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La palabra mágica
En estos días comienzan a
cobrar los cientos de lujanenses que se verán beneficiados
por el Plan Jefes y Jefas de Hogar Desocupados diseñado por
el gobierno nacional. Un programa que entregará -al menos
hasta fin de año- unos 150 pesos por mes, a cambio de alguna
prestación laboral ligada a lo comunitario.
También entró en vigencia la ley que reglamenta la
aplicación de la Tarifa Eléctrica de Interés Social (TEIS)
y miles de bonaerenses de bajos recursos o ingresos podrán
iniciar los trámites para pagar la mitad en sus boletas de
energía.
Como se observa, no todas son pálidas. Es cierto que el
corralito sigue intacto; la corrupción mantiene a sus hombres
dentro del poder; los precios siguen al ritmo del dólar y la
capacidad de consumo de los argentinos se redujo a la mínima
expresión. Pero dentro de ese presente oscuro, al menos hay
ciertas señales de conciencia social.
El problema es que tanto el plan para desempleados como la
tarifa con descuento son sólo eso: señales de conciencia
social. Y la Argentina necesita mucho más que esas señales.
¿Por qué estas buenas noticias no son la solución que todos
esperamos para esta Argentina quebrada? Porque los pilares de
esa salida son los préstamos interminables e impagables; los
pedidos al exterior; los ruegos a las entidades usurarias del
extranjero; la entrega ante los mandatos de afuera, sin
siquiera una posición firme de defensa de la propia
soberanía.
La verdadera salida hacia el crecimiento, la equidad y la
"inclusión social" que se pregona en el Plan Jefes
y Jefas tiene que apuntar a otra dirección.
El ejemplo contundente que demuestra la necesidad de
políticas macro que vayan mucho más allá de la asistencia a
la pobreza está a la vista en el sistema del trueque.
Argentina comenzó a trascender mundialmente por este sistema
de economía informal, pero sus propios protagonistas, los
prosumidores, saben que nadie se salvará y solventará todos
sus gastos trocando en los nodos del trueque.
En realidad, la única buena noticia reciente dentro del
triste panorama gubernamental fue una promesa del ministro de
Economía, Roberto Lavagna. Después de más de un lustro de
repetición de medidas de ajuste; de recortes; de mentirosa
convertibilidad; de reducciones salariales; de despidos; de
achique en los lugares menos indicados, una figura del
gobierno se animó a pronunciar la palabra mágica:
producción.
Aunque sea una promesa vacía más, ya es saludable el hecho
de que una persona de peso dentro del Estado tenga en mente a
la producción (industrial, de infraestructura, agropecuaria,
textil o la que se le ocurra). Esa es la base para empezar a
reconstruir un país en ruinas. Lo pedían los economistas de
la UBA a través de su interesante Plan Fénix, pero nadie los
escuchó.
Ahora Lavagna dijo que su proyecto de producción estará
listo en unas semanas. Que tarde más si lo necesita, pero que
por favor, de una vez por todas, los esfuerzos del Estado no
estén limitados a la forma de dar lástima, aceptar, agachar
la cabeza, sostener a la pobreza y pedir prestado. Que las
ideas sean para la producción nacional, porque todos sabemos
cómo nos fue pensando y actuando con imposiciones y recetas
extranjeras. |