Sábado 29 de marzo de 2008 - Edición 7364 - Edición digital: 0664

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Editorial

Ellos se sumaron a la protesta 

“La extensión de campo que tenemos no nos permitió seguir criando animales. Primero hacíamos invernada, pero el novillo hay que esperarlo cuatro años. Después pasamos a la cría. La vaca te da un ternero cada nueve meses y se lo engordaba hasta los 200 kilos. Era menos tiempo para recibir plata, pero tampoco era rentable. Ahora tenemos que dedicarnos a la siembra. Dividimos la producción anual con trigo y soja. Sabemos que así el rinde de la soja baja, pero hay que hacerlo, porque sino el suelo queda muy deteriorado. Es muy sencillo: si una producción te rinde cuatro veces más que la otra, ¿qué hacés?”.

El testimonio que consiguió EL CIVISMO surge de la realidad que todos los días, de lunes a lunes, sin fines de semana ni descansos en El Calafate, vive el matrimonio de Roberto y Jazmín y sus hijos en las 49 hectáreas y fracción que tienen en el partido de Luján, a cinco kilómetros del basural municipal. Ellos se sumaron a la protesta.

A golpe de bolsillo, entendieron y tuvieron que aceptar lo que muchos productores se empecinan en explicar a las autoridades nacionales. Las condiciones económicas creadas por el gobierno que ahora llama al diálogo, determinan que la “sojización” sea el único camino rentable. La realidad es muy diferente al discurso del jueves en Parque Norte.  

Ellos se sumaron a la protesta. Sin carteles, sin segundas intenciones. En su trabajo diario no aparece la palabra retención, porque están lejos de exportar. Apenas logran venderle a un intermediario, al acopiador de cereales, a un molino o a un exportador.

Tampoco acceden a los subsidios que el gobierno reparte, presuntamente, para que se produzcan más alimentos. “Con la soja no recibimos nada. Con el trigo te dan unos pesos de compensación siempre y cuando no lo vendas para exportación. Primero podés estar ocho meses para cobrar ese dinero, porque antes que los chacareros cobran los molinos. Los pequeños productores estamos a la cola, siempre a la cola”.

Venden como pueden y de lo que no logran zafar es de los precios en dólares de los fertilizantes, de los funguicidas, plaguicidas, herbicidas y herramientas, indispensables para sacar unas toneladas de granos.

Ellos, lo único que saben y que nadie les puede refutar es que cada mañana, bien temprano, se tienen que levantar y enfrentar esas 49 hectáreas y alguna changa para terceros “a porcentaje”, para darle de comer a sus hijos.

Y que una vez que tienen ese problema resuelto, deben emprender viaje hasta la ciudad de Luján, hasta el centro, para que sus chicos tengan asegurado un estudio.

“Queríamos que estudiaran en la escuela más cercana a casa, pero por el estado del camino tenían clases un día y dos días no. Por eso decidimos que estudien en Luján. Me río cuando escucho la crítica al piquete de las 4x4. Ojalá me diera el cuero para una 4x4, porque así mis chicos se podrían criar en el campo, que lo sigo considerando más sano que la ciudad”, contó Roberto.

Roberto y su esposa se sumaron a la protesta. Ellos también son el campo al que el gobierno y sus violentos rentados tanto se esfuerzan en denigrar.

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