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¿Vuelven las cacerolas?
Se percibe una mezcla de nerviosismo y expectativa por el
primer aniversario de la reacción popular que terminó con el
gobierno de Fernando De la Rúa y el grupo sushi. Se cumple un
año de aquellos días en que una inmensa cantidad de
argentinos, de todos los estratos sociales, salió a la calle
para poner fin a una gestión que parecía dormida, cuando en
realidad sólo intentaba "acostarnos".
Ahora, a doce meses de aquel hartazgo, las condiciones de
agobio siguen intactas. Peor aún, si repasamos el presente
veremos que se incrementó la presión de la soga que el
pueblo tiene en el cuello. Acciones de gobierno orquestadas
por parte de un puñado de saqueadores del poder:
impresentables como Eduardo Duhalde y su esposa; Luis
Barrionuevo y su esposa; el insufrible y siempre
"renovador" Antonio Cafiero; del omnipresente Raúl
Alfonsín y su séquito de negociadores de boina blanca; por
sólo mencionar algunas de las figuras de la actual decadencia
institucional.
Por ello, el significado de estas fechas, tan caras para los
sentimientos frescos de los argentinos, debe recordarse como
una gesta, como una rebelión social, como un paso saludable
de los oprimidos, como un grito unánime y sincero.
Los que rompieron sus cacerolas y sus gargantas pidiendo que
se vayan todos, tiene el reclamo vigente. En ese
"todos" estaba incluido Duhalde y todos los sujetos
que se mencionaron más arriba. Vivos y oportunistas que
encontraron el espacio para colar sus ambiciones.
La gente sigue sin alimentos suficientes, no consigue un
empleo digno y crece de modo alarmante la indigencia, mientras
la prioridad del Estado apunta al pago de las deudas externas.
¿Qué frena el sonido de nuevas cacerolas? ¿La misería
salarial del Plan Jefes de Hogar? ¿Chiche Duhalde repartiendo
mercadería en Tucumán? ¿Camiones de alimentos repartidos
por la provincia de Buenos Aires?
Eso es politiquería, es asistencialismo pensado para la
mínima contención. Planificado, justamente, para que la
gente, saturada de los gobernantes, tenga lo justo y necesario
como para no tomar otra vez las cacerolas y salir a la calle a
exigir renuncias. Con ese objetivo cumplido, los sujetos del
poder están satisfechos.
Además, con ese mismo fin crean el clima tenso que se
evidencia en estos días. "Hay peligro de saqueos";
"En los barrios se están organizando"; "Hay
punteros del menemismo, duhaldismo, princismo o sallaberrismo
(lo mismo da) ofreciendo dinero para saquear", dicen por
los medios de prensa los mismos que están asegurando
presupuesto para que la Policía y los gendarmes puedan
reprimir con eficiencia.
En el contexto actual, nadie puede garantizar la paz social.
Sin embargo, hay una brecha enorme que las autoridades se
niegan a reconocer. Es la diferencia existente entre el
genuino sentimiento de muchos ciudadanos por expresar su
cansancio en la calle y los saqueos a comercios minoristas y
supermercados. Lo primero es hasta saludable fomentarlo,
porque el hambre, la inseguridad, la falta de atención en la
salud, los impuestos y la pérdida de poder adquisitivo la
sufrimos todos y no sólo queremos, sino que merecemos un
cambio. Lo segundo es delinquir y en su repudio tenemos que
estar todos de acuerdo.
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