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Nuestra memoria sobre
Sarmiento
Escribe: Profesor
Oscar Darío Guazzaroni
“El hombre que
conserva la fe en el pasado no se asusta del porvenir” -
José Ortega y Gasset (español, 1883-1955, “Estudio
sobre Goethe”)
En reciente artículo (1)
he dado noticia de los giros que han sacudido desde
siempre, contra toda apariencia, la memoria histórica que
guardamos los argentinos de la vida del general José de
San Martín. Con ello intentábamos, junto a los lectores,
superar el fragoso escollo de entender, aunque sea en
parte, el conflicto permanente que tenemos con la
asunción armónica e integral del pasado colectivo.
A propósito de que en
septiembre conmemoramos un nuevo aniversario de la muerte
de Domingo Faustino Sarmiento, abordaré el tema mediante
el análisis del caso del ilustre sanjuanino que, si bien
diferente del de San Martín en sus contornos, se
emparienta con éste por su fondo y pone al descubierto,
con inapelable crudeza, la cuestión central que nos
preocupa. Pretendo así ampliar el asunto y atisbar otras
implicancias.
El abordaje de críticos
y divulgadores para cada caso ofrece variantes, pero el
remate, con las debidas excepciones, es el mismo: omitir o
falsear las vetas de la personalidad del prócer de que se
trate, sus opiniones o el sentido de sus obras, si eso
colisiona con las ideas preconcebidas de quienes lo
estudian. Distintas vías para un mismo blanco.
Dadas la incuestionable
grandeza de la obra y la firme y recatada coherencia del
pensamiento político sanmartiniano que la fundamentó,
nadie se ha atrevido todavía a la descalificación
absoluta a cara descubierta. Los recursos han sido siempre
el silencio parcial, el embozo y la vía indirecta.
Oportunamente pasé revista de estos procedimientos a
través de las corrientes historiográficas y las líneas
ideológicas que han prosperado en nuestro país.
Ahora quiero dar mayor
espacio al tratamiento de que ha sido objeto la figura de
Sarmiento. El fenómeno, atrayente y sugestivo por su
rotundidad, merece un particular examen. La metodología
de elusión de lo que estorba es aquí directa, vasta y
desenfadada, casi agresiva, con cierto dejo de
exhibicionismo. Muestra muchas veces sin pudor las
hilachas de las segundas intenciones.
En correspondencia con el
temperamento dionisíaco, apasionado y confrontador, a
menudo autoritario e intransigente de Sarmiento, pareciera
que el tráfago de opiniones y tesis históricas sobre él
jugara siempre sobre el tablero del todo o nada, del
blanco o negro. Suena a injusto que en reciprocidad con su
caudaloso ingenio, el alud multitudinario de sus ideas, la
palabra fácil sin pelos en la lengua y las ocasionales
salidas de grueso calibre que lo caracterizaban, se exija
a todo trapo para juzgarlo una vuelta de tuerca más. Es
inadmisible que en correlación con su torrentosa e
infatigable escritura periodística de cada día sobre
casi todo, se desmerezca el inigualable estilo del más
alto prosista argentino del siglo XIX en sus obras
fundamentales. No puede perdonarse que en conjunción con
la volcánica persecución, obsesa y a raja tablas, de sus
ideales y proyectos, se eche al vacío la valoración
equilibrada y equidistante que con el tiempo balancee
defectos y virtudes y los mida en el contexto epocal.
Todo eso se ha hecho con
Sarmiento. ¿Por qué? Porque así como hubo argentinos
-pienso en Alberdi- que evolucionaron naturalmente en su
ideario hacia lo que iban entendiendo como su propia
verdad, y quienes la fueron trocando sin engarces en
ávida búsqueda con trágico final -pienso en Lugones-
Sarmiento, a diferencia de aquéllos, dio flancos débiles
a los pescadores de contradicciones, esto como secuela de
la frenética acumulación aluvional de las ideas e
iniciativas de disímil cuño que hizo públicas en su
larga vida. Eso explica a la vez por qué sus exégetas se
han atrincherado en bandos beligerantes e inconciliables y
han renunciado sin regreso al eufemismo y la pintura
esfumada. Sarmiento tuvo hasta ahora demasiados
apologistas y desacreditadores y pocos críticos
ecuánimes.
Los panegiristas ven
hasta sus errores -que los tuvo- con la lente del color de
sus genialidades; los detractores, por reversa, computan
sus innegables virtudes -que las hubo- como inexcusables
defectos.
Las opiniones de
Sarmiento en la prensa chilena acerca de la soberanía de
Chile sobre la Patagonia y su apoyo irrestricto a las
agresiones anglo-francesas contra la Confederación
Argentina, compartido esto último por todos los
proscriptos, han sido considerados, por unos, flagrante
traición a la Patria, y por los otros, como juicios
apresurados y circunstanciales, propios de un
extravertido, o armas ineludibles en la lucha contra la
dictadura de Rosas.
Para los panegiristas, la
teoría sociológica expuesta por Sarmiento en el “Facundo”
-una obra magníficamente escrita- sobre la base de la
antítesis “civilización o barbarie” -para nosotros
una fórmula reduccionista, dicotómica, aunque seductora
-es verdad revelada y por lo tanto indiscutible. Olvidan
que el personaje Facundo, tal cual lo retrata Sarmiento,
es un poco la versión montonera del propio autor. Para
los detractores, el “Facundo” sólo esconde la fobia
del sanjuanino por la cultura popular de la pampa, a la
que aún no conocía directamente, y por el gaucho y su
raigambre española, a quien excluye arbitrariamente de la
futura realización nacional.
La visión apologética
imperó en escuelas y academias desde principios del siglo
XX a través de un voluminoso anecdotario; la
contestataria, ganó terreno después subrepticiamente con
el tiempo.
Hay una evidencia
incuestionable: los hombres de la organización nacional
-entre ellos la intrépida voluntad civilizadora de
Sarmiento- y los de la generación de 1880, hicieron
posible, por sobre sus defecciones, la consolidación para
la Argentina de un sistema educativo de excelencia en
todos los niveles, que alfabetizó universalmente a los
argentinos y se abrió a los conocimientos más avanzados
de ese momento en las ciencias, las letras y las artes.
Por el contrario, en el transcurso de los últimos
cincuenta años, atareados por actualizar las infértiles
controversias ideológicas del pasado disimuladas con el
disfraz de las nuevas banderías, hemos hipotecado paso a
paso, como ha sucedido en tantos otros campos, esa riqueza
hasta ponerla al borde de su inevitable destrucción.
Nada más gratificante
que acercar al lector la espléndida e inteligente
exactitud -me atrevo a glosarla- con que Ortega y Gasset
define, en fórmula magistral, la función beneficiosa que
cumple el conocimiento del pasado bien asumido en la
afirmación de la identidad de las personas y de los
pueblos.
En otro contexto -el
sórdido clima prebélico de la Europa de la década de
1930– y con otro fin -su estudio sobre Goethe- ha dicho
que el futuro nos esboza el horizonte incierto y
problemático de lo que todavía no conocemos; el presente
nos ocupa por entero con la urgencia del “hacer” de
cada día. Nos sentiríamos desnudos y desamparados de
todo auxilio y presos de total angustia si el pasado no
nos proveyera, a través de la experiencia personal y
social de lo ya hecho, un arsenal de instrumentos -el “cómo
hacer”- con los cuales ensayar la creación del presente
y avizorar esperanzados el hipotético futuro.
Para, como afirma Ortega,
el futuro no nos asuste y el pasado nos riegue con sus
benéficas aguas, deberíamos, a la luz del trato que
hemos dispensado a San Martín y Sarmiento, comprometernos
sin tardanza alguna los argentinos a sanar nuestra memoria
enferma, a evitar el desperdicio de nuestras mejores
energías siempre puestas en avivar los peores rencores
con el deleznable fuelle de lo que nos separa, a aprender
a reconstruir una vez más con humildad nuestra perdida
educación sobre el mejor aporte de nuestros antecesores,
en particular el de Sarmiento y su ministro Avellaneda, y
singularmente, a desterrar ese berretín tan argentino por
destruir lo que no hemos hecho nosotros y empezar siempre
todo de nuevo.
(1) El Civismo, sábado
16 de agosto de 2008. |