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"Sueño de una noche de verano" en el parque San Martín
Juegos en el bosque encantado

La obra de William Shakespeare en adaptación y dirección de Amalia Mauriño, lució con magia en el escenario al aire libre, aunque el tiempo de bajas temperaturas no acompañó la propuesta.

Quienes presenciaron las primeras representaciones de "Sueño de una noche de verano" en algún viejo teatro isabelino, difícilmente imaginaron que estaban frente a una obra destinada a convertirse en un ícono del autor, capaz de maravillar con su trama a través de los siglos. Porque como en toda su producción, nada sucede por azar.
El bosque no es un lugar más en la obra de Shakespeare. Es donde los príncipes lloran su destierro y donde los enamorados tejen sus eternas historias. Es la imagen misma de la naturaleza y la cuna de leyendas y mitos sobre diablos y hechiceras.
En "Sueño de una noche..." -apuntó el crítico Osvaldo Quiroga una vez-, el bosque cobija la locura de una noche de junio. Elena, Demetrio, Hermia y Lisandro forman un cuarteto amoroso que a instancias de Puck y sus efluvios mágicos vive una serie de confusiones. Pero no es precisamente celestial el bosque donde las hadas le cantan a Titania, sino la imagen más acabada del mundo. En él la vida y la muerte conviven con la magia, las pasiones y las más atroces pesadillas.
En realidad, la obra del bardo contiene tres planos que se comunican entre sí, que interaccionan en el espacio y en el tiempo. El de las parejas juveniles, Hermina-Lisandro y Elena-Demetrio; el de la discordia y reconciliación entre la reina de las hadas y el rey Oberón, acompañados de sus correspondientes cortes, y el de los ensayos teatrales que animan los comediantes.

El trabajo escénico
Resultó original la propuesta de plasmar la trama y con ella a sus personajes, en el ámbito del parque San Martín. La frondosa y añeja arboleda, prestó un particular encanto al desarrollo de la historia, abriéndose como un atractivo abanico, de donde surgieron casi mágicamente, cada una de las criaturas que le dan sustento.
Con reminiscencias atávicas de Botticelli, los personajes irrumpieron entre los cálidos colores procurados por la iluminación, y las penumbras de la noche, para como en un ballet, corporizarse y dejar la estela de su diáfano sentido protagónico en uno u otro lugar.
Este meritorio trabajo de puesta escénica, fue el principal soporte de esta realización, que significó además para los actores, dejarse embeber por el nada fácil texto de Shakespeare.
Implicó también delimitar espacios entre la naturaleza para ubicar el escenario y el lugar destinado al público, y dotar de iluminación y amplificación apropiada para permitir el desarrollo y entendimiento de la acción.
Con entusiasmo, dóciles movimientos y voz, se plegaron a este sueño Diego Ruiz, Silvia Domínguez, Celeste Muzio, Gala D'Biasi, Manuela D'Biasi y Verónica Tomasczik, como hadas. Puck fue Marina Miranda; Oberón, Francisco Martínez; Titania, Lidia Ares; Hermia, Patricia Coria; Lisandro, Mariano Gutiérrez; Helena, Myriam Traverso; Demetrio, Fernando del Case; Quince, Carlos Tomasczik; Botton, Santiago Curcio; Flute, Sebastián Tomasczik; Starveling, Gastón Rodríguez; Hipólita, Paula Bermúdez y Teseo, Diego Battioni.
A este plantel, deben agregarse Pablo y Darío Saavedra, Gabriel Celli, Marlene y Luis Ayala en carácter de músicos y canto, y muchos meritorios nombres que concretaron su colaboración en vestuario, máscaras y otros elementos tendientes a enriquecer esta pieza del escritor inglés.
Resta señalar que las temperaturas de los días en que se presentó la pieza, no fueron las ideales para presenciar un espectáculo al aire libre. Sin perjuicio de ello, mucho público asistió a cada una de las funciones.
El frío que se hizo notar con intensidad en los dos últimos fines de semana posiblemente acobardó a muchos asistentes, a la vez que sumó a los actores a otro desafío extra: al tener que exponerse en ese clima con ropas muy livianas.


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