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Soñando una nueva Argentina
Escribe Hermano Eugenio
Magdalena
La violencia, como el
humo, invade los más recónditos estamentos de nuestra
sociedad. Ya no es el robo a mano armada o el vergonzoso y
artero secuestro; es la violencia en los escenarios
deportivos, en los medios de comunicación social, en el
transporte, en las aulas, etc.
La paz y la guerra anidan
en lo hondo de la naturaleza humana. Desde el bíblico
litigio de Caín y de Abel, a hoy, cada persona puede ser
un volcán de violencia o un mar de dulzura. La violencia
y la paz, el odio y el perdón forman parte del misterio
del hombre. Hay que educar para la paz, hay que promoverla
incesantemente. La paz, caricia de Dios, es tarea de hoy y
de siempre. La paz es tarea de todos, pero deber
ineludible de las autoridades. A mayor investidura, mayor
cordura.
Juego peligroso
Las autoridades
nacionales, en los últimos tiempos, han atizado hogueras
de violencia y ejercitado rencores y enfrentamientos. Un
gobierno democrático y sólido no necesita avivar odios
para acrecentar la gobernabilidad. Es un juego peligroso,
imprevisible en sus consecuencias, ya que a la que a la
larga o a la corta, daña a quien lo instrumentó.
Hacemos memoria de
algunos hechos:
La irrupción en la Plaza
de Mayo de piquetes vandálicos que desalojaron a
pacíficos manifestantes con lluvia de trompadas y de
gritos discriminatorios verbalizando un profundo
resentimiento.
El discurso oficial,
mesiánico, teñido de un histérico populismo, enfrenta
al agro con la industria; al campo con la ciudad; al
centro con la periferia. ¿Por qué balcanizar la
ciudadanía argentina? ¿No vivimos todos en la misma
Patria? Esta división,
además de ser injusta y arbitraria constituye un juego
peligroso que atenta contra la armonía y sana convivencia
pluralista que siempre nos caracterizó.
Podemos ser mosaicos de
diferentes colores, pero formando una única figura, la
Nación Argentina.
Es inaceptable el
frecuente crispamiento que acusa de subversivo al
democrático disentir y confunde adversario con enemigo.
Intolerable y violenta la
presencia de cierto sindicalismo muy K, tan jurásico como
K, que ataca con inusitada violencia, aísla fábricas,
supermercados, amedrentando al simple ciudadano y
sembrando caos a los cuatro vientos.
La patológica y
persistente regresión a la década del setenta,
demonizando arbitrariamente a unos y angelizando
hipócritamente a otros, en fino ejercicio de
fragmentación de la unidad social. La persistente
sospecha y el miedo a los “generales mediáticos” y el
profundo desprecio por los generales de carne y hueso, que
al fin y al cabo, son soldados de la Patria.
El estilo de relación de
las autoridades nacionales con empresarios, productores,
exportadores, intelectuales no setentistas, e incluso con
diplomáticos extranjeros; los aprietes, los
hostigamientos, las amenazas y chicanas; las esperas
injustificadas, son reflejo de absolutismo y muestra de
debilidad.
Hay una política de
relación muy estudiada, leída en los manuales de las
revoluciones fracasadas. Yo lo experimenté en Angola en
1986, en pleno poder marxista. Hay que ir al choque,
quebrar los nervios, tratar con dureza y cretinismo, como
si el otro fuera una bestia a dominar o un enemigo a
demoler.
Existe una muy estudiada
y publicitada voluntad de compartir las riquezas; la
equidad debe llegar a todos los argentinos. Es cierto,
todos debemos ser canales de distribución, también el
Estado y sus autoridades, pero lo percibimos como
aspiradora insaciable que abulta bolsillos del poder y de
los amigos. Si no hay coherencia, verdad y respeto, la paz
será una utopía y la violencia el puñetazo que
acompaña nuestra diaria convivencia, el pan amargo de
nuestras relaciones sociales, políticas y hasta
familiares.
Hacia un futuro venturoso
Estamos casi en
vísperas del bicentenario 1810.
Tiempo propicio para
hacer un proyecto de país; oportunidad para sentarse en
grupo amplio y pluralista de intelectuales, políticos,
productores, sindicalistas, artistas, exportadores, etc. y
de trazar líneas de acción de la Argentina del futuro.
Esbozar un proyecto de
Estado a corto plazo, una presidencia; mediano, tres
presidencias; y largo plazo, seis presidencias. Un
proyecto claro, incisivo abarcativo, que obligue a quien
ejerza el poder a seguirlo y cumplirlo, más allá de las
ideas políticas que le hicieron triunfar.
Un proyecto que nos
interpele: ¿Qué queremos? ¿Cuáles son los ejes del
futuro progreso? ¿Cuáles las debilidades que nos tienen
postrados? ¿Con qué recursos contamos? ¿Qué principios
éticos y filosóficos serán la base de nuestro ser
nacional? ¿Con quién nos aliaremos? ¿Cómo perfilaremos
la educación de calidad, creadora de la mejor industria,
la de la inteligencia? ¿Cómo asumir la globalidad, la
mundialización? ¿Qué lugar ocuparán las fuerzas
armadas y las industrias a ellas vinculadas? etc.
Un proyecto de nación
que impulse a la Argentina hacia un porvenir venturoso,
equitativo, profundamente democrático; un proyecto que
cierre el camino a la diaria involución que nos empobrece
y nos fragmenta.
No hace falta filosofar
mucho para ver cuál es el camino correcto. Miremos a
nuestros vecinos que tuvieron tragedias como la nuestra o
peores. Se animaron a cerrar las puertas al odio y a la
venganza y a abrir caminos hacia el futuro desde la
unidad, el perdón y la justicia para todos. Hoy los vemos
firmes, avanzando por los senderos del progreso y del
bienestar, que producen el trabajo de calidad y la
investigación; y las exportaciones que acreditan a un
país como productor y le permite pasar de ser deudor a
acreedor.
Admiramos la estabilidad
de estas naciones. Envidiamos que gobernantes de
importantes Estados los visiten y los inviten a consensuar
proyectos de política internacional y de desarrollo. Es
hora de despertar del letargo.
Argentina, con lo que es,
con su inmenso potencial y con su ubicación en el
planisferio, no puede quedar a espaldas del mundo libre y
progresista. Buenos Aires seduce a muchos turistas y a
pocos gobernantes, excepto a cuatro caudillos
trasnochados, anclados en el tiempo.
En estos días políticos
importantes naciones visitan países limítrofes, pero no
bajan en Ezeiza y no es por el humo. El mundo sigue
progresando y nosotros petrificados en el pasado. Hay que
hacer memoria del pasado; éste nos será beneficioso en
la medida que por igual rechacemos la violencia sembrada
por la guerrilla subversiva y por los gobiernos de facto.
Miremos el futuro, interpelemos el por qué de nuestros
fracasos y depongamos nuestros egoísmos. Hagámoslo por
los hijos, por los jóvenes.
Argentina es tan rica que
no puede fracasar. Fracasaremos los argentinos.
En un mundo globalizado,
con crecimiento sostenido de la población, con
acrecentamiento del poder adquisitivo, Argentina debe
aspirar a reinar y no a vegetar. En momentos en que las
tierras cultivables, la producción de alimentos, el agua
dulce, se convierten en bienes preciosísimos y escasos,
debemos tomar la iniciativa y salir a conquistar el mundo.
Los próceres que
gestaron el 25 de Mayo y el 9 de Julio soñaron una Patria
grande, pletórica de proyectos y encardinada en el
corazón de la humanidad. Las mezquindades que hoy nos
aíslan y empobrecen no condicen con el grito de libertad,
ni con la epopeya emancipadora de la naciente patria.
Argentina, como el
cóndor de nuestras montañas, anímate a mirar el mundo
desde arriba y a volar decidida por los caminos de la
esperanza.
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