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La paz social
Ninguno de los actores sociales, ni siquiera los más
golpeados por la crisis, está en condiciones de soportar una
ola delictiva como la que se padeció en las nefastas jornadas
del 19 y 20 de diciembre del año pasado. A la larga o la
corta, todos terminamos pagando el costo.
Es necesario que las organismos estatales y solidarios -en
especial los primeros- redoblen los esfuerzos para asistir a
los millones de argentinos que enfrentarán las fiestas en la
más extrema de las pobrezas. Y también es justo que
organizados y en paz, las agrupaciones que suelen defender los
derechos de los carenciados y desocupados exijan respuestas
materiales de parte de las autoridades políticas.
Fueron los propios dirigentes políticos de las últimas
décadas los que acostumbraron a la gente a la lógica de que
"el que no llora no mama". Desde Juan Perón para
adelante, los planes de asistencia siempre dieron pescado,
nunca cañas de pescar.
Hay un porcentaje del presupuesto de gastos de cada
administración pública que tiene como destino prefijado la
atención de las necesidades alimentarias de la población,
pero en tiempos "normales" -y esto también se hizo
costumbre- esa plata termina en bolsillos inescrupulosos o
dilapidada en campañas políticas.
Cuando la presión popular crece o sale por televisión (como
en Tucumán, con sus terribles imágenes de desnutrición) por
arte de magia aparecen los bolsones de mercadería. Así
sucedió en cientos de comunas, entre ellas Luján, cuando un
grupo de vecinos y piqueteros ingresaron al hall del Palacio
Municipal y no se retiraron del lugar hasta que las bolsas de
alimentos básicos estuvieron aseguradas.
Tampoco es injusto o ilegal lo que realizó el miércoles un
grupo de entidades que nuclean a piqueteros y desocupados:
recorrieron, en total armonía, distintos sectores de la
Capital Federal. Y ante los responsables de los supermercados
de la zona, entregaron su pedido de comida. Con su marcha,
dejaron en claro que hay hambre, que hay inmensas necesidades
sin cubrir, pero demostraron que no existe en ellos la
voluntad de violar los derechos laborales y civiles de los
demás.
Sin embargo, para muchos agitadores profesionales es
primordial la aclaración: los comerciantes no tienen la culpa
del hambre del pueblo. Es más, sin duda representan a uno de
los sectores más golpeados de los últimos meses, porque son
blanco fácil y seguro de todo incremento habido y por haber.
Ni siquiera los enormes monopolios de los hipermercados son
responsables de las carencias actuales. Habrá que pensar
cómo esas firmas lograron ganar terreno y quiénes fueron y
son los cómplices en sus pingües ganancias.
Claro que las palabras son nada para los sujetos que detrás
del hambre de la gente están sacando cuentas electorales y
llegan a conclusiones tales como "si hay saqueos, mi
referente se beneficia".
Periodistas, políticos, comerciantes y vecinos fueron
testigos de los manejos que se escondieron en las sombras de
las imborrables jornadas de diciembre pasado. Investigaciones
posteriores de los saqueos determinaron una organización
política a través de punteros; respecto de
"jurisdicciones"; acciones coordinadas para evadir
los controles; sospechosa inacción policial; zonas liberadas;
elementos de comunicación al servicio de los saqueadores;
protagonismo de sujetos conocidos por sus "trabajos
sucios" en la política. Un marco que, para beneficio de
todos los que piensan y se ilusionan con una Argentina en
crecimiento, jamás debe volver a repetirse.
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