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Nadie recapacitó

"Alerta en Estados Unidos", decían ayer las placas de las cadenas de noticias de casi todo el mundo. Una frase que en el último año se mostró decenas de veces. Desde el 11 de septiembre del año pasado ese país no tiene paz. Y como son una suerte de policía global, por ellos tampoco tiene paz el resto del planeta.
Hace un año las imágenes horrorizaban desde las pantallas de televisión. Dos enormes aviones desviados de su destino por terroristas, se estrellaban contra las Torres Gemelas del World Trade Center, en Nueva York. Con sólo minutos de diferencia, un tercer Boeing impactaba con el edificio del Pentágono, hasta ese instante el presunto espacio más seguro del mundo. Y un cuarto avión, en sospechosa maniobra, caía cerca de la residencia del presidente George W. Bush.
Nadie gana con el terrorismo. Y, por ende, nadie ganó con las acciones criminales de ese día. En todo caso, perdió la humanidad: se cambiaron las reglas de convivencia. A partir de esa nefasta mañana, Estados Unidos comenzó a creerse con argumentos sobrados para controlar y ejercer su poder sin importar las consecuencias.
Sus más de 3 mil muertos en los atentados les dieron crédito suficiente para sospechar del resto del planeta, movilizar sus tropas y actuar ante la menor duda. Los atentados a las Torres y el Pentágono revivieron los conceptos del racismo, de la discriminación por aspecto, de la seguridad ejercida por unos pocos en contra de quienes se les ocurra.
La guerra en Afganistán, donde murieron miles de personas inocentes, fue sólo una respuesta "lógica" ante la irracionalidad de los atentados. Hoy nadie habla de esos hombres, mujeres, chicos y ancianos que perdieron sus vidas bajo el fuego que buscó desesperadamente a Osama Bin Laden.
En estos días, según informan los canales con sede en los Estados Unidos, el país del norte empezó a tomar las huellas dactilares de todos los sujetos que ingresan o egresan de sus tierras, "y que por su aspecto físico puedan ser considerados peligrosos para la seguridad pública". Así de claro. Con esa expresión textual lo informó el periodista de la CNN en Español, desde Nueva York, el lunes por la noche.
Ante lo sucedido hace un año, lo más sensato jamás se hizo. Las autoridades de los Estados Unidos ni siquiera atinaron a pensar en las razones que pueden llevar a un odio tan irracional hacia su pueblo. No hubo recapacitación, sino sólo un incremento en los gastos y las medidas de seguridad.
Y por el otro lado del globo terráqueo, las diferencias se reforzaron o aumentaron. Los que no tenían un odio asesino hacia los Estados Unidos y sus políticas de explotación extrema, los comenzaron a alimentar con tanta muerte, estrategia de guerra sucia y aislamiento total en materia económica.
Por ello, dentro de esa situación ilógica, de locura, ceguera capitalista, extremismo islámico y terrorismo, el 11 de septiembre no sirvió de lección para nadie.
Los atacados salieron heridos a buscar venganza. Los atacantes reivindicaron sus acciones y mantienen latente la amenaza. Esto demuestra que la condición humana puede ser tan idiota que ni siquiera miles de muertes nos logran abrir la cabeza.

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