Miércoles 14 de Mayo de 2008 - Edición 7365 - Edición digital: 0665

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Los argentinos nacimos para solistas

Escribe Rodolfo Tesone

Somos un conglomerado de gente ligada por vagos recuerdos infantiles de un cabildo rodeado de paraguas, de señoras que arrojaban aceite sobre ingleses, y de frases declarativas como “muero contento, hemos batido al enemigo” o “la bandera argentina no ha sido atada jamás al carro triunfal de ningún vencedor de la tierra”, o “las ideas no se matan”.

La declamación es nuestro mayor arte. Las grandes palabras relativas a las grandes ideas nos embriagan, y de eso vivimos. La ética es lo opuesto a la declamación, es reclamación: te reclama una conducta ante el otro. Para ello es menester una conducta ante el otro. Para ello es menester que el otro, ante tu conciencia, exista, y que ambos, tú y el otro, sean parte de una trama histórica mayor que los obliga a responderse recíprocamente.

Los argentinos somos individuos, solos, sueltos, que habitan en el territorio de la República Argentina, adictos a la charla, a la nocturnidad, al cafecito, y cuidadosamente alejados de cualquier riesgo de comunicación. En efecto, la comunicación alude a algo en común. En común significa com-partido, com-prometido y eso nos falta. Y su consecuencia de ética, exigencia de responsabilidad ante el otro, los otros.

La comunidad argentina no existe más que en los campeonatos mundiales de fútbol (simulacro de guerra) o en circunstancias límites como fue la guerra de Malvinas. Cuando nada hay en común la gente se une, circunstancialmente, contra un enemigo común, la cana, el árbitro de fútbol, o sea que, no nos une el amor sino el espanto.

O, cuando estamos fuera de esta tierra, añoramos el retorno. Ahí renace otra vez la Patria Argentina. Por el mismo mecanismo, el de la hostilidad: ese mundo es hostil, tiene horarios, no permite el ejercicio de la libertad al cruzar las calles, los papelitos hay que guardarlos en el bolsillo, los paquetes de cigarrillos han de buscar un escondite en la propia persona; y a las dos de la mañana está todo cerrado. Nos sentimos atacados, heridos en nuestro más esencial deseo de libertad, y cantamos “Mi Buenos Aires querido” y “Adiós pampa mía”. Se nos canta por dentro en añoranza del país del se-me-canta; la libertad al uso nostro, aunque eso implique morir en una ruta por el imprudente “yo primero”.

No bien regresa, ya en Ezeiza y no encuentra carrito alguno para cargar el equipaje sabe que ha vuelto, ha llegado a casa, y aunque se siente mal, y se pregunta qué misterio cósmico rige la aparición y/o desaparición de los carritos, carga feliz con las cosas que se trajo y se siente bien. En casa, por fin.

Individualistas, desechamos la ética, la moral, y glorificamos la libertad, entendida ésta como el derecho absoluto de ignorar a los demás, a favor de una autorrealización extremista y sin contemplaciones. La ética pública se nos transforma en palabras, en frases, en discursos. Un día fuimos todos judíos. Otro día fuimos todos argentinos, otro día fuimos todos Cabezas, y nos fuimos a dormir tranquilos y contentos.

Labor cumplida para nosotros significa frase pronunciada. Somos infantiles, porque la palabra nos funciona mágicamente: decimos la frase (cual varita mágica), y entendemos que el problema queda resuelto.

No hay ética porque ésta trata del hacer, del deber hacer, de las obligaciones –a- cumplir, y del ser como parte de los demás. Cuando entonamos el himno nacional, la libertad, libertad, libertad, se privatiza. Por eso nos cuesta tanto cantarlo, porque es en coro y cada argentino nació para solista.

Y además, cabe observar que cuando Blas Parera compuso las notas, fue tan grande su entusiasmo y su pasión por componer una bellísima página musical, que se olvidó de nosotros, del himno, del coro nacional que debería cantarlo, y salió una partitura deliciosa, digna de concierto, y también digna únicamente de solistas de la talla de Plácido Domingo. Si no me cree, haga una prueba usted, reúna a la familia y ensayen juntos esa parte de “coronados de gloria vivaaaamos”, y dígame si no estaba dedicada a una soprano rossiniana.

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