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Terrorismo
de Estado
Soy de
las personas que creen que en los años ’70 hubo
terrorismo por parte de quienes ahora son llamados “jóvenes
idealistas”, que estaban entrenados como un verdadero
ejército: mataban y secuestraban (para obtener recursos
económicos, equipamiento militar y policial y armas),
ponían bombas donde morían inocentes y obedecían, como
piezas de una organización vertical e incuestionada, a
jefes cuyos verdaderos nombres ni conocían. Mataban y
morían como cualquier soldado en guerra para imponer el
comunismo, una doctrina que nunca tuvo cabida en el
sentimiento de la mayoría de los argentinos. Y, en su
nombre, hasta tomaron la provincia de Tucumán, liberada
gracias al accionar de las FFAA -en el Operativo
Independencia- con la colaboración del pueblo tucumano.
Todos los
cabecillas estaban presos en 1973 y fue Cámpora –otro
personaje nefasto de nuestra galería de políticos–
quien los liberó el 25 de mayo de ese año, cuando
asumió como presidente titiritesco y putativo.
La
reacción fue la represión por parte del gobierno
militar: necesaria para frenar este movimiento funesto;
pero llevada a cabo con el ingrediente de impunidad que
saborea todo argentino que llega al poder: en lugar de
juicios sumarios y listados públicos de ejecutados y
presos, se mató, torturó violó, robó –desde TVs
hasta hijos– en lo que se convino en llamar terrorismo
de Estado.
Si el
terrorismo es deleznable por lo cobarde de su accionar, el
terrorismo de Estado es absolutamente inaceptable.
Lo que
comienzo a ver, es que esta administración de terroristas
devenidos en políticos se está convirtiendo en un
gobierno donde se ejerce un nuevo tipo de terrorismo de
Estado, más sutil que el de los ’70, pero a la vez más
peligroso, destructivo e irreparable: no mata a personas
físicas, mata cerebros, voluntades, instituciones,
libertad de expresión, división de poderes, oposición,
ideas e ideales, movilidad social, esperanzas de un futuro
mejor, alianzas con socios/inversores convenientes para
lograr el verdadero crecimiento de todos los
habitantes del país, mercados para exportar,
autoabastecimiento de energía, de materias primas, etc.,
etc.
Compra
–como antes se compraban bebés– voluntades de
familias enteras que ya no trabajan, que no saben qué es
el esfuerzo, que no tienen modelos para imitar, a
excepción de una pareja que “baila por un sueño” o
un “patito feo” o un Homero Simpson, que se droga y
mata y roba para poder hacerlo... total, demora más el
damnificado en radicar la denuncia que el malviviente en
salir en libertad.
¿Qué
tienen que ver las madres de Plaza de Mayo –actual
espejismo de las verdaderas Madres Fundadoras, cuya actual
presidente, la ubicua Hebe, se regodeó públicamente con
la muerte de 3.000 personas en el atentado a las Torres
Gemelas- con la protesta del campo? ¿Estamos todos locos
o nos toman por descerebrados?
¿Por
qué tanto rencor con un sector al cual la mayoría del
gobierno actual ya pertenece –oculto tras testaferros–
ya que ha comprado más extensiones de tierra que las que
cualquier chacarero podría soñar jamás tener en su
vida? ¿Por qué no sentarse a negociar cuando el domingo
25, Rosario mostró lo que muchos queremos y pensamos?
¿Por qué despreciarnos? ¿Por qué tanta soberbia?
Por una
sola cosa: más allá de las actitudes que podemos
percibir, hay un plan para doblegarnos y someternos a las
voluntades de unos pocos... ¿uno, dos? no creo que más
tengan cabida en el riñón kirchnerista.
Reaccionemos,
argentinos de bien y de principios,
o será demasiado tarde: estamos frente a un nuevo
terrorismo de Estado, a una encrucijada entre la
obediencia obsecuente y la sumisión o el abandono y el
escarmiento por “mal comportamiento”.
No
sigamos dormidos. En paz pero con firmeza...
impidamos que el apellido Kirchner se vaya
transformando, cada día con más rapidez, en ¡¡Hitler!!
María
Inés Ponte
landmakmir@
gmail.com
Agradecimiento
Elijo
este medio para compartir mi profundo agradecimiento a mi
hermana, quien desde lo que le tocó vivir me enseñó a
mí y a todos los que tuvieron la oportunidad de estar
junto a ella (a quienes me atrevo a llamar elegidos) lo
más importante que una persona puede dejar como legado.
Nos
enseñó que frente al dolor tenés dos opciones:
entregarte o seguir adelante.
Aceptar
ayuda o tirarte en una cama.
Sentarte en una silla de ruedas o dejar de andar.
Que podes reír a carcajadas o ser indiferente.
Amar y cuidar a los tuyos o dejarlos de lado.
Vivir hora a hora o dejar que todo pase.
Decir que sentís miedo o dejar que te destruya por
dentro.
Hacer cosas buenas o hacer cosas malas.
Dar las gracias o quedarte callado.
Apretar una mano o cerrarla
Hablar o callarte.
Rezar o renegarte.
Avisar que te está esperando o esperarte sin que lo
sepas.
Pedir ayuda o reprocharte.
Valorar a los que están cerca o ser apático.
Llorar con los seres queridos o maltratarlos.
Pero como
era digno de ella siempre eligió la primera opción, lo
que le permitió aceptar la partida como un paso más en
la vida, despidiéndose de todos pero no desde lo
dramático, sino desde la alegría, tratando de que su
último suspiro no sea traumático para nadie. No dejó
nada al azar. Desde el esfuerzo que hacía al levantarse
hasta el esfuerzo que hacía para acostarse, entendimos la
importancia de que el agua de la ducha te caiga sobre el
cuerpo, tener sed y poder alcanzar un vaso de agua, poder
darte vuelta en la cama, poder caminar, poder dominar tu
cuerpo y, entonces, entendés el valor distinto de las
cosas.
Gracias
Virginia, porque lo que uno podría haber llamado días de
convalecencia fueron, para quienes estuvimos con vos,
días de sabiduría, paz, alegría, oración, fortaleza,
dignidad, compañía, pero sobre todas las cosas días
inolvidables.
Gorda
mía... hasta el cielo.
Fer
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