criando animales. Primero hacíamos
invernada, pero el novillo hay que esperarlo cuatro
años. Después pasamos a la cría. La vaca te da un
ternero cada nueve meses y se lo engordaba hasta los 200
kilos. Era menos tiempo para recibir plata, pero tampoco
era rentable. Ahora tenemos que dedicarnos a la siembra.
Dividimos la producción anual con trigo y soja. Sabemos
que así el rinde de la soja baja, pero hay que hacerlo,
porque sino el suelo queda muy deteriorado. Es muy
sencillo: si una producción te rinde cuatro veces más
que la otra, ¿qué hacés?”.
El testimonio que consiguió EL CIVISMO
surge de la realidad que todos los días, de lunes a
lunes, sin fines de semana ni descansos en El Calafate,
vive el matrimonio de Roberto y Jazmín y sus hijos en
las 49 hectáreas y fracción que tienen en el partido de
Luján, a cinco kilómetros del basural municipal. Ellos
se sumaron a la protesta.
A golpe de bolsillo, entendieron y
tuvieron que aceptar lo que muchos productores se
empecinan en explicar a las autoridades nacionales. Las
condiciones económicas creadas por el gobierno que ahora
llama al diálogo, determinan que la “sojización” sea el
único camino rentable. La realidad es muy diferente al
discurso del jueves en Parque Norte.
Ellos se sumaron a la protesta. Sin
carteles, sin segundas intenciones. En su trabajo diario
no aparece la palabra retención, porque están lejos de
exportar. Apenas logran venderle a un intermediario, al
acopiador de cereales, a un molino o a un exportador.
Tampoco acceden a los subsidios que el
gobierno reparte, presuntamente, para que se produzcan
más alimentos. “Con la soja no recibimos nada. Con el
trigo te dan unos pesos de compensación siempre y cuando
no lo vendas para exportación. Primero podés estar ocho
meses para cobrar ese dinero, porque antes que los
chacareros cobran los molinos. Los pequeños productores
estamos a la cola, siempre a la cola”.
Venden como pueden y de lo que no logran
zafar es de los precios en dólares de los fertilizantes,
de los funguicidas, plaguicidas, herbicidas y
herramientas, indispensables para sacar unas toneladas
de granos.
Ellos, lo único que saben y que nadie les
puede refutar es que cada mañana, bien temprano, se
tienen que levantar y enfrentar esas 49 hectáreas y
alguna changa para terceros “a porcentaje”, para darle
de comer a sus hijos.
Y que una vez que tienen ese problema
resuelto, deben emprender viaje hasta la ciudad de
Luján, hasta el centro, para que sus chicos tengan
asegurado un estudio.
“Queríamos que estudiaran en la escuela
más cercana a casa, pero por el estado del camino tenían
clases un día y dos días no. Por eso decidimos que
estudien en Luján. Me río cuando escucho la crítica al
piquete de las 4x4. Ojalá me diera el cuero para una
4x4, porque así mis chicos se podrían criar en el campo,
que lo sigo considerando más sano que la ciudad”, contó
Roberto.
Roberto y su esposa se sumaron a la
protesta. Ellos también son el campo al que el gobierno
y sus violentos rentados tanto se esfuerzan en denigrar.
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