|
Vidas privadas
La lucha es desigual, pero es
cierto que la batalla que seguro se pierde es aquella que no
se enfrenta. Las empresas privatizadas, con dueños
extranjeros y enormes negociadores dentro del país, tienen
todo a su disposición para seguir ganando cifras
desorbitantes, con los pesos que se les quita a la inmensa
mayoría de la población.
Las empresas privatizadas no prestan servicios lujosos. Se
trata de cuestiones esenciales como la luz, el agua, el gas,
los transportes, el teléfono, el correo. Y este dato parece
menor en el contexto actual.
Durante procesos de dudosa claridad, el Estado argentino
entregó sus recursos primordiales: los energéticos, los
transportes, las vías de comunicación, y hasta los
hidrocarburos, que en otros países -con gobiernos más
inteligentes o menos corruptos- quedaron en manos estatales.
Se concesionó lo posible y lo imposible. Pero además se
subsidió a los compradores con cifras mensuales millonarias.
Si el Estado hubiese ejercido un control con un mínimo de
seriedad, a las empresas privatizadas no les quedaba más
remedio que cumplir con los contratos y brindar servicios
dignos.
En teoría, si un servicio estatal y esencial se privatiza es
para mejorar su calidad. En la Argentina, las cosas fueron y
son muy distintas. Los señores del capital privado redujeron
prestaciones, quitaron servicios, incrementaron los costos
para los usuarios y complicaron las instancias de reclamo
(primero pague, después proteste).
Se pueden tomar decenas de ejemplos, pero los trenes son una
muestra clara de lo que se permitió hacer: en manos privadas,
las formaciones se fueron deteriorando; los despidos se
hicieron una constante; las paradas se borraron del mapa; las
frecuencias se ampliaron y los bienes en desuso se remataron
al mejor postor.
El Estado sólo cumplió con una formalidad: conformó los
organismos de control, verdaderos objetos de decoración
dentro de la estructura gubernamental. Y ahora, en tiempos
claves de renegociación de los contratos, el Estado vuelve a
demostrar su incapacidad para defender los intereses del
pueblo. Todo lo contrario, actúa en favor de las
privatizadas.
Semanas atrás, a través de la resolución 308 del Ministerio
de Economía de la Nación, se acordó suspender las sanciones
que les correspondan a las empresas concesionarias cada vez
que dejan de cumplir con los niveles de calidad exigidos para
la prestación de los servicios. En la práctica, todas las
privatizadas que justifiquen que incumplieron los niveles de
calidad por culpa de la emergencia económica y el impacto de
la devaluación no serán sancionadas.
Estas frases tienen consecuencias muy directas en los
usuarios. Por ejemplo, las distribuidoras eléctricas tenían
un plazo de 4 horas para reconectar el servicio ante un
problema técnico; ahora pueden tardar un día. Y si el corte
fue por falta de pago, pueden demorar más de un día. Los
trenes tienen vía libre para "ralear" sus
servicios. En los teléfonos, la restitución del servicio
puede durar cerca de tres días. Y las compañías gasíferas
ahora pueden tardar más de una hora ante una urgencia por
escape de gas.
¿Qué hace el Estado? Protege a los concesionarios en
desmedro de los ciudadanos. Los actuales llamados a
"audiencia pública" para readecuar las tarifas lo
confirma. Todas las trabas las tiene la gente común que
quiere expresar su oposición. Las empresas sólo ponen sobre
la "mesa de discusión" los costos de los aumentos y
el Estado acata.
En estos días, las radios y las calles de la Capital Federal
están invadidas por una publicidad que esconde la
precandidatura a presidente de Carlos Saúl Menem. Sólo se
lanzan preguntas capciosas tales como: ¿con quién no
conocías el riesgo país? ¿con quién un peso era un dólar?
¿con quién había estabilidad? Falta una pregunta: ¿con
quién se vendieron todos los recursos productivos y
esenciales del Estado? También fue con Menem en su rol de
presidente. Y hoy todos los argentinos sufrimos las
consecuencias en silencio. ¿Algún día se reaccionará?
|