| Que se vaya
Sólo para los libros de
historia argentina es importante el dato: el sábado asumió
Roberto Lavagna como ministro de Economía de la Nación.
¿Por qué tanto escepticismo ante una renovación en el seno
del gobierno? Porque este señor que fue nombrado funcionario
durante la acortada gestión del Fernando De la Rúa, llega al
Ministerio de la gestión de Eduardo Duhalde para cumplir
órdenes que están totalmente definidas.
Iluso de aquel que piense que Lavagna arribó al sillón de
Economía para imponer ideas alternativas. El paquete de leyes
que aprobó o tratará en breve el Congreso de la Nación, y
los benditos 14 puntos del acuerdo firmado hace días entre
Duhalde y los gobernadores, son las baldosas del camino que
deberá pisar Lavagna. Apenas se aparte de esa senda su
destino quedará sellado como en el caso de su antecesor,
Jorge Remes Lenicov.
El problema para la mayoría de los argentinos es que el
camino construido a medida de los intereses externos tiene en
sus márgenes a las urgencias sociales. Como indica la lógica
de política que desarrollará el flamante ministro, se
honrará el pago de la deuda externa, quedando insignificantes
márgenes de gastos o inversión en seguridad, salud,
educación, trabajo, salarios y jubilaciones.
Lavagna asume para refrescar al Ministerio en imagen, pero su
única tarea es disimular en la calle lo que será un ajuste
terrible. Claro que para ello el pueblo deberá ignorar lo que
sucede porque, si se entera, Lavagna, Duhalde y algún otro
funcionario tendrán la misma suerte que De la Rúa. La gente
a los gritos y en masa pedirá que se vayan.
Están gobernando de manera tal que su huida de la Casa Rosada
no parece algo delirante. No hay que ser economista doctorado
en Harvard para comprobar que las medidas de Lavagna son una
copia remodelada de las recetas que no le sirvieron ni a
Domingo Cavallo, ni a los ministros de Carlos Menem, ni a los
funcionarios de De la Rúa, ni al propio Jorge Remes Lenicov,
el más reciente engaño de la clase política.
Los 14 mandamientos que ante las cámaras firmaron las
autoridades nacionales no son más que meras intenciones
generales, muy distantes de la práctica y las necesidades de
la gente.
En la era Lavagna, las provincias tendrán que cerrar acuerdos
bilaterales con el Fondo Monetario Internacional (porque nadie
discute en el seno del Estado que ellos son la única salida),
lo que traerá aparejados despidos o reducciones drásticas.
En la era Lavagna, el corralito seguirá con su alambrado
firme y no dejará escapar dólares de los
"irrespetuosos" ahorristas que a través de la
Justicia logran recuperar lo que es de ellos. Se diseñará
una versión aceptable del Plan Bonex, y todo seguirá como
hace meses, a pesar de haberse cumplido los 90 días que,
según Cavallo, duraría la medida de retención de los
ahorros.
En la era Lavagna, la ley de quiebras le asegurará a los
acreedores todas las condiciones para conseguir todo lo que
creen suyo dentro de las jaqueadas estructuras empresariales.
En la era Lavagna, el dólar seguirá su vida autónoma, que
en definitiva perjudica el nivel de vida de la población y el
dinero de los impuestos seguirá conformando las enormes
transferencias que se giran al exterior y se retacean donde
realmente hacen falta.
En la era Lavagna, en síntesis, todo seguirá peor que antes.
Aquellos que lograron hacer una lectura más o menos detallada
de las acciones que desde el lunes emprendió el nuevo
ministro, ya tienen argumentos de sobra para pedirle que se
vaya. |