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Brindemos por un cambio

Cada fin de año, al menos de los últimos diez, la reflexión generalizada de los argentinos fue la de pedir que el almanaque se termine; que por favor deje paso a otro calendario, flamante en sus expectativas y esperanzas. Sin embargo, cada año la soga apretó más y más a la clase trabajadora o desocupada del país, y hoy no hay una sola familia sensata que no eleve su copa para pedir por un año mejor.
Si la solicitud la realiza un ateo, y sólo espera medidas terrenales, habrá que esperar que los flamantes gobernantes hagan las cosas pensando en la gente y no en sus bolsillos o los intereses externos.
El hartazgo popular que copó la calle en la irrepetible semana pasada demostró a los dirigentes de todos los sectores (políticos, católicos o gremiales) que el poder está en la gente. Por si quedaban dudas, es la ciudadanía la que decide quién dirige y también decide cuándo esa persona tiene que dar un paso al costado.
Además, escribió en los futuros libros de Educación Cívica que la democracia no sólo se expresa o se ratifica en las urnas, que sólo se abren una vez cada dos años. Miles de golpes de cacerolas pueden ser más fuertes que millones de votos en blanco o impugnados. Esos ruidos a lata fueron escuchados por los alejados miembros del gobierno anterior y todavía deberían sonar en los oídos de quienes tomaron la banda presidencial con todos sus alcances.
¿Qué pasará cuando en los próximos días se les agoten los víveres a los saqueadores de clase media y baja? ¿Cuál es la solución de fondo que se planifica para evitar males futuros? Preguntas cuyas respuestas ya tendrían que estar consensuadas en la Casa de Gobierno.
Ahora el crédito de la esperanza, a muy corto plazo, lo tiene Adolfo Rodríguez Saa, inquilino de la Casa Rosada y la Quinta de Olivos por los próximos meses. La sensación de alivio que siguió a la noche de los cacerolazos está dejando paso al análisis, y los discursos "populares" tienen que tomar forma de acción seria y concreta.
Está claro que, de a poco, se evidencia la nueva realidad: los cambios profundos que se reclamaron la noche del miércoles 19 y en la sangrienta jornada siguiente, todavía son una deuda. No se soluciona la crisis social con una sonrisa eterna y un mentiroso 1 a 1 del peso con el dólar.
Hoy en día, las cuentas siguen trabadas por las especulaciones bancarias; los trabajadores sólo cobran si tienen la suerte a su favor; los jubilados siguen padeciendo lo mismo que hace diez días; los docentes de la provincia de Buenos Aires están a un paso de su vidriosa "municipalización", y los operarios de cualquier industria (pequeña, mediana o multinacional) están expuestos a las reglas del libre mercado, aunque digan que derogan la Reforma Laboral.
Las gruesas falencias sociales tampoco se arreglan con carisma y palabras acordes para cada oyente. El "sistema Prince" para solucionar problemas y ganar elecciones quedó expuesto en la semana del caos. Ni siquiera en Luján, un supuesto pago chico, las cosas se arreglan con asistencialismo barato y demagogia oportuna.
El pan dulce y la sidra para Navidad; la rosca para Pascua, y las chapas para las elecciones, ya no son paliativo para cientos de familias que están hartas de ser usadas para intereses partidarios y personales.
Deben darse cambios profundos que los políticos actuales tendrán que aplicar, aunque les duelan sus bolsillos y los de sus amigos. Basta con mirar en el horizonte más cercano para notar que los que se desesperan por ingresar a los escalones de poder no tienen ni la menor idea de cómo solucionar los problemas de la gente.
Un director de Desarrollo Social que en medio de los saqueos pasea con su bicicleta y hace comentarios de señora rodetuda, no sirve para una responsabilidad pública; tampoco el funcionario de tránsito que está en el lugar adecuado haciendo tareas inadecuadas, o pensando que un celular es su única vía de acción.
También debe admitir su ineficiencia aquella secretaria a la que le llovieron propuestas de ayuda solidaria, pero las descartó a todas porque no llevaban agua para su molino político. Ese cóctel de mediocridad genera un caldo de cultivo ideal para el hartazgo popular y el asentamiento de los oportunistas, que nunca faltan.
Seguramente es mucho pedir, pero al menos los lujanenses brindemos porque el año que viene no haya argumentos para escribir los últimos cuatro párrafos de este editorial.


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