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Ruegos en la tradicional
ceremonia anual
El domingo, tras una misa
concelebrada presidida por el arzobispo de Mercedes-Luján,
monseñor Rubén Di Monte, fue relevado el manto de la Imagen ante
cientos de fieles que manifestaron su emoción con oraciones y
aplausos.
Una
de las ceremonias más emotivas que se desarrollan en la Semana de
Luján es aquella mediante la cual se procede al cambio de manto
de la Virgen. El domingo, como broche de una misa concelebrada que
presidió el arzobispo de Mercedes-Luján, monseñor Rubén Di
Monte, nuevamente cientos de fieles se dieron cita en la Basílica
Nacional para presenciar el tradicional relevo que se realiza a la
milagrosa Imagen.
Se trata de una ceremonia sencilla pero a la vez significativa,
dado que despierta una inmensa expectativa por dos motivos
esenciales. No todos los días la Imagen es descendida de su trono
y sólo una vez cada doce meses, se reemplaza el manto celeste y
blanco con detalles bordados y piedras que la viste.
En esta ocasión, la Imagen fue ubicada desde las primeras horas
del día en la parte inferior del altar mayor, custodiada por una
guardia de honor, ya sin el manto y mostrando su coraza de plata.
Fue dispuesto también un vallado que permitió el pasaje ordenado
de los fieles que de este modo pudieron apreciar con mayor
cercanía la imagen de María.
Aunque hubo que esperar a la finalización de la misa de las 19
para presenciar la ceremonia, el tema fue eje de la homilía que
monseñor Di Monte realizó durante el oficio religioso.
Aludiendo al momento crítico y difícil del país, comentó que
"a veces se nos dice que todos somos culpables. Mentira
-afirmó- no todos somos culpables, pero sí todos tenemos que
rezar juntos para salir de este momento, y pedir que nos ayude y
acompañe, comenzando por aquellos que nos gobiernan y tienen una
responsabilidad muy grande, siguiendo por aquellos que tienen
decisiones de poder -económicas y financieras-, para que
reaccionen según Dios y no según sus intereses personales o de
sectores. Pidámosle a la Virgen por la paz y el país".
Más adelante, al bendecir el manto precisó: "Nuestras manos
se estiran para tocar el manto de Nuestra Madre; nuestras manos
llevan la gracia y el alivio de haber llegado hasta Ella; sólo
eso nos deja en paz y llenos de confianza. Hoy te pedimos que
bendigas este nuevo manto porque también a nosotros nos cubre
como hijos que buscamos protección. Sabemos que ella como Madre
consolará las muchas penas que llevamos; te pedimos que bendigas
este manto, porque ante su Imagen nuestros corazones de hijos se
abren para que lo más escondido sea perdonado por Vos a través
de sus ojos y todos los temores sean anticipados para continuar el
camino de la vida. Que los colores celeste y blanco sean la
bandera espiritual de nuestra patria y que abrace y fortalezca
cada corazón que pide en Ella".
Luego llegaría el momento único, aquel en que los ojos de
muchísimos feligreses, expectantes como testigos privilegiados,
vieron cómo el nuevo manto celeste y blanco comenzó a vestir a
la Virgen, hasta que una emocionada ovación premió el fin del
trabajo.
Con su nuevo atuendo, María de Luján fue ubicada nuevamente en
el centro del altar, anticipando el arzobispo que permanecería en
ese sitio hasta hoy, fecha en que la Iglesia evoca la Coronación
de la Virgen en su advocación de Nuestra Señora de Luján.
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