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Ahora, salen caros

Informan los medios de prensa nacional que desde el anuncio del adelantamiento de las elecciones para marzo de 2003, el Congreso de la Nación, con sus Cámaras de Diputados y Senadores, se paralizó.
La Cámara de Diputados sesionó por última vez el 20 de junio pasado. Por su parte, la última ocupación de las bancas de los senadores se registró el 3 de este mes. Desde ese entonces, los legisladores, sus grupos de asesores y secretarios, los asesores y secretarios de esos asesores y secretarios, sus colaboradores directos e indirectos y gran parte de los empleados de planta -cada uno con interesante sueldo mensual- producen un gasto innecesario para un país en el que sólo crece la pobreza.
El argumento que todos los acomodados políticos -o defensores de acomodados- esgrimen ante las críticas, se fundamenta en los porcentajes de sus gastos en relación con otras partidas de los presupuestos públicos. ¿Cómo es esto? Ante cualquier pedido de renunciamiento a las dietas, reducción de las mismas, trabajo "ad honorem" o reclamos por el estilo, concejales, diputados y senadores afirman que sus salarios y beneficios sólo equivalen a menos del 1 por ciento del total de los presupuestos respectivos.
No están equivocados. Conocen esos números y saben qué uso darle para defender sus privilegiados espacios laborales. El problema, entonces, no está en la cantidad de dinero, sino en el aprovechamiento del mismo.
Hoy el Congreso en todas sus estructuras está paralizado, porque los señores legisladores están ocupados en las campañas para seguir siendo senadores o en todo caso cederle el sillón a un amigo que les asegure mantener un ingreso. Una historia que se repite cada dos años.
Hoy el Concejo Deliberante de Luján está sumido en una mediocridad que admiten hasta sus propios integrantes. Se debate poco o casi como un formalismo, porque el oficialismo tiene los votos para legislar en lo que se le antoje. Las reuniones de las comisiones internas pasaron al olvido. Se perdieron -sin que nadie exija lo contrario- ante la actitud haragana, cómoda y hasta irrespetuosa de los representantes del pueblo.
Además, de 18 concejales locales, sobran los dedos de una mano para indicar qué ediles presentan proyectos, debaten propuestas, elaboran estrategias de planificación o buscan soluciones para los problemas cotidianos. El resto cobra para levantar la mano un par de veces cada quince días.
Si reparamos en estas realidades, el 1 por ciento de los presupuestos para los legisladores es una verdadera fortuna que el Estado está dilapidando, cuando millones de personas están sumergidas en la pobreza y otros millones están a centímetros de pisar la línea de la indigencia. Son ellos mismos, los legisladores, los que, con trabajo, deberían demostrarle al pueblo que sus ingresos son justos.
Sin embargo, pronto veremos que los mismos que en los próximos meses comenzarán a decir que es posible reconstruir un país en ruinas o mejorar un Luján descuidado en sus aspectos más elementales, son los que ahora cobran sus sueldos o dietas como regalo divino de un Estado que sigue sin reparar en la crisis. Todos los dirigentes de la política hablan de la crisis pero, gustosos, siguen comiendo de ella.

Todos los dirigentes de la política hablan de la crisis pero, gustosos, siguen comiendo de ella.

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