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Derechos pisoteados
Los contactos directos que la gente
tiene con el Estado se pueden contar con los dedos de una mano. Uno se
cruza con el Estado y su estructura cuando necesita plantear un
problema en el ámbito de su Municipio; cuando los servicios no se
brindan y nadie responde por ello; cuando se exige el pago de
impuestos a los mismos de siempre y siguen exentos los mismos de
siempre, o cuando se tiene que realizar un trámite en un organismo
estatal.
En ese último punto es donde ahora la gente se siente burlada en
todos sus derechos. Lo que sucedió en estos días pasados en las
entidades bancarias, y en particular en la sucursal local del Banco
Provincia, es una muestra más de que a los políticos que ejercen el
poder sólo le importan los ciudadanos a la hora de renovar sus
mandatos.
Al constatar lo que cientos de jubilados y pensionados del partido de
Luján -en concordancia con lo ocurrido en todo el país- sufrieron
dentro de ese edificio, uno se queda sin palabras para expresar el
sentimiento de desprotección y absoluta falta de respeto.
Igualmente, la burla no fue menor con los miles de usuarios o personas
que se vieron obligadas a la abrupta "bancarización". En
realidad, todo parte de la gran burla mayor de bloquear la totalidad
de los ahorros de la gente y restringir el retiro de efectivo, algo
para lo que, en teoría, el Estado no tiene derecho, porque se trata
del dinero que cada uno se supo ganar o ahorrar.
Esa falta de respeto hacia los ciudadanos se completará en breve,
cuando se apruebe el presupuesto 2002, que proyecta un ajuste de 9.200
millones de dólares. Menos plata para la educación pública, entre
otros retoques, marcan la línea de acción de los gobernantes,
entregados a las imposiciones extranjeras.
El viernes y el lunes pasado, la gente de Luján se encontró con el
Estado argentino cara a cara. Se dio cuenta que el presidente es un
mentiroso cuando dibuja su discurso para hablar de una supuesta
reactivación; que Domingo Cavallo es un funcionario extranjero con
poder en nuestra tierra, y que el gobernador Carlos Ruckauf se ríe de
todo cuando no hay nada gracioso a la vista.
El desfile de personas decepcionadas fue interminable. Los jubilados y
pensionados, si tenían la suerte de cobrar después de padecer colas
de tres o cuatro horas, recibían sólo parte de su haber y en
patacones serie "B", rechazados en numerosos comercios de la
zona. "Del resto del salario no tenemos noticias. Suponemos que
la semana que vienen", arriesgaban los trabajadores del banco
ante el mal humor imperante.
En ese marco, eran lógicas las reacciones contra los que nada tienen
que ver con las medidas económicas de un gobierno entregado. Una
jubilada despotricaba contra el cajero que frenó la cadena de pagos
para ir al baño; o contra el empleado al que pusieron a ordenar la
fila de espera.
Y lo triste era que ninguna de las dos partes tenían la culpa de la
falta de respeto. Ni los jubilados que insultaban a los empleados; ni
los trabajadores que después de ordenar la cola o pagar con patacones
serie "B" pasaban a sufrir la crisis actual como cualquier
hijo de vecino.
El disgusto, algún día, se transformará en acción. Sin
oportunistas de por medio, la gente comenzará a plantarse ante las
acciones de su gobierno. Y por ejemplo, en lugar de correr a abrir
miles de cajas de ahorro, saldrán a golpear las puertas de los
despachos oficiales o judiciales, para hacer valer sus derechos. Esos
que en estos días quedaron pisoteados en las sucursales bancarias.
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