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Civilización o barbarie

El extinto gobierno nacional, con su correlato en niveles provinciales y municipales, llevó a millones de personas a tener motivos para actuar con una supuesta justificación de la violencia y el delito. "Vengo a robar comida porque tengo cinco hijos y no hay para comer", se gritó en Luján y en casi todas las provincias argentinas, antes o después de saquear las góndolas de los supermercados.
Los escasos vecinos de nuestro partido que ingresaron a los comercios para tomar sólo lo necesario para alimentarse, se mezclaron con centenas de supuestos vivos, oportunistas y ladrones. En el descontrol no hay distinción de clases y casos. Todos se aprovechan de la situación, en mayor o menor medida, pero para ello es primordial que haya un disparador. Y no hay dudas que fue el modelo económico que hasta el jueves se aplicó a ultranza.
En los tristes días de esta semana, Luján mostró la imagen elocuente de su realidad social. Dejó de ser esa ciudad con alma de pueblo y pasó a confirmar su calidad de ciudad del conurbano, con toda la problemática que ello implica. En los barrios la gente tiene sus necesidades básicas insatisfechas y se cuentan de a miles.
Sin embargo, definir grados de culpabilidad ante lo ocurrido se hace muy difícil, más cuando el hartazgo es tan generalizado. Con todo, los grandes responsables de lo sucedido no son los saqueadores; tampoco los propietarios de los comercios o sus empleados, y mucho menos las desbordadas fuerzas de seguridad. Ni siquiera ese gitano que hurtó dos televisores; el verdulero que saqueó en dos supermercados; el ama de casa que se ensució las manos con dos jabones; el hincha del Club Luján que arrebató electrodomésticos; la señora que "robó para comer" y en la esquina del supermercado se pidió un remis; el vivo que se creyó Robin Hood porque entregó mercadería robada a los pobres, o el "izquierdista" que está convencido de que por robar en Norte le hizo un tremendo daño al sistema imperante.
Para la ley, todos los que pasaron por las puertas de los comercios con productos que no pagaron, son delincuentes. Pero analizado desde el actual contexto social, todos terminan siendo víctimas de una opresión que no deja margen para vivir en paz. En especial, los empleados de esos negocios, que cobran sueldos con los que jamás podrán llenar los changuitos como los cargaron los saqueadores. Porque debe quedar en claro que ser víctima no justifica ser violento o delincuente.
De todos modos, si hubiese un tribunal capaz de juzgar la multitud de delitos cometidos en estos días, la mayor condena debería pesar sobre los que decidieron, hace décadas, comenzar a aplicar un modelo de hambre para el pueblo y dinero para el extranjero.
La clase política sigue sin encontrarle la vuelta a un país rico en sus tierras y extremadamente pobre en sus bolsillos. Claro, hay excepciones, porque a pesar del enorme caudal de votos bronca, los políticos en general hicieron oídos sordos y no recortaron sus ingresos. El mensaje de la gente fue transparente: votó porque quiere vivir en democracia, pero quiere dirigentes honestos, austeros y que no mientan.
Por el contrario, los gobernantes cercaron a la gente de tal manera que la bronca ahora se manifestó con violencia. ¿Cuántos veces en los últimos tiempos escuchó la frase `Esto no se aguanta más'? Fueron años de cortar un derecho tras otro.
Sin contar a los millones de argentinos que no tienen trabajo, o al 40 por ciento de lujanenses que tienen problemas laborales, los que conservan su fuente de trabajo no cobran; cobran miserias; reciben su sueldo en comodísimas cuotas, o en patacones, un flamante invento argentino.
Los que trabajan y además tuvieron la suerte de ahorrar algunos pesos, los tienen trabados en el banco porque el gobierno renunciante lo necesita para cumplir con esos mismos bancos y con los intereses extranjeros.
Los comerciantes están ahogados de impuestos y cargas sociales y ni siquiera pueden ofrecer sus productos para las fiestas, llevándolos a un callejón sin salida.
Los jubilados y pensionados pasaron meses sin remedios, médicos, asistencia hospitalaria y cobertura social, porque el PAMI sigue siendo la caja la registradora de la burocracia y el amiguismo político. Y en los últimos días ésta le quitaron el derecho de cobrar la lismona que se les paga por haber trabajado durante toda la vida.
La gente venía pidiendo un cambio, siempre dentro de las instituciones de la democracia. Y fue la ineficiencia de muchos años y de los dirigentes la que cerró las salidas hasta llevar a la violencia.
Ahora, sólo resta esperar que lo sucedido no haya sido en vano. Que los que sigan con el poder escuchen las necesidades del pueblo y actúen en consecuencia. Y que ese papá que esta semana se sentó en la mesa con su hijo a comer comida robada, le explique que eso que hicieron el miércoles no lo tienen que hacer nunca más. Si nada de esto pasa, somos nosotros mismos los que nos condenamos a la pobreza eterna.


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