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Tal como lo señaló el periodista Daniel Campione, autor de la columna de opinión que este medio publicó el sábado pasado, "desde el poder, el escenario está preparado para deslizarse sin mayores novedades hasta marzo próximo, y allí lograr, a tuertas o derechas, que un representante de la decadente `clase política' ocupe la Presidencia".
La clase política (y agreguemos dirigente) municipal, provincial y nacional, está preocupada por sostener las estructuras que les permitan seguir gobernando después de las próximas elecciones. Todo lo demás lo consideran tiempo y recursos perdidos.
Por esa razón, hay gruesas falencias por todos los costados de cada gestión. Para citar casos muy concretos y extremos, no son capaces de ordenar una peregrinación como tampoco de cortar con los privilegios jubilatorios que los acompañan hace décadas. Y los ciudadanos padecen ambas deficiencias por igual.
Esa es la realidad que nos marca estos días. En Luján, el caos y la viveza de los truchos volvieron a ganar la pulseada a los que pretendían transitar las calles con normalidad y vender sus productos luego de pagar sus impuestos o alquileres durante meses.
Vendedores ambulantes de alimentos sin control o señores que gritaron "Liniers" con la puerta de su combi abierta en plena calle San Martín, son escenas que nos hablan de una falta de capacidad para trabajar o de ceguera paga, por decirlo de algún modo sutil.
Aunque parezca lejano el contenido de una noticia con otra, algo similar ocurre en estos días de "férreo" debate para dejar inmune a los miembros de la Corte Suprema. Diputados, senadores y funcionarios no recuerdan que durante los cacerolazos centenas de miles de personas de todo el país reclamaron un cambio de figuras en el Alto Tribunal. Y hoy están enfrascados en conseguir el quórum que les permita cajonear el juicio a los "supremos".
Tampoco importa la opinión mayoritaria de la gente a la ahora de discutir la derogación de las jubilaciones de privilegio. La clase política de la que hablamos más arriba tiene el circo montado: se juntan, hacen como que debaten, votan y se suspende el beneficio, pero se deja al Gobierno con las herramientas para mantener esos ingresos grotescos en los sectores que crea necesario. Es decir, en aquellos sujetos que pueden perturbar el "normal" desarrollo de las actividades políticas.
El problema surge cuando los ciudadanos comunes, cansados de tanta indiferencia e injusticia, quieren demostrar su malestar. Y se juntan y salen a la calle porque, por ejemplo, están hartos de un hospital sin los más mínimos elementos materiales y humanos para la atención.
Entonces, la ineficiencia y su estructura se colocan el traje de violentos y no dejan ningún margen para el disenso. Así se demostró el miércoles del piquete frustado frente al Palacio Municipal de Luján o cuando dos piqueteros perdieron la vida en el Puente Pueyrredón, partido de Avellaneda.
No hay espacio para el diálogo con la clase dirigente, por más que se cansen de anunciarlo en cada campaña electoral. Hoy, hay que aceptar o entrar en el juego violento de los que ostentan el poder. Los canales democráticos, como cloacas, están obstruidos por escoria política y no queda lugar para que fluyan nuevas ideas.


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