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Ricos y famosos
Si repasamos los datos básicos que acompañan a los principales candidatos o precandidatos a la presidencia de la Nación, se nos cierran las esperanzas de un cambio en el futuro inmediato. Sujetos que prometen modificar la realidad de hambre, de exclusión, de marginalidad y de indigencia, pero que no conocen el contenido de esas palabras más allá de su significado de diccionario.
Cuesta pensar en la conciencia social de personas que admiten ante los medios de prensa que ganan 9 mil, 8 mil, 6 mil o 4 mil pesos por mes, sólo en funciones públicas. Y que además tienen patrimonios que llegan a rozar los 3 millones de pesos.
¿Cuáles son las necesidades diarias de esos sujetos? ¿Qué piensan cuando en la televisión los inundan las imágenes de chicos desnutridos? El dinero que cualquier día ellos tienen en su billetera, ¿a cuántos planes de empleo equivalen? ¿Qué podemos esperar de ellos?
Según lo manifiesta una encuesta publicada ayer en el diario La Nación, más del 60 por ciento de los ciudadanos argentinos está seguro que de las figuras políticas pululantes no se puede esperar nada. Todavía es mayoría el pueblo que solicita, con pasividad, que se vayan todos.
Resulta extraño pensar que estas personas, que manejan millones y lo malgastan en movilizaciones, carteles, punteros violentos y propaganda, serán los responsables del cambio, de la refundación argentina.
Estos señores usan miles y miles de pesos para convencernos de sus bondades políticas, cuando ese dinero se necesita para dejar de asistir a decenas de velatorios de niños con hambre.
Es lógico que ellos malgasten su dinero, porque les sobra, o porque, en todo caso, sus campañas están bancadas por los intereses extranjeros que después de las elecciones vendrán a exigir por lo invertido. Es lo mismo que ahora sucede con las megaempresas de servicios públicos. En su momento han aportado a las candidaturas y en estos tiempos tienen a los funcionarios del pueblo dispuestos a aprobar, como sea, los aumentos en las tarifas.
Para frenar estas situaciones es primordial comenzar a pensar en otro horizonte; dejar de prestar atención a las chicanas entre nefastos políticos del presente y del pasado más cercano y alentar a los sectores que luchan por construir un cambio.
La solución tiene que llegar de la mano de alguien que entienda los problemas de la gente; que los comparta a diario y que no los enfrente sólo en una caravana de campaña o en un operativo salvataje, como el que encabeza la señora Hilda González de Duhalde.
Imaginar que el país saldrá a flote con los sujetos que abundan a las tapas de los diarios es casi tan utópico como pensar que un chef de la zona de Puerto Madero sabrá administrar con coherencia un comedor social del barrio San Fermín. Ese señor podrá tener la mejor voluntad, pero está acostumbrado a manejarse con otros costos, con otros ingredientes, con otros elementos, con otros comensales.
Con los políticos actuales pasa lo mismo. Sus relaciones habituales hablan de negocios, inversiones, lobby y sumas millonarias. Y ellos quieren hacernos creer que están capacitados para paliar la pobreza, la desnutrición o la falta de empleo. ¿Hasta cuándo les seguiremos creyendo? ¿Hasta cuándo seguiremos dándoles oportunidades?

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