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Los argentinos nacimos para
solistas
Escribe Rodolfo Tesone
Somos un conglomerado de
gente ligada por vagos recuerdos infantiles de un cabildo
rodeado de paraguas, de señoras que arrojaban aceite
sobre ingleses, y de frases declarativas como “muero
contento, hemos batido al enemigo” o “la bandera
argentina no ha sido atada jamás al carro triunfal de
ningún vencedor de la tierra”, o “las ideas no se
matan”.
La declamación es
nuestro mayor arte. Las grandes palabras relativas a las
grandes ideas nos embriagan, y de eso vivimos. La ética
es lo opuesto a la declamación, es reclamación: te
reclama una conducta ante el otro. Para ello es menester
una conducta ante el otro. Para ello es menester que el
otro, ante tu conciencia, exista, y que ambos, tú y el
otro, sean parte de una trama histórica mayor que los
obliga a responderse recíprocamente.
Los argentinos somos
individuos, solos, sueltos, que habitan en el territorio
de la República Argentina, adictos a la charla, a la
nocturnidad, al cafecito, y cuidadosamente alejados de
cualquier riesgo de comunicación. En efecto, la
comunicación alude a algo en común. En común significa
com-partido, com-prometido y eso nos falta. Y su
consecuencia de ética, exigencia de responsabilidad ante
el otro, los otros.
La comunidad argentina no
existe más que en los campeonatos mundiales de fútbol
(simulacro de guerra) o en circunstancias límites como
fue la guerra de Malvinas. Cuando nada hay en común la
gente se une, circunstancialmente, contra un enemigo
común, la cana, el árbitro de fútbol, o sea que, no nos
une el amor sino el espanto.
O, cuando estamos fuera
de esta tierra, añoramos el retorno. Ahí renace otra vez
la Patria Argentina. Por el mismo mecanismo, el de la
hostilidad: ese mundo es hostil, tiene horarios, no
permite el ejercicio de la libertad al cruzar las calles,
los papelitos hay que guardarlos en el bolsillo, los
paquetes de cigarrillos han de buscar un escondite en la
propia persona; y a las dos de la mañana está todo
cerrado. Nos sentimos atacados, heridos en nuestro más
esencial deseo de libertad, y cantamos “Mi Buenos Aires
querido” y “Adiós pampa mía”. Se nos canta por
dentro en añoranza del país del se-me-canta; la libertad
al uso nostro, aunque eso implique morir en una ruta por
el imprudente “yo primero”.
No bien regresa, ya en
Ezeiza y no encuentra carrito alguno para cargar el
equipaje sabe que ha vuelto, ha llegado a casa, y aunque
se siente mal, y se pregunta qué misterio cósmico rige
la aparición y/o desaparición de los carritos, carga
feliz con las cosas que se trajo y se siente bien. En
casa, por fin.
Individualistas,
desechamos la ética, la moral, y glorificamos la
libertad, entendida ésta como el derecho absoluto de
ignorar a los demás, a favor de una autorrealización
extremista y sin contemplaciones. La ética pública se
nos transforma en palabras, en frases, en discursos. Un
día fuimos todos judíos. Otro día fuimos todos
argentinos, otro día fuimos todos Cabezas, y nos fuimos a
dormir tranquilos y contentos.
Labor cumplida para
nosotros significa frase pronunciada. Somos infantiles,
porque la palabra nos funciona mágicamente: decimos la
frase (cual varita mágica), y entendemos que el problema
queda resuelto.
No hay ética porque
ésta trata del hacer, del deber hacer, de las
obligaciones –a- cumplir, y del ser como parte de los
demás. Cuando entonamos el himno nacional, la libertad,
libertad, libertad, se privatiza. Por eso nos cuesta tanto
cantarlo, porque es en coro y cada argentino nació para
solista.
Y además, cabe observar
que cuando Blas Parera compuso las notas, fue tan grande
su entusiasmo y su pasión por componer una bellísima
página musical, que se olvidó de nosotros, del himno,
del coro nacional que debería cantarlo, y salió una
partitura deliciosa, digna de concierto, y también digna
únicamente de solistas de la talla de Plácido Domingo.
Si no me cree, haga una prueba usted, reúna a la familia
y ensayen juntos esa parte de “coronados de gloria
vivaaaamos”, y dígame si no estaba dedicada a una
soprano rossiniana. |