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Hombres de azul
Otra vez una víctima y las
sospechas que apuntan a la Policía Bonaerense. En esta
ocasión, la ruleta de la injustica cayó en el casillero de
Diego Peralta, un joven que tenía la ilusión de egresar este
año del único colegio privado de la localidad.
Con furia, grupos de vecinos y jóvenes arrasaron con el
edificio de la comisaría de El Jagüel, cerca de Ezeiza.
Tienen sospechas sobre la responsabilidad de la policía.
En El Jagüel, en algunos sectores de la comunidad, y en el
seno del Ministerio de Seguridad de la provincia de Buenos
Aires, creen que detrás de la muerte de Peralta se esconde el
incontenible enfrentamiento entre los hombres de la fuerza de
azul y las medidas de Juan Pablo Cafiero, un ministro que no
cae simpático en filas, históricamente, que se muestran con
dificultades serias para encajar en los marcos de la
democracia. Todo indica que los policías no digieren recibir
órdenes de un civil afín con diversas luchas de los
organismos de derechos humanos. Y menos si esas órdenes
determinan "pases a disponibilidad".
En toda institución o actividad, al mejor estilo de una
película "yankee", existen los buenos y los malos.
Hay sacerdotes buenos y malos; hay albañiles buenos y malos;
contadores buenos y malos; políticos buenos y malos, y
policías buenos y malos. También los periodistas entramos en
esas dos opciones. Pero los hombres de azul deben entender que
hay gruesas diferencias entre las consecuencias de la maldad o
bondad de unos y otros.
Un periodista puede hacer mucho daño con una mentira. Puede,
incluso, fomentar el caos. Un contador incapaz quizás genere
la quiebra de una empresa productiva. Y una casa con cimientos
flojos se puede caer meses después de finalizada la obra. Son
consecuencias lógicas de un mal trabajo.
La diferencia radica en las funciones. Si un policía hace mal
su trabajo, hay gente que muere. Si un policía no cumple con
su deber, la injusticia es un hecho.
Para desgracia de esa fuerza, la precaria memoria popular
guarda el recuerdo de demasiados casos irresueltos en los que
agentes policiales terminan tras las rejas.
En el caso AMIA hay policías procesados. También en la
muerte de José Luis Cabezas las sospechas apuntaron a los
responsables de una "zona liberada". Son policías
los que declaran sobre la masacre de Ramallo. Y también en
los expedientes que se siguen por las muertes de mujeres en
Mar del Plata. Están tras las rejas dos oficiales que,
supuestamente, se iban a encargar de brindarnos seguridad en
el marco de la Brigada Antisecuestros; y otros que salieron a
frenar los piquetes del Puente Saavedra y "se
cargaron" a dos manifestantes.
Nos acercamos a Luján y encontramos dudas sobre el accionar
de la fuerza ante el cuádruple crimen de la familia Zarnic.
¿Qué pasó realmente la madrugada en la que mataron a Pablo
"Tato" Isola? ¿Qué rol cumplió la policía en la
investigación de ese caso aún impune? ¿Qué son esas causas
instruidas por el ex comisario de Luján Raúl Lezcano, en las
que jóvenes inocentes terminaron pagando años de cárcel?
Los responsables de la Bonaerense están muy susceptibles a
las críticas, pero deben admitir que son muchos los casos de
dudoso protagonismo. Tendrán que aceptar, al menos, la
extraña casualidad en el surgimiento de este hecho de El
Jagüel, a escasos días de que el ministro Cafiero dejara en
disponibilidad a cientos de efectivos. ¿No hay datos que
ayudan a pensar en una nefasta relación entre causas,
policías, medidas y autoridades políticas?
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