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Buenos muchachos
Los argentinos no podemos ser
tan débiles de memoria y a esa característica sumarle la
pasividad ante los acontecimientos, aunque estos nos pasen por
arriba. Cuando un pueblo junta esos dos defectos, como
resultado sólo podemos esperar una crisis como la actual, con
un grupo de dirigentes como los nuestros, que aseguran
trabajar por la gente desde hace décadas, mientras en sus
gestiones el país se cae a pedazos.
Por el bien de todos, Argentina no puede ni debe olvidar que
Luis Barrionuevo es el sindicalista gastronómico eterno,
dirigente de Chacarita Juniors -con amistades en la barra
brava-, autor de frases vergonzosas para los libros de
historia, tales como "debemos dejar de robar por dos
años" o "en este país nadie hace plata
trabajando".
Hoy Barrionuevo, de la mano de su esposa y flamante ministra
de Trabajo, Graciela Camaño, es la figura de
"renovación" y "cambio" que pidió el
pueblo que echó a patadas a Fernando De la Rúa. En resumidas
palabras, lo menos presentable de la estructura del
justicialismo viene a dar aire a un gobierno asfixiado por sus
propias flaquezas.
En ese escenario de decadencia política y resignación
popular aparece la figura de Hugo Moyano, un impresentable
para cualquier país civilizado, un elemento de fuerte peso en
las decisiones nacionales dentro de la realidad argentina.
Ahora que su espacio quedó relegado por los muchachos de
Barrionuevo, Moyano llora, grita y patalea.
El sindicalista camionero está tan enojado por haber sido
marginado del reparto de puestos, funciones y presupuestos,
que hasta anunció la realización de un paro. Moyano, el gran
opositor. Mientras tanto, la CGT "dialogista" se
ocupa de sus asuntos.
Había una vez un gremialista llamado Víctor De Gennaro,
dirigente de la Central de Trabajadores Argentinos (CTA), que
protestaba contra los gobiernos "entregados" del
radicalismo y hasta presentaba propuestas alternativas. Hoy es
un perfecto desaparecido.
¿De Gennaro y los suyos creerán que la solución para todos
los problemas de la Argentina llegó de la mano de la libertad
de "El Turco" Alí? ¿Tan sencillo y limitado era
todo? ¿Hasta ese punto se protestaba y ahora no hay motivos
para defender a la clase obrera?
Barrionuevo, Moyano, Daer y De Gennaro también son
protagonistas del "que se vayan todos". Pero debemos
entender que la culpa no es de ellos, sino de quien les da de
comer.
Eduardo Duhalde, con su política marcada desde el exterior,
se está olvidando de su pueblo, aunque afirme lo contrario
por Crónica TV o en los reportajes de Marcelo Bonelli.
Igualmente, eso no es lo más grave dentro del presente que
nos toca vivir. Duhalde se olvida que llegó a la Presidencia
de la Nación como consecuencia del grito unánime de la
gente, que en la calle pedía "que se vayan todos".
Duhalde, como vicepresidente del gobierno de Carlos Saúl
Menem, gobernador de la provincia de Buenos Aires y senador de
la Nación, debió darse por aludido y quedar en el
ostracismo. No lo hizo, y ahora pretende aferrar al poder a
las peores figuras de la política de los últimos años.
En los alrededores de su gestión revolotean -con abultados
sueldos mensuales- figuras como Humberto Roggero, Miguel Angel
Toma, Antonio Cafiero, Raúl Alfonsín, Rodolfo Daer, Irma
Roy, Carlos Ruckauf, Jorge Matzkin, Alfredo Atanasof, Armando
Cavalieri y demasiados más. Hoy son muy pocos los que gritan
"que se vayan todos", pero que no queden dudas que
el pedido está dirigido a todos los mencionados.
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