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Bienvenidos a la casa del
Gran Hermano
Hay ocasiones en las que
la pasividad de los representantes del pueblo causa
preocupación. Hace semanas que desde éste y otros medios
de comunicación de la ciudad se informa acerca de la
medida de seguridad que, por voluntad propia, decidieron
poner en marcha vecinos del barrio Los Laureles.
Por consenso limitado –no
se consultó a la totalidad de los vecinos de ese barrio y
mucho menos a todos los ciudadanos que, por diferentes
razones, ponen un pie en esa zona- se instaló una cámara
de seguridad que registra los ingresos y egresos al
barrio.
Por una razón visual, la
imagen también ofrece los detalles del movimiento vecinal
en las viviendas cercanas a esa entrada. Los Laureles no
es un club de campo, un country o barrio cerrado; se trata
de un barrio más del partido de Luján, como cualquier
otro, en el que el presidente de la sociedad de fomento
(hoy Juan Pablo Merlo, mañana el que disponga la asamblea
barrial) tiene la clave para acceder a las imágenes de la
vía pública y transformarse así en el sheriff
tecnológico de la zona urbana en la que vive y es
fomentista.
Lejos de analizar lo
polémico de la medida, el fomentista y sus adherentes ya
estudian el modo de ampliar las filmaciones públicas y no
limitarlas a los ingresos del barrio. Afirman, entre otras
cosas, que llegaron a ese sistema luego de reclamar sin
resultados a las autoridades políticas y policiales de
turno. La imagen que en tapa ofreció EL CIVISMO en su
edición del sábado pasado es por demás de elocuente: el
fomentista Merlo frente a imágenes de una cámara de
seguridad.
Las autoridades
políticas locales, ¿no deberían realizarse algunas
preguntas? Como ayuda, ofrecemos algunas que nacen a
simple vista. ¿Quién avala a este fomentista para
meterse de lleno en la privacidad de las personas que
circulan por las calles de Los Laureles? ¿Quién tiene
los datos que acrediten que Merlo utilizará “para el
bien” y durante todo lo que dure su existencia, la
información que emana de esas cámaras? ¿Cuántas
personas más tienen acceso a las imágenes? ¿Y si algún
día la delincuencia le pone precio a esas imágenes? ¿A
cuánto cotizará la seguridad filmada de los vecinos de
Los Laureles?
Seguramente las preguntas
recién formuladas son alarmistas, innecesarias,
exageradas. Ojalá que el paso del tiempo confirme estos
calificativos.
Este y otros medios de
comunicación dieron detalles de esta iniciativa vecinal y
ninguna autoridad -ni política, ni policial ni judicial-
se dio por enterada. Por el contrario, en coincidencia con
la polémica medida que ya está en marcha en Los
Laureles, los concejales debaten en comisión la
colocación de cámaras de seguridad en el centro de la
ciudad. Y los pronósticos indican que lograría un apoyo
unánime de las fuerzas políticas.
Lo importante –parece-
es el fin y no los medios. El fin es responder con alguna
acción a las justificadas quejas de los comerciantes y
vecinos que temen por su seguridad en las calles más
concurridas de Luján. El medio que se analiza, la
utilización de cámaras que registrarían todos los
movimientos ciudadanos.
De la idea surgen
preguntas que sería enriquecedor que tuvieran respuesta
antes de la aprobación del proyecto. ¿Quién estará del
otro lado de las cámaras, vigilando lo que esos aparatos
registran? ¿Quién defiende el derecho de la persona que
no transita por el centro con intenciones delictivas y no
quiere ser filmada? ¿Quién asegura que los vigiladores
siempre utilizarán la información que genera esta
tecnología para brindar seguridad y no para aportar
detalles a la delincuencia? ¿Quién tiene el poder para
avasallar los derechos individuales en nombre de la
seguridad? ¿Quién certifica que con cámaras en el
centro la delincuencia no se mudará apenas unas cuadras?
Afortunadamente, la idea
que por estos días se discute dentro del Concejo
Deliberante chocará con un problema que ya conocen
aquellos municipios que pretenden “televisar” su vida
callejera: el costo. En Pilar, por ejemplo, se estima que
la colocación de cámaras en “15 puntos estratégicos”
del partido tiene un costo de 450 mil dólares, una cifra
que frenó el rápido impulso con el que venía la
iniciativa. |