Miércoles 17 de Septiembre de 2008 - Edición 7414 - Edición digital: 0714

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Nuestra memoria sobre Sarmiento

Escribe: Profesor Oscar Darío Guazzaroni

“El hombre que conserva la fe en el pasado no se asusta del porvenir” - José Ortega y Gasset (español, 1883-1955, “Estudio sobre Goethe”)

En reciente artículo (1) he dado noticia de los giros que han sacudido desde siempre, contra toda apariencia, la memoria histórica que guardamos los argentinos de la vida del general José de San Martín. Con ello intentábamos, junto a los lectores, superar el fragoso escollo de entender, aunque sea en parte, el conflicto permanente que tenemos con la asunción armónica e integral del pasado colectivo.

A propósito de que en septiembre conmemoramos un nuevo aniversario de la muerte de Domingo Faustino Sarmiento, abordaré el tema mediante el análisis del caso del ilustre sanjuanino que, si bien diferente del de San Martín en sus contornos, se emparienta con éste por su fondo y pone al descubierto, con inapelable crudeza, la cuestión central que nos preocupa. Pretendo así ampliar el asunto y atisbar otras implicancias.

El abordaje de críticos y divulgadores para cada caso ofrece variantes, pero el remate, con las debidas excepciones, es el mismo: omitir o falsear las vetas de la personalidad del prócer de que se trate, sus opiniones o el sentido de sus obras, si eso colisiona con las ideas preconcebidas de quienes lo estudian. Distintas vías para un mismo blanco.

Dadas la incuestionable grandeza de la obra y la firme y recatada coherencia del pensamiento político sanmartiniano que la fundamentó, nadie se ha atrevido todavía a la descalificación absoluta a cara descubierta. Los recursos han sido siempre el silencio parcial, el embozo y la vía indirecta. Oportunamente pasé revista de estos procedimientos a través de las corrientes historiográficas y las líneas ideológicas que han prosperado en nuestro país.

Ahora quiero dar mayor espacio al tratamiento de que ha sido objeto la figura de Sarmiento. El fenómeno, atrayente y sugestivo por su rotundidad, merece un particular examen. La metodología de elusión de lo que estorba es aquí directa, vasta y desenfadada, casi agresiva, con cierto dejo de exhibicionismo. Muestra muchas veces sin pudor las hilachas de las segundas intenciones.

En correspondencia con el temperamento dionisíaco, apasionado y confrontador, a menudo autoritario e intransigente de Sarmiento, pareciera que el tráfago de opiniones y tesis históricas sobre él jugara siempre sobre el tablero del todo o nada, del blanco o negro. Suena a injusto que en reciprocidad con su caudaloso ingenio, el alud multitudinario de sus ideas, la palabra fácil sin pelos en la lengua y las ocasionales salidas de grueso calibre que lo caracterizaban, se exija a todo trapo para juzgarlo una vuelta de tuerca más. Es inadmisible que en correlación con su torrentosa e infatigable escritura periodística de cada día sobre casi todo, se desmerezca el inigualable estilo del más alto prosista argentino del siglo XIX en sus obras fundamentales. No puede perdonarse que en conjunción con la volcánica persecución, obsesa y a raja tablas, de sus ideales y proyectos, se eche al vacío la valoración equilibrada y equidistante que con el tiempo balancee defectos y virtudes y los mida en el contexto epocal.

Todo eso se ha hecho con Sarmiento. ¿Por qué? Porque así como hubo argentinos -pienso en Alberdi- que evolucionaron naturalmente en su ideario hacia lo que iban entendiendo como su propia verdad, y quienes la fueron trocando sin engarces en ávida búsqueda con trágico final -pienso en Lugones- Sarmiento, a diferencia de aquéllos, dio flancos débiles a los pescadores de contradicciones, esto como secuela de la frenética acumulación aluvional de las ideas e iniciativas de disímil cuño que hizo públicas en su larga vida. Eso explica a la vez por qué sus exégetas se han atrincherado en bandos beligerantes e inconciliables y han renunciado sin regreso al eufemismo y la pintura esfumada. Sarmiento tuvo hasta ahora demasiados apologistas y desacreditadores y pocos críticos ecuánimes.

Los panegiristas ven hasta sus errores -que los tuvo- con la lente del color de sus genialidades; los detractores, por reversa, computan sus innegables virtudes -que las hubo- como inexcusables defectos.

Las opiniones de Sarmiento en la prensa chilena acerca de la soberanía de Chile sobre la Patagonia y su apoyo irrestricto a las agresiones anglo-francesas contra la Confederación Argentina, compartido esto último por todos los proscriptos, han sido considerados, por unos, flagrante traición a la Patria, y por los otros, como juicios apresurados y circunstanciales, propios de un extravertido, o armas ineludibles en la lucha contra la dictadura de Rosas.

Para los panegiristas, la teoría sociológica expuesta por Sarmiento en el “Facundo” -una obra magníficamente escrita- sobre la base de la antítesis “civilización o barbarie” -para nosotros una fórmula reduccionista, dicotómica, aunque seductora -es verdad revelada y por lo tanto indiscutible. Olvidan que el personaje Facundo, tal cual lo retrata Sarmiento, es un poco la versión montonera del propio autor. Para los detractores, el “Facundo” sólo esconde la fobia del sanjuanino por la cultura popular de la pampa, a la que aún no conocía directamente, y por el gaucho y su raigambre española, a quien excluye arbitrariamente de la futura realización nacional.

La visión apologética imperó en escuelas y academias desde principios del siglo XX a través de un voluminoso anecdotario; la contestataria, ganó terreno después subrepticiamente con el tiempo.

Hay una evidencia incuestionable: los hombres de la organización nacional -entre ellos la intrépida voluntad civilizadora de Sarmiento- y los de la generación de 1880, hicieron posible, por sobre sus defecciones, la consolidación para la Argentina de un sistema educativo de excelencia en todos los niveles, que alfabetizó universalmente a los argentinos y se abrió a los conocimientos más avanzados de ese momento en las ciencias, las letras y las artes. Por el contrario, en el transcurso de los últimos cincuenta años, atareados por actualizar las infértiles controversias ideológicas del pasado disimuladas con el disfraz de las nuevas banderías, hemos hipotecado paso a paso, como ha sucedido en tantos otros campos, esa riqueza hasta ponerla al borde de su inevitable destrucción.

Nada más gratificante que acercar al lector la espléndida e inteligente exactitud -me atrevo a glosarla- con que Ortega y Gasset define, en fórmula magistral, la función beneficiosa que cumple el conocimiento del pasado bien asumido en la afirmación de la identidad de las personas y de los pueblos.

En otro contexto -el sórdido clima prebélico de la Europa de la década de 1930– y con otro fin -su estudio sobre Goethe- ha dicho que el futuro nos esboza el horizonte incierto y problemático de lo que todavía no conocemos; el presente nos ocupa por entero con la urgencia del “hacer” de cada día. Nos sentiríamos desnudos y desamparados de todo auxilio y presos de total angustia si el pasado no nos proveyera, a través de la experiencia personal y social de lo ya hecho, un arsenal de instrumentos -el “cómo hacer”- con los cuales ensayar la creación del presente y avizorar esperanzados el hipotético futuro.

Para, como afirma Ortega, el futuro no nos asuste y el pasado nos riegue con sus benéficas aguas, deberíamos, a la luz del trato que hemos dispensado a San Martín y Sarmiento, comprometernos sin tardanza alguna los argentinos a sanar nuestra memoria enferma, a evitar el desperdicio de nuestras mejores energías siempre puestas en avivar los peores rencores con el deleznable fuelle de lo que nos separa, a aprender a reconstruir una vez más con humildad nuestra perdida educación sobre el mejor aporte de nuestros antecesores, en particular el de Sarmiento y su ministro Avellaneda, y singularmente, a desterrar ese berretín tan argentino por destruir lo que no hemos hecho nosotros y empezar siempre todo de nuevo.

 

(1) El Civismo, sábado 16 de agosto de 2008.

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