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Carta abierta a la Dra. Rosso
El 11 de abril del corriente año se
cumplieron 55 años de la fundación de la sociedad de
fomento Ing. Eduardo Olivera y en su haber tiene, a
través de los años, la forestación de calles; energía
eléctrica; asfalto; centro de atención primaria con ocho
consultorios totalmente equipados, con consultorio
odontológico que consta con equipo de última tecnología
y una habitación con baño en suite para casos de partos
o accidentados que deban esperar una ambulancia. Correo
y teléfono, red de gas natural, plaza y parquización del
predio del ferrocarril y una última obra: un salón
multiuso de 325 metros cuadrados.
Todo esto, claro, es el trabajo de
tramitaciones en algunos casos para lograr la obra
pública y en otros trabajar arduamente y recaudar para
construir por sus propios medios lo que no se hace por
medio de los gobiernos. En definitiva, las distintas
comisiones con el correr de los años pretenden mejorar
la vida de su pueblo para crecer con dignidad.
Si esto no ocurriera, si no existiera la
vocación de servicio de los vecinos fomentistas, estoy
segura que los pueblos y los barrios serían un desastre.
¿Por qué? Porque nadie como el vecino conoce la
problemática del lugar en que vive.
Usted señora, cuando visitó Olivera en
campaña política coincidió con este concepto y prometió
trabajar en conjunto con los fomentistas de Luján, pero
como siempre el discurso de campaña debe ser mentiroso.
Y me consta, porque en estos cuatro meses de gobierno no
pude lograr el diálogo, es más, lo intenté por escrito.
Siempre pensé que hablando la gente se entiende, pero si
una de las partes miente, no da respuestas ni en lo más
mínimo y además manosea a las personas usándolas como
idiotas... cuando uno pretende ejercer sus derechos
usted declara la guerra abiertamente, al extremo de
advertir que a la sociedad de fomento de Olivera no se
le ocurra pedir nada.
El viernes 25 de abril llegó usted a
Olivera con un operativo netamente político pero muy
poco efectivo en sus resultados, al punto que en el
descontrol se llevan camiones de tierra negra que
estaban destinados a rellenar la plaza construida por la
comisión de fomento con el dinero de los vecinos. Es ahí
cuando yo cometo el delito de decirle a usted que así no
se trabaja, que antes de sacar esa tierra se podía
preguntar. Me contesta gritando desaforadamente que la
tierra me la va a devolver pagándola de su bolsillo y le
da la orden a Oscar Clarencio de reponerla (también a
los gritos) para luego, gritando más fuerte, pedirme que
me retire de su vista que no me quiere ver más (la
tierra no apareció).
Señora, usted debería saber que está
ocupando el cargo por el voto de los ciudadanos y que
para ser gobernante y conducir, primero hay que nacer
gente, sentir vocación de servicio, respetar para que la
respeten. Créame que ante su autoritarismo injustificado
rememoré la época oscura de la dictadura militar. Creo
también que usted tiene un gran problema de inseguridad:
según la psicología, cuando una persona le falta el
respeto y trata de rebajar en público a otra que,
además, apenas la conoce, es porque quiere demostrar
ante los demás que es fuerte, que domina y manda.
El gobernante primero tiene que saber
adónde quiere llegar, ponerse a trabajar sin odios ni
rencores ni discriminaciones políticas, conducir con
altura y educación, fundamentalmente tomando conciencia
que las obras que pueda llegar a brindar a Luján no las
hace usted, como me gritó. Las obras se hacen con el
dinero del ciudadano que vive pagando impuestos y,
además, cuando llegan las obras a su barrio las tiene
que pagar, es decir que las paga dos veces.
Señora, sé que esta práctica autoritaria
la realizó en otras sociedades de fomento y algunos
presidentes renunciaron, quizás asustados bajaron la
guardia. Éste no es mi caso, seguiré siendo fomentista y
trabajando con mis compañeros de comisión sin descanso
por mi querido Olivera, pero lamentando tener que
esperar cuatro años para volver a votar.
¡Viva la democracia! ¡Viva el fomentismo!
Mercedes M. Paglia
Presidenta
Sociedad de fomento de Olivera
Un
país de rodillas
Esta
última semana se cometió un crimen horrible en el barrio
Los Laureles -donde tengo domicilio- en el que fue
brutalmente asesinada una joven de 19 años.
¿Sospechosos? ¿Incriminados? No sabemos. Lo que sí
sabemos es que aún no hay nadie preso.
Un
crimen TAN BURDO no puede ser un misterio insoluble para
la Policía provincial, federal o cualquiera fuese la que
hubiera que llamar para investigar.
Hace
años que el barrio clama por seguridad, por tener un
destacamento en lo que fuera la guardia de ingreso en el
Instituto Alvear, hoy en desuso.
- No
había vehículo disponible. Se compraron 32 móviles en
2007. Ninguno para Los Laureles.
- Se
iban a re-organizar las cuadrículas (o algo así). Nada
cambió para Los Laureles.
- A
veces una patrulla pasa o se estaciona frente al
supermercado del barrio, lugar muy concurrido y que ya
ha sufrido numerosos atracos... como lo sufrieron muchos
otros vecinos, permanentes o de "fin de semana".
Lo
que es sorprendente es que el sábado 26 de abril se hizo
una protesta por el esclarecimiento del crimen de
Verónica y por la seguridad de todos nosotros.
¿Saben qué? ¡Ningún representante de la actual Comisión
de Fomento estuvo presente!
Raro,
¿no?
Las
malas lenguas aseguran que fue por un llamado telefónico
que recibió uno de ellos y que los amenazaba con que, si
iban, el barrio no tendría ningún futuro "beneficio"
del municipio: es decir, que nuestros impuestos no se
transformarían en luz para calles oscuras, en
mejoramiento del pavimento, en calles mejoradas, en
veredas reparadas, en espacios abandonados desmalezados
y convertidos en predios de uso comunitario, en apoyo a
la Escuela 32 y al jardín de infantes (a construir), en
gas (del que ya gozan nuestros vecinos de Valle Verde),
etc.
Muy
raro, ¿no?
Yo
-francamente- no puedo creer que una intendenta que
quiere diferenciarse de la anterior gestión; en un
gobierno donde la presidenta se muestra tan solidaria
con los humildes que ha resuelto construir un tren bala
para que éstos puedan concurrir, a diario, con más
rapidez y confort a sus trabajos: "de casa al trabajo y
del trabajo a casa" (como bien dijera El General), pero
si estos trabajos están ubicados en Rosario o Córdoba;
con una nueva gestión en PAMI Luján que hace dos meses
no entrega remedios sin costo a sus afiliados de más
bajos recursos. Y para qué seguir...
No
quiero hacer de la muerte de Verónica una cuestión
política -ni que las autoridades lo hagan- ni que el
accionar de la sociedad de fomento esté coartado por
manejos político-partidarios. Entiendo que su función es
representarnos a todos los vecinos, no importa qué
bandera política tengamos ni qué partido gobierne.
Pero
algo huele muy mal y, si no podemos resolverlo, por lo
menos es importante que la mayor cantidad de personas
esté enterada, sean de Luján o no, sean del gobierno o
no, sean -tal vez- los que impidan que se cometan más
crímenes, más robos, que se trafique más droga, que haya
más impunidad, que suframos más amenazas veladas o
directas... en fin, personas de bien que deseen poner
-nuevamente- a este país de pie y no dejarlo como está
hoy, de rodillas.
María Inés Ponte
landamarkmir@gmail.com
Nada
es casual
No es casual que se viva una situación como la que nos
toca vivir con esta quema de pastizales.
No es
casualidad que en el lugar donde vivo, Jáuregui (Luján),
una empresa multinacional del cuero nos contamine el
aire día a día y no pase absolutamente nada de
naaaaaaada.
No es casual que la gente en sus casas queme, como de
costumbre, la basura y sus pastos, ¡total!
No es casual que los municipios quemen su basura y
existan las quemas, ¡total!
No es casual que los piqueteros, en cualquier lugar,
quemen cantidades de neumáticos, ¡total!
No es casual que nos sigan engañando, de uno u otro
lado, buscando ventajas mezquinas que no tienen en
cuenta el bien común del pueblo.
Vivimos hoy en un gran país empobrecido, fruto de la
falta de educación y sediento de verdad y Justicia.
Hasta Buenos Aires tendrá que cambiar su nombre porque
todo huele mal. ¿Se acuerdan cuando decíamos que
vivíamos porque el aire es gratis? Bueno, no es tan
así... y lo estamos empezando a pagar caro, ¿no le
parece?
Seguramente alguien va a venir a vendernos el oxígeno...
Sí, sí, como el agua, señora, señor.
¡Claro que no es casual! En realidad todo esto es causal
y la gran causalidad, promovida por algunos, no es más
que nuestra gran pobreza cultural, nuestra ignorancia y
nuestra falta de solidaridad. La culpa no es de unos ni
de otros; la responsabilidad es de todos juntos, aunque
algo nos hace mover cuando las cosas queman.
¡ARGENTINOS! Si sobrevivimos, una vez oxigenado el
cerebro, propiciemos el cambio pero que sea empezando
por cada uno de nosotros, participando de las propuestas
comunes, pensando en beneficiar a todos.
Domingo E. Tellechea
¡Que la murga de “El Trébol” vuelva
al barrio!
...”Suplico a usted/tome partido/para
encontrar una solución/que bien podría ser la unión/de
los que aún estamos vivos”... (Víctor Heredia)
Era de noche ya cuando los vi venir
con los instrumentos al hombro y charlando, por la calle
de tierra que está paralela a las vías. Es un grupo
numeroso de jóvenes y chicos el que forma la murga “Los
duendes de El Trébol”.
De entre ellos salió un “¡chau, profe!”,
“Adiós, ¿qué pasa que no la vimos más?”... Me detuve, y
como quien no quiere la cosa, les pregunté de dónde
venían: me dijeron que ensayaban en el Poli, que ya no
podían hacerlo en el barrio (del cual son oriundos y en
el cual habitan), porque había habido una denuncia.
Incrédula y asombrada les pregunté si
sólo era “una”, y me respondieron que sí, y que, debido
a esto, las autoridades de control urbano los invitaron
a ensayar en otro lado, lo cual implica que deban volver
a altas horas, que los más chiquitos corran riesgos al
cruzar la avenida y, sobre todo, que se sintieran
tristes, mal, expulsados...
Una congoja mezclada con impotencia
me cruzó el corazón al escucharlos. Yo también soy
vecina de este querido barrio y lo conozco a Norberto, a
Juan José, a Priscila... quizás a muchos otros cuyos
nombres no recuerdo. Son pioneros en armar una murga
barrial, tienen sus instrumentos en las casas de familia
que rodean el campito y la sociedad de fomento que se
les prestaba para ensayar, y lo hacían dos horas reloj,
separadas en dos días de la semana, o sea, una hora cada
día.
Cuando me despedí de ellos empecé a
reflexionar, entre tantas cosas, sobre algunas que ahora
escribo:
¿Tanto puede perturbarnos ese
“ruido”, durante una hora, un día, si eso significa que
nuestros chicos no estén en la calle, sino entusiasmados
en una actividad que los hace felices y además los
compromete a funcionar como un grupo solidario?
¿Hasta cuándo la intolerancia de
siempre, que hizo que los argentinos escribiésemos
páginas nefastas y terribles de nuestra historia y que,
además, nos ha hecho tristemente famosos en todo el
mundo, va a ganar espacio y poder por sobre la
solidaridad, la comprensión, y la necesidad de lograr el
bien común y de que todos tengamos derecho a un espacio
de expresión?
¿Por qué el mundo adulto se queja de
los adolescentes y de los jóvenes, cuando es ese mismo
mundo hipócrita el que los expulsa y los margina?
¿Cuánto daño puede llegar a hacer a
ese solo denunciante (anónimo, por supuesto) una hora de
murga?
¿No hay otros “ruidos” en la sociedad
que nos hacen más daño?
Estas y muchas otras preguntas me fui
haciendo mientras volvía a mi casa y las figuras de los
chicos se perdían por la calle Donatti.
Es mi deber decirlo: en ese encuentro
les prometí que la gente sensible y humana del barrio
(que gracias a Dios es mucha) íbamos a juntarnos para
hacer lo posible para que volviesen a “El Trébol”,
porque ellos son sus “duendes”, y esos seres mágicos de
los cuentos, como ellos mismos se llamaron, no pueden
ser nunca una molestia. Por el contrario, de los duendes
sale la magia, lo maravilloso, la fantasía, la alegría,
y tantas otras cosas que son “la sal de la vía” -como
dice el dicho-, que quitan lo amargo, que brindan luz...
Esa luz que tanto necesitamos si queremos contribuir a
construir un mundo más equitativo, en donde todos
tengamos espacio y no sean, como suele pasar
lamentablemente, los callados o los débiles los que sean
excluidos.
¡Qué regresen “los duendes” a “El
Trébol”! Es mi deseo y es, además, un acto de justicia
para con los chicos de nuestro barrio.
Ojalá muchas voces más se unan a la
mía, por nuestros hijos, por nuestros jóvenes que aún
son sanos, por las futuras generaciones, y porque
construyamos una sociedad argentina mucho más tolerante:
eso se logra, justamente, con el pequeño pero a su vez,
enorme gesto de brindarle un lugar al vecino, a aquel
que cada mañana puede tendernos una mano solidaria si lo
dejamos acercarse, si no lo marginamos...
Andrea Pampín
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