"Que el
poeta sea un faro iluminado/ Y que sirva de lumbre
para su hermano", escribió alguna vez Nilda
Mileo, una mujer apasionada por las palabras, a las
que sabía y poéticamente apelaba para dejar en un
papel, todos sus sentimientos y universo de vida.
Porque Nilda,
por sobre la madre cariñosa y esposa de ese gracil
poeta de las formas y del color que fue Luis Gualchi,
supo calladamente erigirse en una personalidad tan
rica como oculta; Nilda era de esas personas que
lápiz en mano era tan capaz de delinear unos floridos
y encendidos versos, como prodigar sobre una tela o
cartón un ramillete de colores con los que daba forma
a su lírico mundo.
El mundo de
Nilda fue el de la creatividad: tuvo como eje un
esperanzador remanso de matices verdes y de paz, la
hermosa casona en Los Cardales en la que formó su
hogar y donde recibía con gusto a sus amigos. En ese
lugar, con sus hijos y su marido, en algún momento,
dio a luz a esos diminutos ángeles de madera, tan
exquisitos en su forma como pintorescos y casi alados,
que conocieron la adhesión de los públicos más
distantes.
Compañera
inseparable de Luis, supo estar junto a él en todas
las muestras que concretó en Luján, donde fue
respetado y su pintura reconocida y requerida. En cada
ocasión en que su pintura llegaba a Luján, Nilda
estaba junto a Luis, pero sólo para acompañarlo y
reencontrarse con la gente que estimaba y a la que
siempre recordaba.
Con su vena
poética no sólo se lanzó a escribir varios libros
de poesía que en ocasiones ilustró su hija Anina,
sino que también su bondad y generosidad la llevó a
constituirse en una eficaz colaboradora de este
periódico en distintos momentos, en especial a lo
largo de los años setenta.
En estas
páginas dejó diversas impresiones de sus viajes,
como el efectuado a Cosquín, de la que supo retratar
con sutil encanto su color, valorando puntualmente a
sus artesanos; y una diversidad de temas y opiniones
sobre radio y televisión, personajes y situaciones.
Pero en otros momentos, EL CIVISMO recogió fragmentos
de su obra, como su trabajo sobre Fernán Félix de
Amador titulado "El poeta que conocí y cómo lo
conocí"; y en especial sus versos sobre la
figura y obra de Jorge Luis Borges, personalidad a la
que también accedió.
Precisamente,
uno de sus trabajos poéticos fue musicalizado con el
nombre de "Ché, Buenos Aires" y estrenado a
comienzos de los ochenta en la Asociación Cultural
Ameghino, ilustrándose con creaciones plásticas del
artista Bruno Venier sobre Buenos Aires, su gente y su
música.
En esa pieza,
como en otras de su autoría, Nilda delataba su
sensibilidad, frescura y sinceridad, armas con las que
transportaba al lector a su mundo mágico de poeta.
Mujer generosa,
simpática y dedicada a su arte, supo granjear
muchísimas amistades en esta ciudad, donde siempre
cálidamente eran recibidos ella y su familia.
En su casona de
Los Cardales, Nilda sorprendía a sus amigos con su
arte. De un armario sabía sacar viejos borradores o
proyectos de libros; algunos poemas descansaban en
otro sitio, y tras algún trabajo plástico de su
esposo, muy escondido, alguna de sus pinturas.
Simpática, llena de vida, era inquieta y nadie se iba
de su casa sin algún poema o libro de su autoría.
La
desaparición primero de Luis y el viaje de Anina a
España la alejaron en los últimos años de Luján,
pero su espíritu y saludos, siempre estaban presentes
en todas las ocasiones.
Hoy Nilda pasó
a formar parte de esos hermosos recuerdos atesorados
en la mente de quienes la conocieron, pero sigue viva
en su obra y sus pinturas, que hablan por ella. Que
hablan de esa mujer espiritual, de desbordante
imaginación y enamorada de la vida, que artista al
fin, necesitaba dar rienda suelta a ese mundo interior
que desde siempre la invadió.