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El doble discurso

El presidente del Uruguay, Jorge Batlle, dijo lo que pensaba. Con cámara prendida o presuntamente apagada, lo dicho, dicho está. Trató de ladrones a todos los argentinos, desde el primero hasta el último. Y seguidamente se refirió a la dirigencia de nuestro país con palabras que muchos piensan, pero que nadie dice de modo tan suelto. Es más, hasta hizo futurología: "El presidente de los argentinos volverá a ser Carlos Menem", vaticinó.
El escándalo diplomático sirvió para tener fresco un ejemplo típico y irrefutable de doble discurso. Batlle supuso que la cámara de televisión estaba apagada y dijo que todos los argentinos éramos ladrones; que Eduardo Duhalde no tiene idea y no sabe hacia donde va; que no cuenta con respaldo; que por estos pagos hablamos un idioma que ya no existe en el mundo, y que los males de la Argentina se resumen al comentario triste, pero contundente, del sindicalista y ahora senador Luis Barrionuevo, quien afirmó que los problemas del país se solucionan si se deja de robar durante dos años.
Cuando las imágenes ya recorrían todo el continente, Batlle pidió que las cámaras se encendieran otra vez y salió a explicar lo inexplicable. Entonces, con cara de político, aseguró que Eduardo Duhalde tiene todo el apoyo de su gobierno; que se siente más argentino que uruguayo; que sus sentimientos hacia nosotros son muy fuertes.
La escena armada, de esas que abundan cuando se está en campaña, terminó ayer, con el presidente Batlle y su vergüenza llegando hasta la Quinta de Olivos para solicitar las disculpas del caso, con lágrimas en los ojos.
En definitiva, Batlle, como buen político, dijo y hizo lo que realmente piensa y horas más tarde salió a manifestar públicamente todo lo contrario. Típico. Su actitud recuerda a la reciente acción de la vecina lujanense y diputada provincial María Inés Fernández de Guibaud, quien votó en favor de la reestructuración educativa en Buenos Aires -cuando todos le decían que era un recorte encubierto-, y ahora que se aplica la ley que apoyó sale a pedir que se reclasifique a las escuelas lujanenses que perdieron la ruralidad.
De todos modos, pasado el impacto lógico de expresiones tan frontales como las dichas por Batlle, cabe preguntarse si vale la pena reparar en su contenido. ¿Tenemos problemas tan menores como para ocuparnos en desglosar palabras de políticos, que más tarde son perdonadas por otros políticos? Para algunos analistas el tema es importante y no se puede pasar por alto.
Sin embargo, también se puede pensar en otra dirección. Minimizar la cuestión en lo que realmente es: frases o pensamientos de un político, con todo lo que ello implica. Un político que además para subsanar su presunto error concurrió a las oficinas de otro político, en este caso Eduardo Duhalde. Dejémoslo en el recuerdo como un mero acto de honestidad brutal.
Las relaciones entre los pueblos de Argentina y Uruguay no dependen de lo que piensen o digan Batlle o Duhalde. Ni siquiera depende en forma directa de lo que hagan o dejen de hacer estos dos políticos.
Las relaciones entre estos dos pueblos pasaron por otros lados, como los problemas, que siguen intactos mientras ellos se abrazan y juran amistad eterna.

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