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El desafío inminente
Tiene que llegar el día en
que nos organicemos como sociedad y luchemos contra las
costumbres y los vicios de la política que tanto daño le
hacen a esta democracia que nos cuesta construir.
La conformación de asambleas barriales -como paso continuador
de los cacerolazos- fue un aire popular a la apatía
generalizada. El correr de los meses, la falta de liderazgos
claros y la enorme amplitud en la recepción de ideas jugaron
en contra de estos movimientos de participación, que de todos
modos se mantienen como heroicos defensores de la
independencia ciudadana.
En la Capital Federal, los ahorristas comenzaron a reunirse y
patear para el mismo lado. Quiso el destino que sea un actor
"acorralado" el que organizó el malestar de miles
de personas.
En Luján falta esa figura carismática que pueda ayudar a la
bronca general. El único lider carismático, mal que le pese
a muchos, es el intendente Miguel Angel Prince, que utiliza
esa capacidad sólo para desestabilizar cualquier intento de
organización que se desarrolle dentro de su partido.
Propuesta sensata y justa que comienza a crecer es absorbida
por el gobierno municipal.
Con sumo esfuerzo los caceroleros de Luján empezaron a
desentramar el complejo conflicto que la empresa Emaco tiene
con cientos de vecinos. Un conflicto que lleva años y que la
Municipalidad jamás aprendió a manejar. Dio consejos
errados, dilató las respuestas, confundió los caminos de
solución, dejó pasar el tiempo y lo único que logró fue
perjudicar a los damnificados.
Ahora que los caceroleros iniciaron un frente de lucha con los
afectados, el gobierno envió a su gente a desarticular, a
desarmar, a romper. Gente predispuesta para esos trabajos
sucios siempre hay, porque los alrededores del poder político
están repletos de panqueques que dan vuelta sus ideas, dichos
y opiniones por un puñadito de pesos.
Algo similar ocurrió cuando en Luján se formó una
asociación de despedidos. Conocedores de las necesidades
básicas de las personas que armaron esa agrupación, el
intendente se encargó -con paciencia- de ganarse la lealtad
de un grupo de desocupados que ahora, gustoso, trabaja a la
par de la Municipalidad y pone a sus hombres a disposición de
cualquier manifestación política, social o cultural.
Como la compra de voluntades parece sencilla para el
intendente Prince, es lógico que su estructura de gobierno se
sienta tan molesta con las actividades que puedan surgir de
ese pequeño grupo de feroces actores sociales que todos los
viernes, a pesar del frío y las obligaciones, se sigue
juntando en la puerta del Palacio Municipal. Por eso, para
Prince, como para María Julía Alsogaray y toda figura que se
precie de ser buen político, las asambleas populares son mala
palabra.
Son mala palabra porque no encuadran en los parámetros que
ellos pueden manejar. No son materia fácil de convencer. No
se creen las mentiras de todos los días y desconfían de las
propuestas que pregonan los mismos de siempre.
Sólo faltan escasos cambios para que la organización popular
pueda crecer: falta la acción. Reunirse un viernes a la noche
para escuchar teóricos sobre política, partidismo,
izquierda, derecha o sistemas, es poco atrayente para el
ciudadano que no tiene un mango en el bolsillo, que quiere
tener servicios, que no puede pagar los impuestos, que peligra
si tiene que atenderse en el Hospital y que quiere que sus
representantes lo representen.
Es a ese ciudadano a quien debe seducir la asamblea de
vecinos. De lo contrario, pasarán las semanas y un movimiento
de posible cambio se terminará transformando en un
infructuoso encuentro de amigos.
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