Palabras del
último rector vicentino
Un saludo de despedida
Al concluir mi servicio como
Padre Rector y Cura Párroco de la Basílica Nuestra Señora de
Luján, quiero hacer llegar por este medio gráfico -que amable,
fraterno y generoso me ofrece sus páginas- mi más cálida
despedida al pueblo de la villa y ciudad de Luján, en la que he
tenido el honor de vivir estos últimos 20 meses.
Les aseguro que para este
sacerdote y misionero vicentino, ha sido una dicha incomparable e
inolvidable haber ocupado el cargo de Rector y Párroco en el
corazón religioso de esta ciudad de la Fe y de la Historia que
es, indiscutiblemente, Luján en la República Argentina.
Ante todo les pido que no se priven, ni un solo día, de la
alegría y el honor de vivir en la Villa fundada por la Madre de
Dios, que puso su sede de gracia y misericordia a orillas de este
río humilde, del que se dignó tomar su nombre hace ya 371 años.
No olviden que Luján es una palabra mágica en toda la extensión
de nuestra Patria, e inclusive en muchas naciones más allá de
nuestras fronteras.
Luján es María de Luján. Luján es la ciudad guardiana del
máximo tesoro religioso, histórico y cultural de la Argentina.
No separen, por favor, la Virgen y su Basílica del Museo
histórico, que complementa admirable e inseparablemente lo que es
Luján.
Aquí la Madre del Señor se erigió un Santuario para acoger
incesantes multitudes atraídas por su compasivo corazón de
Madre. Aquí también, lo sabemos muy bien, nació el sueño de
una nueva y gloriosa Nación. De rodillas, con unción y
temblorosas las manos, los padres de la patria ofrendaron sus
vidas y retemplaron sus fuerzas para que se hiciera realidad lo
que hasta entonces era un sueño.
¡Lujanenses: los envidio! ¡Ustedes están en Tierra Santa! Saben
bien que mi fe y mi condición de argentino no me engañan: Luján
es el Altar mayor de la Patria y es la cuna verdadera de su
historia.
¿Que la están pasando mal en estos tiempos? No la pasaron mejor
los hombres de mayo, ni las huestes que se arrodillaron ante esta
Milagrosa Imagen para armarse de tanto más coraje, cuántos menos
eran los recursos con que contaban para prevalecer frente a
ejércitos mejor entrenados y mejor armados que ellos. Por eso, y
definitivamente les aseguro: si ustedes son los primeros en
dejarse amar por Ella, confiar en sus favores y poner en sus manos
lo que son y lo que tienen, entonces ustedes también serán, no
lo duden, los primeros en decirle a los incontables peregrinos que
inundan año tras año sus calles: "¡Hermanos, ustedes
acertaron! ¡Ella es Madre! ¡Es la Madre! Dejen confiados en su
Camarín sus ruegos, sus lágrimas, su esperanza y sepan que nadie
se fue de Luján con las manos vacías!".
Por último, permítanme decirle a la Madre. Mejor dicho, a los
ojos de la Mami que dejo con ustedes en su Villa, y en esta
Basílica que tanto tiene de vicentino: "Tienen tus ojos,
Madre, tanta bondad, que al mirarlos me inundan de gozo, me
inundan de paz. ¡Ah! Mirarlos yo pueda en mi vida por siempre, y
al final tu mirada, Mamita del alma, me lleve hasta Dios".
¡Hasta siempre! ¡Lujanenses, los amo y siempre los llevaré en
mi corazón!
|